jueves, 25 de noviembre de 2010

41. GOD SAVE THE QUEEN


Resumen de lo publicado:

Ha llegado la hora:
¡Es la Guerra de las Colonias!

41

GOD SAVE THE QUEEN

–Oh, Dios mío, ¿qué ha ocurrido?
–Tranquilízate, niña, estás en buenas manos. Mi nombre es Doctor Henry Turtle, de la Familia Turtle de la Nación Reptil. Éstos que ves a mi espalda son el Capitán Jack Sparrow y Elizabeth Dove, del País de las Aves.
Pero Ventura Jones se sintió aterrorizada, porque los monstruos que estaban con ella eran animales gigantescos, el primero una colosal tortuga de dos metros de alto, y los demás pájaros con las alas plegadas. Y todos le hablaban en su mismo idioma, y la observaban con inteligencia. Caminaban sobre sus patas traseras, poseían manos hábiles para utilizar instrumentos, e incluso vestían unas ropas escasas.
¿Qué había pasado?
¿Qué clase de pesadilla era ésta?
–Oh… Oh… ¿Dónde… dónde estoy?
–No te alarmes. El viaje en el tiempo puede ser dañino para el cerebro. Al fin y al cabo, sólo eres humana. Te encuentras en el Siglo 24, querida niña. Bienvenida al Mundo del Mañana.

(2034, “Ventura Jones en el Mundo del Mañana”, de la escritora irlandesa Eve Deirdre Jones)


Jueves, 13 de Enero de 2400.
09:25 h UTC.

En el año 2034, la filóloga y escritora irlandesa Eve Deirdre Jones publicó la que sería su obra más conocida: “Ventura Jones en el mundo del mañana”, la historia de una niña inocente que viajaba al futuro y terminaba encabezando una revuelta de animales inteligentes contra una oligarquía de humanos superpoderosos. La novela en realidad era una metáfora de la infancia de abusos y torturas que padeció la propia autora, y que le obligó a inventarse otra realidad mucho más halagüeña, en la que ella era una heroína.
Este cuento aparentemente banal se convirtió en un éxito de crítica y público inmediatos, y catapultó a Jones a la fama y la riqueza más espectaculares. Según todas las fuentes, bien merecidos.



En los últimos años del siglo veintitrés nadie habría creído que los asuntos humanos eran observados aguda y atentamente por inteligencias más desarrolladas que la del hombre y, sin embargo, tan mortales como él.
Que mientras los hombres de la Tierra se ocupaban de sus cosas, eran estudiados quizá tan a fondo como el sabio estudia a través del microscopio las pasajeras criaturas que se agitan y multiplican en una gota de agua.
Y que los responsables de ello eran sus mismos hermanos del Planeta Rojo. Los propios Hombres de Marte que sólo unos años atrás habían nacido en las mismas cunas de la Tierra, en idéntica circunstancia de indefensión y necesidad, como todos los niños humanos. Pero que hoy se habían convertido en malignos demonios de la guerra y el caos, y en su corazón bullía un odio sangriento hacia los pueblos que una vez fueron suyos. La horrenda sed de sangre terráquea, que ya compartían con todos los nativos de las Colonias Espaciales.
La traición había germinado en la Vía Láctea, y sólo hallaría paz cuando el Planeta Madre estuviera convertido en cenizas.
Y mientras, con infinita complacencia, la raza humana continuaba sus ocupaciones sobre el globo, abrigando la ilusión de su superioridad sobre el resto. Es muy posible que los protistas que se hallan bajo el microscopio hagan lo mismo. Nadie supuso que los mundos más jóvenes de la Galaxia constituyeran una fuente de peligro para ellos, o si lo pensó, fue sólo para desechar como imposible o improbable la idea de que pudieran resultarles hostiles.
La historia en realidad había empezado días antes del Trece de Enero, cuando varios observatorios terrestres captaron de modo fortuito unos extraños movimientos de naves sobre la superficie marciana. No eran los típicos viajes organizados con reclutas escogidos por las afamadas Academias Militares del Dios Marte, ni transportes de mercancías en grandes buques refrigerados, ni técnicos de reparaciones de la Puerta Espacial, ni estudiosos del Cinturón de Asteroides. No. Eran naves desconocidas, pequeñas y de increíble movilidad, ligeras a pesar de unas grandes sombras oscuras bajo las alas, que los astrónomos que tuvieron acceso a aquellas imágenes (todos ellos civiles) no supieron interpretar adecuadamente. Por suerte, lo que sí hicieron fue transmitir esos datos a las autoridades científicas pertinentes, que se los cedieron con amabilidad a los Gobiernos a los que pertenecían.
De modo que en apenas cinco o seis minutos terrestres, los políticos sabían ya de los insospechados movimientos de naves desconocidas en Marte. En tal caso, ¿por qué el ataque les pilló tan de sorpresa?
La Tierra había notado ya que las Colonias estaban moviéndose sin su permiso, y fue en varios puntos del globo que esa información empezó a ser transmitida, igual en el telescopio del Observatorio Lick (en la cima del Monte Hamilton, junto a la ciudad de San José, en la Nación de California), como en el Observatorio de la Costa Azul (en lo más alto del Monte Gros, en Niza, Provincia de Francia, Nilidia), o en el observatorio privado de la Isla de Java (propiedad de un misterioso grupo de influencia social y política en el mundo llamado Conferencia Retinger, del que nunca se supo mucho). Y es tal vez por esa desunión de los Gobiernos de la Tierra que ninguno dijo nada al otro de lo que había descubierto en Marte, y así los bien organizados militares provenientes de las Colonias no encontraron oposición alguna a la invasión, hasta que ya no pudieron evitarlo. América y Nilidia se hallaban en plena Segunda Guerra Fría, los Retinger iban por su cuenta aprovechándose de todos…
El desastre estaba servido.
Tal vez el único que supo prever la magnitud del horror, y por ello se convirtió en protagonista directo, aunque nadie quisiera escucharle, fue el misterioso sir Michael Hawksmoor. Holoandroide nacido en Colonia, arquitecto venido a menos, antiguo Duque de Colonia expulsado por supuesto espionaje durante la Guerra, y ser renacentista donde los haya, este valiente al que el Gobierno del Reino Unido premió por sus contribuciones (término que puede incluir desde edificar catedrales, como había hecho, hasta asesinar a enemigos por decreto, lo cual nunca se supo), vivía en esa época en un castillo abandonado a las afueras de Newcastle, donde hacía décadas que no era visto por nadie. Su existencia se limitaba a la revisión de viejos diseños arquitectónicos (en especial los del genio cuyo nombre asumió, y que le martirizaban en sueños con esas radicales imágenes paganas, con su virtuosismo y a la vez sus arcanos trazos de oscura influencia, de la que él sabía bastante).
Hawksmoor, que durante la Guerra de Independencia del Reino Unido había entregado a Guillermo V documentos conflictivos del Gobierno de Colonia, y que por ello fue desterrado y privado de derechos; Hawksmoor, que no halló más refugio en el Cosmos que el que pudieran brindarle sus nuevos amigos ingleses, y de paso algunas antiguas logias desahuciadas, como él mismo; Hawksmoor habría de jugar un papel central en la llamada Invasión del Reino Unido, y en el porqué y cómo se iba a realizar ésta. Aunque de haberlo sabido, por Dios que habría insultado con malos modos al que lo dijera.
Aquella noche en cuestión, el holoandroide revoloteaba por las gigantescas salas vacías de su castillo, rodeado de las siluetas colosales del Edificio Clarendon y la Abadía de Westminster, cuyas efigies no le otorgaban descanso ni de día ni de noche, y trataba sin éxito de averiguar sus secretos más ocultos, sus verdades paganas.
En ese momento recibió un aviso de su criado.
–Sir Michael, tiene una llamada entrante del profesor Brahe, del Observatorio de Uraniborg, en la Isla de Ven, Suecia.
No dejaba de resultar curioso que una máquina como Hawksmoor tuviera a otras máquinas inferiores como criados, por mucho título nobiliario de la Reina que ostentase. Pero a él le parecía de lo más natural, y hablaba con ellos como un dios a sus acólitos.
–Pásamela.
–Sir Michael, ¿es usted? ¿Puede oírme?
–Claro que soy yo, Adan. ¿Por qué me molestas a estas horas? Ya no pertenezco al Gobierno Nilidio, hasta perdí la nacionalidad. ¿No tienes alguna galaxia lejana en la que perderte y dejarme tranquilo?
–Sir Michael, tiene usted que escucharme. Ha ocurrido algo gravísimo, y nadie quiere hacerme caso. He descubierto unos movimientos hostiles sobre la superficie de Marte, naves pequeñas sin identificar con armas de un poder increíble. Cohetes, misiles de alta potencia, e incluso unos cañones de un tamaño nunca visto con los que no sé lo que pretendan disparar. Ya he hablado con el Ministerio de Ciencia de Nilur, pero ellos no le dan importancia. No quieren creerme, porque usted sabe como es este país... A la gente como usted y como yo no se nos tiene muy en cuenta por parte del Estado... Así que no me queda más remedio que echar mano del único que puede hacerme caso.
–Adan... ¿Qué te hace pensar que tú y yo somos iguales en algo? Y no me digas que ambos somos holoandroides, porque eso me importa más bien poco.
–Sir Michael, no puede usted rechazarme también... ¿Es que no va a recibir consuelo… el hijo de la viuda?
Y Hawksmoor quedó petrificado. La vieja petición de la francmasonería. El hijo de la viuda. La referencia a Hiram Abif, el mítico constructor del Templo del Rey Salomón, hijo de una viuda de la Tribu de Neftalí, cuya muerte representa todos los males del mundo: la ambición, el fanatismo y la ignorancia (1).
Era eso a lo que Brahe se refería, no al hecho de que fueran holoandroides. Respiró hondo, y supo que si fuera humano ahora mismo estaría tragando bilis.
–De modo que es así como quieres llevarlo, Adan. Me forzarás a que te ayude, aunque no me guste ni lo considere oportuno. Eres patético… Pero no tengo más remedio que ayudarte, por mis viejas asociaciones con la Logia. Muy bien. ¿Qué es lo que quieres que haga?
–Que vea las imágenes, sir Michael, solamente eso. Le juro que le convencerá sólo con un vistazo.
–Bien. Bien, mándamelas.
Y al mover una mano transparente hizo que la Westminster original volviera al recuerdo de los tiempos pre–Independencia (antes de que los nilidios se dieran el gusto de volarla en pedazos), y su lugar fue sustituido por la superficie horadada del Planeta Rojo. Por el movimiento rítmico de tropas entrenadas, y la vida orquestada por las manecillas de un reloj. Pero en un rincón, lejos de la visión principal de la imagen, unas pequeñas sombras esquivas no iban al compás del resto del mundo, sombras armadas hasta los dientes y apuntando a la Tierra. Naves de guerra, ligeras y rápidas, seguidas por otras más grandes que les servían de avituallamiento. Y lo peor no era eso, sino los gigantescos cañones de un kilómetro de largo, con bocas tan grandes como volcanes a punto de erupción, e igual de oscuras. ¿Qué clase de proyectiles podían lanzar aquellas cosas? ¿Qué magnitud de horror estaban dispuestos a liberar?
Y fue entonces que de pronto se vio una gran luz en el área que correspondía a los cañones, y a su alrededor una nube de gas incandescente que se movía a gran velocidad en dirección a la Tierra. Hawksmoor lo comparó mentalmente a una brutal llamarada que enviasen desde el planeta con la violencia súbita con que escapa el gas de pólvora de la boca de una pistola, de una de aquellas viejas reliquias de siglos pasados. Esta frase resultó singularmente apropiada.
Y fue entonces cuando por primera vez sintió un escalofrío.
–Pero... Pero, Adan... ¡Esto es atroz!
–¡Exactamente, sir Michael, es lo que intentaba decirle! ¡Marte prepara una guerra contra nosotros, y nadie me quiere escuchar!
–Has actuado bien. Las autoridades deben ser informadas de esto de manera inmediata. ¿Comprenderás que avise antes a los gobernantes del Reino Unido? Tú ya lo has intentado con Nilidia, y el éxito ha sido escaso.
–Por supuesto, sir Michael, haga lo que deba. Al fin y al cabo, si su país se previene contra Marte, el mío no tardará mucho en hacerlo.
–Eres un buen hombre, Adan, y de lo más generoso. Si por mí fuera, hasta te merecerías una medalla.
–¿Yo? ¿Una... Una medalla? Oh, por Dios, sir Michael, no se burle de un pobre científico de Casta C.
–No hay castas ya entre nosotros. Tu contribución ha sido infinita, amigo mío. Deja esto en mis manos, y mal se ha de dar para que no te consiga esa medalla.
–Oh, oh… ¡Gracias, sir Michael! ¡Muchísimas gracias, de verdad! Sabía que no me equivocaba al hablar con usted. Sabía que era un gran hombre, como todos dicen… Oh, oh… Le juro que si pudiera llorar, ahora mismo estaría lleno de lágrimas.
–No seas tonto, yo me ocupo de todo. Me quedo estas imágenes y se las pasaré al Gobierno. En cuanto sepa algo, te llamo, ¿de acuerdo?
Y cortó. Y al ver de nuevo la monstruosidad que había tan cerca, sólo pudo mascullar un insulto.
–Pobre idiota. Ha tenido en sus manos la información más terrible de los últimos siglos, y habré de ser yo quien se lo quite en su cara. Como un niño al que se roba un caramelo. Casi… Casi es algo cruel.



Pero lo que Hawksmoor desconocía, tan seguro de sí mismo y tan ufano que no veía más que el abuso, era que aquella información estaba maldita. Que en ninguna de las redes de contacto del Gobierno habría de ser bien recibida, y que sus defensores serían tachados de mentirosos e incluso de revolucionarios. Primero lo intentó en el MI5, y le llamaron necio, demente e impostor. El MI6 lo calificó de absurdo inventor de falacias, la Marina Real de estúpido o manipulador, y la RAF le aconsejó que se retirara. No había sido un comienzo muy halagüeño.
Colgó las imágenes en varios foros de actualidad, y al instante se las rechazaron por presumiblemente falsas. Las envió a una serie de expertos con los que había trabajado anteriormente, y ninguno se las creyó en absoluto. Finalmente las pegó en un virus replicante que extendió por la limitada Holo–Red Británica, y a los dos segundos recibió una llamada del Ministerio de Defensa.
–¿Sir Michael Hawksmoor? ¿Tiene un momento para que hable con usted?
–Desde luego. ¿Por fin han hecho caso a mi archivo de datos?
–Oh, es por eso por lo que le llamo. Mi nombre es Numa Nigerio, y trabajo para el Departamento de Investigación de Quintacolumnistas. Y sí, he hecho caso a su archivo de datos.
–Oh… Bueno, no es exactamente la persona que…
–Oh, no, sir Michael, soy exactamente la persona que iba a hacerle caso. ¿Qué imaginó que iba a conseguir con esto? ¿Fama? ¿Dinero? ¿Un puesto en Whitehall al lado del Primer Ministro? Veo que no entiende mucho de nuestro Gobierno.
–Le juro que lo que he mandado es cierto, señor Nigerio, y puedo demostrárselo. Me lo envió un antiguo amigo danés que lo ha contemplado por sí mismo.
–Oh, sí, el profesor Adan Brahe, Director del Observatorio de Uraniborg, ya hemos rastreado el origen de esas imágenes que… tan amablemente nos ha cedido usted, sir Michael. El problema no es que no sepamos de dónde proceden… sino que no nos fiamos de ninguno de los dos.
–¿Cómo que no? ¡Por amor de Dios, el Rey Guillermo en persona me concedió un título de Caballero! ¿Qué cree que está usted haciendo?
–Mi trabajo, sir Michael, justamente el trabajo por el que me paga nuestro Gobierno: desconfiar. Usted difunde un virus auto–reproductivo con un vídeo en el que nuestros aliados de Marte fabrican en secreto naves de guerra que luego pretenden utilizar contra la ONU… Un vídeo que le ha mandado un importante astrónomo de una nación enemiga. ¿Y espera que me lo trague a la primera?
–Yo no pretendo que se lo trague, pero al menos…
–Al menos nada. Yo le diré cómo va a ir esto. Las imágenes quedan en nuestro poder, y el Departamento ya se ha encargado de borrar todas sus copias. Usted se estará calladito y evitará meterse en más líos en el futuro, y sobre todo evitará mantener comunicación con científicos extranjeros y divulgarlo a todas las agencias de espionaje de este país. ¿Lo ha comprendido?
–Sí… Sí, desde luego.
–Y creo que estoy siendo bastante benévolo, sir Michael. En estos momentos no andamos muy sobrados de arquitectos holoandroides con el título de Caballero. En otra época ya sabe usted que se habría enfrentado a consecuencias mucho… mayores. Incluso teniendo en cuenta con quién estuvo casado.
–Ya. Bien. Gracias.



Y así fue como la contribución de Michael Hawksmoor a la Invasión del Reino Unido llegó a su fin, o al menos la contribución oficial. Había puesto todo de su parte en un vano intento de alertar a los suyos, y los suyos lo habían repudiado. Tenía las mejores intenciones al llamar a una puerta tras otra, a un organismo tras otro para avisarles del horror… y el Reino Unido lo había desechado como imposible. Y el horror se había convertido en seguro.
Era como esa vieja frase de Sertillanges, la que aparecía en esa película olvidada de muchos siglos atrás: “El mejor truco que el diablo inventó fue convencer al mundo de que no existía”.
Y desde luego Marte había hecho bien sus deberes.



Boletín informativo:
Esta noche ha dado comienzo el tan esperado viaje oficial de la Reina Victoria II y su hija la Princesa Diana a la Nación de Australia, que supone la proclamación de lo que se ha llamado “El Primer Día del Retorno de la Commonwealth”. Tal y como este lema indica, la Soberana firmará un acuerdo mutuo de colaboración con los primeros doce Jefes de Estado dispuestos a unirse a ella, en lo que parece la creación de la fuerza política más impresionante desde el nacimiento del Imperio de Nilidia. Por ahora son trece las naciones implicadas en este proyecto, y no son pequeñas precisamente: Antigua y Barbuda, Australia, Bahamas, Canadá, Chipre, Jamaica, Malta, Mauricio, Nueva Zelanda, Papúa Nueva Guinea, Reino Unido, Trinidad y Tobago, y Zambia. Su poder en el seno de las Naciones Unidas se prevé considerable, y la Reina Victoria lo sabe. Ésa es la razón de la exultante alegría que podía traslucirse hoy durante la cena con el Presidente de Australia, en perspectiva de los acuerdos a los que se espera que lleguen mañana. Según la Monarca ha declarado: “Hoy es el primer día del retorno a la grandeza en el mundo, y en concreto a la grandeza de la Corona del Reino Unido”.



En los primeros meses de 2078, y tras la finalización de la Guerra de Independencia del Reino Unido que otorgó el poder sin concesiones al nuevo monarca Guillermo V (y al brazo más extremista de la derecha británica), el recién nombrado Primer Ministro (y Líder del Partido Nacional) Roger Commonly se entrevistó con la autora de novelas Eve Deirdre Jones. La idea del Partido era “fichar” a Jones como imagen oficial para ganar apoyos internos y externos, aprovechándose de la enorme fama ganada por ésta para reivindicar su Gobierno militarizado. Por supuesto, la escritora irlandesa se negó al principio, tanto por su manifiesto pacifismo como por la opresión aumentada que estaba llevando a cabo el Partido Nacional sobre las viejas aspiraciones independentistas irlandesas. Jones era una convencida activista pro–independencia de Irlanda, y nada se veía más lejos en aquellos tiempos oscuros que la posibilidad de recuperar una mínima autonomía política en su país.
Sin embargo, la negativa de la escritora no impresionó mucho a Commonly.
–Ummm… su currículum es impresionante, señora Jones –dijo el Viejo Perro de Leeds–. Sin embargo… compruebo aquí algunas ideas realmente… peligrosas en sus novelas.
–¿Peligrosas? ¿A qué se refiere?
–¿No es obvio? Animales inteligentes que se rebelan contra humanos despóticos. Una niña inocente que se vuelve líder de la revuelta. Habla usted de la Guerra de Liberación, por supuesto.
–Bueno… no. En realidad no. Lo escribí mucho antes de que ustedes se levantaran en armas contra Nilidia. Y si hablo de algo es de mi propia experiencia. De mi niñez. Es del dominio público a qué me refiero.
–¿No habla de nosotros? Entonces… ¿está hablando de alguna otra revolución futura? ¿De alguna que tal vez… vaya a auspiciar usted misma?
–¿Cómo? ¿Qué me está diciendo? No quiera reinterpretar la novela. “Ventura” es lo que es, y ya lo sabe todo el mundo. No tiene lectura política, sino vital. Es una lectura de mi propia vida, únicamente.
–Ah, señora Jones, ahí es donde se equivoca. Estamos en un momento clave de la Historia del Mundo, y por desgracia… todo tiene una lectura política. No se olvide nunca de eso. La única diferencia es si esa lectura política la incluye entre los amigos o enemigos. ¿Sabe ya a lo que me refiero?
–Intenta presionarme para que me una a ustedes.
–Intento presionarla para que busque aliados. No crea que la guerra ha terminado porque ya no se oigan tiros. La guerra de verdad empieza ahora, y no va a ser bonita. Va a ser una lucha de británicos contra británicos, ya no por lograr la independencia de Abdel Haqq, no, eso ya lo hemos conseguido. Ahora lo que buscamos es el orden, que traerá prosperidad a la Nación. ¿Quiere usted ser parte de ese orden, señora Jones?
–¿Y si no quiero?
–Oh, vamos, no me haga convertir esto en una amenaza, sabe que no lo es. Yo lo único que intento es advertirla. Van a ocurrir cosas muy malas en este país, y es mejor estar en el bando de los ganadores que en el de los derrotados.
–¿No se puede ser neutral? ¿Simplemente neutral?
–No, señora Jones, no se puede ser neutral. Nada en esta vida es neutral. O se está en un bando o en otro. O se gana o se pierde. Está en su mano elegir, eso no lo puede hacer nadie por usted. Tiene hasta mañana.
Y así fue como Deirdre Jones empezó a tener miedo. Miedo de aquéllos que habían empezado a gobernarla. Miedo de que otros decidiesen por ella, y que su negativa ocasionara represalias. ¿De qué era capaz Roger Commonly? ¿La mataría si rechazaba la oferta? ¿Ordenaría que la torturasen? ¿O simplemente la obligarían a abandonar el país?
Ni ella misma sabía qué le iba a decir mañana. Romper con todos sus ideales, con su vida perfecta llena de libertarismo y camaradas, de “Mujeres por la Democracia” y la bandera tricolor… Irónico. En la bandera tradicional de Irlanda (que también usaban los nacionalistas norirlandeses como Jones), la franja verde representa a la facción católica del país, la anaranjada a los protestantes (también llamados orangistas), y la blanca (en el centro) a la paz que algún día se esperaba que hubiera entre ellos. Por desgracia, esos colores habían provocado a lo largo del tiempo mucha más desunión que otra cosa, y ahora la única oficial volvía a ser la Union Jack. Y que nadie se atreviera a llevarles la contraria.
Lo irónico del asunto es que Deirdre Jones sí que confiaba realmente en que ese día llegase… pero no con violencia, ni por coacciones. La unidad por la fuerza no es más que tiranía. Podía haber funcionado con el Mariscal Tito, pero aquello era el Reino Unido, por el amor de Dios.
No tomó una decisión en firme hasta que llegó a casa, y su hijo salió a recibirla. Y todos sus viejos ideales fueron revueltos por una sola y simple frase:
–Hola, mamá, ¿dónde has estado? ¿Por qué tardaste tanto?
Al día siguiente aceptó la propuesta de Roger Commonly, y el Partido Nacional la premió con un puesto: Directora de Educación Doctrinal del Ministerio de Cultura.
Irónico.


Boletín informativo:
Hoy a las 8 a.m. hora de Greenwich se han abierto los más de doscientos mil colegios electorales del Reino Unido, donde se espera la visita de los casi cien millones de habitantes censados en nuestra nación. La participación se calcula masiva, recordando las cifras de sólo un 0.02% de abstención en los últimos comicios de hace cuatro años. A estas elecciones se presenta un total de cuatrocientos ochenta candidatos para justamente la mitad de cargos de responsabilidad en nuestro Gobierno, por lo que los expertos de opinión valoran que se producirá un gran relevo en la cabeza de los principales Ministerios. El Primer Ministro y Líder del Partido Frente Nacional Británico, el señor Roger Commonly, acudió esta mañana muy temprano a cumplir con las urnas, hasta donde llegó caminando junto al Ministro de Hacienda desde la residencia de ambos en Downing Street. A la salida compareció ante nuestras holo–cámaras y resaltó, según sus propias palabras, “la robusta salud de nuestra democracia, que bajo el paraguas conciliador del Partido ha encontrado la verdad detrás de las elecciones: que lo importante es que no existan partidos, sino personas individuales a los que se pueda conocer, y admirar”. De este modo, se cumplen ya muchos años de la desaparición del bipartidismo a favor del mucho más estable sistema democrático monárquico monopartidista electivo del que disfrutamos. En una hora, Georges Remi nos traerá los primeros resultados oficiales.



Fue apenas una hora después de la llamada del espía Numa Nigerio cuando la Tierra tuvo noticias de la explosión que había observado Hawksmoor.
Empezó como una estrella fugaz en dirección hacia el este, de aspecto lejano y brillante, volando sobre Winchester con una cola verdosa y un núcleo en llamas, y fue precisamente esta imagen inocua lo que hizo que nadie se preocupara por él lo más mínimo. Ni cuando pasó por encima de sus cabezas, ni cuando los atronó con su chirrido amargo y estridente, ni cuando cavó un hoyo profundo entre árboles prendidos, en campo abierto entre los pueblos de Horsell, Ottershaw y Woking. Tal fue la poca desconfianza que provocó el asteroide que, incluso habiendo sucedido todo esto, el Gobierno Británico no pensó en mandar más que a un poco nutrido grupo de científicos con aparatos, en vez de armas y fuego a discreción como habría sido necesario.
Otra razón más de que les pillaran por sorpresa.
Y allí se aventuraron los tres pobres infelices, contemplando el agujero incandescente con sus pantallas y sus visores electromagnéticos, sólo para darse cuenta de que no entendían lo que era aquello. El profesor Owen Richards, enviado a investigar el fenómeno por el Real Observatorio de Greenwich junto al antiguo cosmonauta muerto Arnold Rimmer y la MI5 del Gobierno Jennyfer Lewis. Sus posibilidades nunca fueron muchas.
El objeto en cuestión había dejado a su paso un largo reguero negro y ancho, como una lengua de muerte, y en todos los lugares que había tocado no volvería a crecer nunca la vida. Como un presagio. La línea oscura de su trayectoria había cavado un gran túnel bajo la tierra fértil del corazón de Inglaterra, en cuyo final se ancheaba hasta convertirse en un amplio redondel quemado que todavía despediría llamas muchas horas después de su caída. El objeto se había estrellado en una de las áreas más rurales y menos desarrolladas del país, como si eso también fuera una estrategia predeterminada. Y allí que bajaron los científicos, protegidos con sus auras anti–radiación y sus campos de energía refrigerante, tan tranquilos como si fueran a tomar el té de la tarde en Picadilly Circus. El catedrático analizaba el objeto con sus ondas electromagnéticas, la espía acordonaba la zona para evitar que los aldeanos de la Reserva pudieran aproximarse, y mientras, el viejo piloto holoandroide enviaba los datos al Cuartel General de la Agencia Excalibur, a la que todos pertenecían. El organismo encargado de la vigilancia y actuación ante sucesos inexplicables, lo mismo un complot terrorista de agentes dormidos, un ataque de maniquíes asesinos que cobraran vida de forma misteriosa, o una estampida de Tyrannosaurus rex por la Catedral de Santa Ana. Cualquier cosa, cualquier lugar, cualquier momento.
Algo muy británico, en todo caso.
Y al fin, semienterrado bajo una capa de arena negra y los restos de un abeto que sepultó en su caída, los miembros del equipo dejaron a la luz el objeto. Incandescente, rojo hasta un punto casi blanco, su forma cilíndrica y su piel suave con escamas de bronce denotaban que en ningún caso era un asteroide natural. El sabio pasó las manos sobre la superficie brillante, y descubrió algo que le llenó de un miedo atroz: símbolos marcianos. Bajorrelieves de dioses y hombres llamando a la Fortuna en su tarea, los rezos de un culto más viejo que su propia vida. Y supo que no era él quien tenía que estar mirando aquello.
–¡Alejaos! –gritó a su equipo–. ¡Es una trampa!
Pero ya no pudo hacer nada al respecto, ni él ni nadie del abundante grupo de mirones que se habían congregado en torno al hoyo.
La temperatura del objeto disminuyó a una velocidad casi imposible, rodeado de campos de fuerza que drenaban el calor hacia la atmósfera. A la vez empezó a desenroscarse uno de los extremos del cilindro, y en segundos cayó a tierra una especie de gruesa tapa de metal que lo había cubierto hasta entonces. Y de la cavidad circular emergió una criatura.
Los mirones se estremecieron presas del pánico, y un terrible suspiro cruzó la multitud como el fuego. De algún modo, todos habían esperado ver salir a un hombre, quizá algo diferente de los terrestres, pero en esencia un ser como los humanos. Y al advertir de pronto los horrores sin forma que habían cruzado el espacio en el cilindro, no pudieron sentir más que repulsa. Un asco y una náusea profundos que nacían en lo más puro de sus almas Casta E, en su estómago venido a menos, en sus ojos aterrados. Miraron al hueco negro por el que emergían los monstruos, y tal y como dijo Nietzsche, “cuando el hombre se asoma al interior de un abismo, el abismo se asoma también al interior del hombre”.
Y los monstruos dominaron la Tierra.
–Oh, Dios mío, ¿qué es eso? –gritó una pobre aldeana de Chertsey.
–¡Se mueve reptando! –decían los niños de Chobham–. ¡Es como una serpiente gris, pero enorme!
Y así era, en efecto, pero mucho más extraño incluso que eso, pues lo que avanzó desde el oscuro interior del proyectil hueco fue un larguísimo tentáculo bañado en fluido viscoso, algo como un dedo repugnante de babas grisáceas. Sus movimientos eran lentos y rítmicos, como si estuviera probando la capacidad de sus músculos bajo el sol brillante y la gravedad de la Tierra. Su avance era seguro a pesar de la duda inicial, y pronto le siguió otro hermano exactamente igual al primero. La multitud quedó paralizada, inundada de un pavor ancestral como una pesada losa lanzada sobre su pecho. Y al ver a esa multitud petrificada en el borde del agujero, los mismos científicos que trataban de huir se giraron para ver ellos también a la criatura, justo a tiempo para el instante en que asomaron sus ojos.
Sus ojos.
Dos infinitos pozos de una maldad tan vieja como el mismo suelo por el que se arrastraban. Dos faros negros tan potentes que aquéllos que los observaban no tuvieron ya más vida que la que ellos quisieran marcarles. Dos horrores alienígenas, basados en los mismos monstruos que forman las pesadillas del hombre.
Y la multitud los observó petrificada.
El ser, cuya apariencia cefalópoda no le suponía un problema para moverse sobre la tierra de Horsell, también los miró con esos ojos crueles, y al instante brotó de su vehículo un potentísimo rayo calórico que los desintegró a todos. Bajo un refulgente humo verdoso y un zumbido intenso, era como una espantosa ola de fuego invisible que cayó sobre los cientos de mirones que circundaban el cohete, y al segundo su piel empezó a hervir y deshacerse, sus ojos se licuaban en las mismas órbitas, los tendones ardían como fogatas de otoño, los huesos caían ennegrecidos. Los primeros en morir fueron justamente el profesor Richards y Jenny Lewis, que trataron de alejar a la multitud para evitar una masacre, pero lo único que consiguieron fue adelantarse a los demás en el Paraíso. Y el holoandroide Rimmer tuvo que ver cómo todo su equipo era esquilmado, cómo sus viejos amigos perecían en segundos sin saber ni por qué, y sin tener capacidad para llorarlos.
Y de igual modo el bosque empezó a ser consumido por altísimas llamas rojas que nacían de pronto, destruyendo al paso del rayo calórico las preciosas estampas de la campiña inglesa. El monstruo paseó su mirada asesina por los restos de los primeros humanos que había conocido, y de su mundo, y lo único que sintió por la matanza fue un enorme, enorme placer.
“Los aparatos funcionan. Este planeta ya está conquistado”.
Volvió al interior del objeto, que en un principio había sido proyectil y cohete al mismo tiempo y, sin que la presencia de Rimmer le inquietara, a una sola orden mental suya todos los aparatos empezaron a transformarse. Los metales se doblaban, el calor era intenso, y las computadoras fluían bajo sus tentáculos grises como si estuvieran hechas de gelatina. La obra cruel de una inteligencia malévola. Un minuto después la criatura salió por fin del agujero que había cavado, y ya no viajaba en una nave espacial, sino en un engendro más propio de los negros abismos del Infierno.
Y hasta las cámaras voladoras del Gobierno parecían aterradas a su paso, mientras en el camino al noroeste de Chertsey caía un segundo cilindro.
Y de todo esto fue testigo Michael Hawksmoor.



El bueno. El malo. La víctima. El otro bueno. Todas las respuestas en una noche increíble, donde culminan cien años de serie ininterrumpida. El sábado a las 22 horas GMT, John Locke y Benjamin Linus se enfrentan a la mismísima líder de la Hermandad de la Luna Llena, la misteriosa Pandia que lleva meses sacrificando periodistas en los bajos fondos de Nuevo Londres. Este sábado, capítulo final de “Hermanos y policías”. Emisión simultánea en inglés para todo el territorio de la Commonwealth. No te lo pierdas.



Durante muchos años, lo que Deirdre Jones sintió por Roger Commonly fue miedo. El nuevo Estado policial e intervencionista del Reino Unido había adquirido un poder tan inmenso que nada se escapaba de sus ojos cotillas, de sus permanentes escuchas holofónicas y sus cámaras voladoras. Diminutos robots del tamaño de guisantes zumbaban como moscas traviesas en las multitudes de calle, grabando y transmitiendo sus actos y palabras en un arco de 360º, inmortalizando sus delitos, dejando claro quién era quién en cada acto. Los buenos y los malos. Culpables e inocentes. Los ojos de un país malintencionado.
Pero si por algo se hizo famoso Commonly fue por la creación de un cuerpo de Policía Interior especialmente cruel con los disidentes, autorizados a matar si era necesario, y capaz de las mayores atrocidades para lograr su fin: evitar las ideas independientes y el comportamiento autónomo. Bajo el nombre de MI5 (que recordaba a viejas épocas felices, y al mismo tiempo hacía obvia su naturaleza claramente militarizada), estos hombres fríos e insensibles tenían como trabajo sacar a familias enteras de su casa en plena noche, torturarlas hasta obtener la información del enemigo, y luego si hacía falta liquidarlas. Había MI5s destacados en las plantas de producción sistemática de fetos, otros se encargaban de destruir los documentos que pudieran alejarse de su doctrina (a veces sólo libelos de algún revolucionario, a veces obras literarias de siglos de antigüedad), y los más importantes de todos daban clase en Oxford.
La vida se regía por la disciplina más total, por el sometimiento y la deshumanización. Había que acatar las órdenes, había que servir al Gobierno como si de un Dios se tratase, y por medio del sacrificio se obtendría la felicidad. Trabajar para el Estado. Vivir por otros, sin los otros.
Y Deirdre Jones sintió un miedo horrible. Miedo de apartarse de la doctrina del Líder, y de que eso le ganara una reprimenda. Miedo por sí misma, por el dolor físico que podían infligirle, pero miedo también por su familia, su marido y sus hijos, con los que vivía en una formidable hacienda en Jones (antigua Northumbria). Miedo porque los separaran, como había ocurrido con tantas familias, y que ellos sufrieran por algo que hubiera hecho Deirdre.
A los Coipel los separaron en campos de concentración, y a cada uno le dijeron que si no hablaba matarían al resto de su familia. El problema es que se habían equivocado de casa, por lo que no tenían absolutamente nada que contarles, y los asesinaron a todos por negarse a hablar. Lástima. Bajas de guerra.
Sebastian Shaw, Cabeza del Condado de Shaw (antiguo Warwickshire), era el señor feudal de una exclusiva organización secreta de importantes hombres de negocios, cuyas decisiones estaban poniendo contra las cuerdas al servicio de transporte por aeropista. Los MI5s secuestraron a todos y les obligaron a trabajar para el Gobierno. Shaw juró lealtad al Líder, pero por si acaso, como ya había traicionado al Reino Unido una vez, prefirieron castrarlo para hacer obvias sus intenciones. Nunca volvió a organizar un complot.
Una de las leyendas más antiguas del país era la del famoso monstruo del Lago Ness, en Escocia. Nunca se supo realmente si aquella historia era cierta, pero las malas lenguas dicen que el Departamento de Investigación del MI5 creó un monstruo nuevo con ingeniería genética y arrojaron a sus fauces a unos pocos intelectuales. El número de desaparecidos en Escocia fue en progresivo aumento durante doscientos años.
De forma que enseguida Deirdre Jones tuvo miedo. Un frío que se calaba en los huesos y no le permitía respirar. Una sospecha continua de todos. En cualquier momento podían echar abajo su puerta y llevarlos presos, y cometer en sus cuerpos las mayores atrocidades que imaginen. No había un lugar seguro ni un solo inocente, siempre podían acusarlos de algo y demostrar que lo habían hecho. ¿O es que existe un solo hombre en el mundo que sea por completo inocente?
Hasta una noche en que habló con su doncella.
Estaba reunida con su marido y sus hijos frente a la chimenea del salón principal de su castillo, el que le había concedido la Reina Victoria II junto al título de Condesa de Jones (y la potestad sobre los territorios comprendidos entre los ríos Tees y Tweed). La tierra y las posesiones que le otorgaron por su enorme fama literaria (y como es lógico por la contribución realizada tantos años al Partido). Lo mucho que podía perder en un segundo.
Y aquella noche la criada se permitió el lujo de abordarla.
–Se… Señora Jones… ¿Puede concederme el hablarle un momento?
–Bueno… No es muy ortodoxo, pero… sí. Dime, ¿qué ha sucedido?
–Es sólo para agradecerle todo lo que usted hace por nosotros, por el país. Sé que es alguien importante dentro del Frente Nacional, y le doy las gracias por eso. Si no fuera por el Gobierno…
–¿Cómo? ¿Me estás hablando en serio?
–Desde luego, señora. Todos nosotros nos debemos al Gobierno, cada uno en la medida de sus posibilidades, y usted tiene el honor de servirle desde un puesto de gran responsabilidad. Debe de sentirse muy afortunada.
–Bueno… Tanto como afortunada… No sé si más bien no sea como una maldición.
–Oh, no se ría de mí, sólo porque sea una pobre robot sin cultura. El Frente Nacional es el mayor regalo que ha podido tener el Reino Unido, y no sé cómo vivían antes de la Liberación. Este país nunca ha tenido tanta felicidad como ahora.
–Pero, ¿cómo puedes decir eso? ¿Y la libertad, y los derechos? ¡Nos han convertido en esclavos!
–Señora… Discúlpeme, pero yo soy de Casta E… Nosotros ya nacemos esclavos. ¿Qué más da cómo se nos llame? Antes de la guerra seríamos lo que le decían “clase baja”, y antes “obreros”. Lo de los derechos es algo que sólo les prometen a ustedes.
–¿Pero tú no querrías tener más derechos? ¿Vivir mejor?
–Mire, yo ya he asumido que mi destino en la vida es servir, es para lo que me fabricaron, y no busco nada más, ni tampoco espero que mis hijos hagan otra cosa. Los E no tenemos derecho a hablar con otras Castas, ni podemos votar u opinar de nada. Los E sólo trabajamos, y el único alivio que nos queda es saber que el Estado funciona mejor gracias a nosotros. La mayor virtud del hombre es el buen servicio a los demás. Ya lo dice la Iglesia. Pues entonces no hay nadie mejor que los Casta E, porque servir es nuestro destino.
–Dios… Te han vendido una historia muy cruel.
–Con todo el respeto, señora: quizá se la hayan vendido a usted. La libertad es algo demasiado valorado, pero en la realidad no sirve para mucho. El Reino Unido es fuerte, la economía se mantiene estable como nunca fue, y podemos dar de comer a nuestros hijos y vestir dignamente de acuerdo a lo que nos corresponde. No se engañe, señora: ¿de qué me serviría a mí votar o hablar con ustedes de política? Mis necesidades básicas y las de mis hijos están plenamente cubiertas, y vivo mil veces mejor que cuando había tantas urnas y tantos derechos. Ya iba siendo hora de que algún político dejara de hablar de más derechos y empezase a hablarnos de deberes.
–Bueno… Yo…
–Por eso le doy las gracias, porque sé que usted tiene parte de responsabilidad en eso, y quiero que sepa que hacen lo correcto, y que lo valoramos. Podemos ser lo más bajo de esta sociedad, señora, pero no somos tontos. Recordamos bien los tiempos de esa “maravillosa” libertad, y fuimos nosotros mismos quienes aceptamos perderla. Mientras nos garanticen las necesidades básicas, lo demás se puede sacrificar.
–Si… Si tú lo dices…
–Piénselo, señora. Y considérese afortunada. Yo desde luego lo sería.
–Sí… Sí, claro… Gracias. Gracias… Eeeehh… ¿Cómo te llamas?
–Oh, no importa, señora. No vamos a volver a hablar nunca. Llámeme solamente “criada” como hasta ahora, y yo acudiré a lo que usted necesite. Sólo quería contarle lo que pienso de usted.
–Bien… Bien… Gracias.
Y desde ese día Deirdre Jones dejó de ver a Commonly con miedo… y por una vez empezó a sentir respeto. E incluso un poco también de privilegio.



Gracias, Charles. Esta mañana hablaremos de la guionista Norah Moore, que presenta en la Feria del Libro de Londres su último ciber–cómic, “Demiurgo”, un éxito inmediato de crítica y público. La obra ahonda en la lucha interior de un tipo normal y corriente que no desea volverse adulto, y en la guerra contra su propia alma de niño, tanto en la sociedad actual como en la Grecia de los tiempos de Platón. Con el trabajo del holo–dibujante John Lindley, “Demiurgo” es una historia única sobre lo terribles que pueden ser los últimos años de la adolescencia, y a lo que hay que renunciar por ser maduro. Y vemos que esa angustia no ha cambiado mucho en treinta siglos. Je, je, je… El álbum estará disponible a partir del día 26 para su descarga a sondas telepáticas y Holo–Red. Desde este programa lo recomendamos con especial énfasis. La escritora de Liverpool ha dado vida a una nueva obra maestra de la Historia del Cómic, a la misma altura que la “Tiger Li” de Luqmân El Tarif y el “Viajero Darling” de Max Colway. La editorial ya ha vendido mil millones de ejemplares del “Demiurgo” en concepto de reserva y pre–venta, y se oyen rumores de una más que posible versión de Hollywood para este otoño, de la que por supuesto, como ya nos tiene acostumbrados con otras adaptaciones suyas, la autora renegará y no permitirá que muestren su nombre.



La respuesta a la invasión fue casi inmediata, como ocurre siempre con los Gobiernos totalitarios: no hay nada que haga que se muevan más deprisa que una amenaza directa al poder que detentan.
Así que en apenas segundos llegaron hasta Horsell los brillantes caballeros a las órdenes del Conde de Surrey, y a la luz de Enero sus armaduras de plata y oro refulgían aún más que sus espadas desnudas, que sus yelmos con cimera y las ligeras bardas o armaduras de caballo que lucían las monturas. Los hombres resoplaban ansiosos de batalla, los cascos golpeaban el suelo de la Reserva Salvaje, y una docena de poderosas legiones cabalgaban hacia lo que creían que era un enemigo banal. A un lado piqueros y lanceros, al otro arqueros y ballesteros, y en el cuerpo central avanzaban los llamados Dragones de Westminster, uno de los regimientos de caballería ligera más famosos y reputados de la Historia. Guiados por la mano siempre hábil y valiente de sir Roger Mellington, uno de los Siete Señores Feudales del Gran Londres, este conjunto de hombres únicos eran soldados expertos en guerra nuclear, bacteriológica y química, habían luchado en todos los lugares del Cosmos y habían defendido siempre con honor su bandera y su monarca, pues no debían más lealtad que al propio Mellington, y por encima de éste a la Reina. Su valor fue sonado en la Batalla de Tánger durante la Guerra de Liberación del Reino Unido, en los ataques a desiertos lejanos y a tierras inhóspitas donde no eran queridos. Se habían enfrentado a naves gigantescas y a dragones revividos, a islas–bomba creadas en laboratorio y a niños condenados a ser guerreros de por vida. Pero nunca se habían enfrentado a nada como esto.
Aún se hallaban a cierta distancia de donde suponían que estaba el enemigo (atrapado en el mismo hoyo donde se produjo su caída), cuando la muerte se encontró con ellos a la cara. Al principio era sólo una extraña sensación en los oídos, como un pitido bajo, pero enseguida fue creciendo en sus ojos y en sus estómagos. Sentían náuseas, un mareo imperceptible en la zona baja de la nuca, y algunos empezaron ya a toser. Esto fue lo que alertó enseguida a Mellington, que había visto demasiados de estos ataques en su vida.
–¡Gases! –bramó como un demonio–. ¡Soldados de la Reina, protegeos con vuestras baberas!
Y al momento los caballeros cerraron sus yelmos, respirando de nuevo oxígeno puro y salvando sus vidas. Protegieron a sus caballos y cerraron el circuito de respiración autónoma, como habían hecho tantas veces en lugares llenos de muerte, escapando siempre de ella día tras día.
Pero la batalla no había hecho más que empezar, y enseguida se vieron rodeados por una tupida masa de humo negro que les impidió por completo la vista. Grandes volutas de un oscuro impenetrable circundaban a las tropas a caballo de Surrey, alejándolos del campo comunal de Horsell al que enfilaban, y también unos de otros hasta que se perdieron entre el negro. Cada una de las legiones trataba de mantener la formación en torno a su propio líder, pero ni siquiera era fácil descubrirse entre aquella niebla inhumana y que parecía dotada de su propia consciencia. Sólo los Dragones de Westminster se mantenían firmes en el centro del avance enemigo, intentando averiguar quién era el que les atacaba, pero ni los mejores soldados de Inglaterra podían tenerlo fácil. Los caballos parecían a punto de una crisis de pánico, el sudor chorreaba bajo los pesados morriones de los yelmos, y las hojas de acero no encontraban un cuerpo rival en el que hundirse.
–¡No perdáis los nervios, Dragones! –chillaba impotente el atemorizado sir Roger–. ¡Mantened alto el pendón del Gran Londres, y les demostraremos a estos seres que no se puede atacar al Reino Unido!
Pero el trabajo ya estaba hecho. Las monturas se rebelaron contra ellos, arrojándolos al suelo enlodado y la vergüenza. Los hombres corrían sin orden bajo la única enseña del miedo atroz, sabiendo que aquello a lo que se enfrentaban no era humano ni había sido creado por tales. La maldad se respiraba en un aire viciado de un negro tóxico, inflamado. La derrota era ya un hecho.
Y en ese instante surgieron terribles, apartando a su avance los sólidos muros de niebla tenebrosa, dos altísimos monstruos mecánicos que se desplazaban en silencio a una velocidad realmente inaudita. Eran una especie de trípodes monstruosos, más altos que cualquiera de las colosales torres flotantes de la City, y que pasaban sobre los pinos aplastándolos en su carrera. Sendas máquinas andantes de un metal nunca visto en la Tierra, dotadas de capuchones color bronce que se movían de un lado al otro como si fueran cabezas, y de cuyos laterales pendían largos tentáculos flexibles que empleaban para agarrar troncos de pino o cadáveres de soldados de Surrey, envueltos en un humo verdoso que hacía la imagen tremendamente irreal, imposible.
Entonces el terror se apoderó de los soldados.
–¡Son demonios! –gritaban unos.
–¡Es imposible luchar contra ellos! –afirmaban los otros.
Y en el centro de las legiones que huían despavoridas al verlos, un petrificado sir Roger intentaba a duras penas mantener el control de su viejo caballo Copenhaguen y retomar el mando de los suyos. Pero eso estaba más allá de sus posibilidades ahora mismo. Los hombres habían dejado de ser soldados y se habían convertido otra vez en niños, y en niños asustados hasta la médula. Los corceles, sin duda los mejores de las cuadras de Gales, estaban ahora muertos por el suelo o corriendo despavoridos hacia la supuesta tranquilidad del bosque profundo. Las armas, arrojadas en la huida o rotas por sus mismos dueños. Las ilusiones, desvanecidas. El honor, manchado.
Y eso provocó una ira horrenda y flamígera en lo profundo del pecho de sir Roger, que había librado demasiadas guerras y había perdido a demasiados hombres buenos como para que ahora toda su historia se desvaneciese en una sola batalla deshonrosa. Aguantó con fuerza las riendas del caballo con la izquierda, y su potente espada de doble filo con la derecha, y su voz resonó en los campos de Surrey como si fuera la del mismo Arturo renacido.
–¡Escuchadme bien, Caballeros de la Reina, no sintáis temor! ¡Los que nos atacan son expertos en la guerra psicológica, igual que en la química, pero lo que ellos no saben es que nosotros también somos expertos! ¡Hemos luchado contra nilidios que nos hicieron pasar por horrores inmensos, y siempre hemos sobrevivido! ¿Vamos ahora a aterrorizarnos por unas máquinas gigantes y un gas tóxico? ¿Sólo por eso?
Los jinetes sin montura empezaron a escucharle, y poco a poco les volvió la fe. Dudaban, sentían aún la garra del miedo en sus pulmones, pero incluso así empezaron a confiar de nuevo en su líder, al que adoraban. La obediencia y el respeto fueron cobrando sentido enmedio de un paraje desolado que en nada les recordaba a Inglaterra. Y a pesar de todo lograron encontrar atisbos de valor en su conciencia, y armas en buen estado que agarrar con fuerza, y caballos perdidos que les obedecieran. Y lentamente, como el niño que vuelve a ser hombre y el hombre que se convierte en soldado, las legiones británicas formaron otra vez para la batalla, menos honrosas y más sucias que la primera vez que les atacó el humo negro, pero igual de osadas y con mucha más voluntad de triunfar en esta guerra. Mucha más voluntad que nunca en sus vidas.
Y para completar el cuadro, sir Roger Mellington cogió del suelo el pendón de los tres leones rampantes, que desde hacía siglos había representado a los temidos Señores Feudales del Gran Londres, y nunca había sido derrotado. Y se juró a sí mismo que esta vez tampoco lo sería.
–¡Vamos, Dragones, formad bajo el emblema que respetamos, y haced honor al nombre que os ganasteis! ¡Lanceros, avanzad al frente, con las armas dispuestas! ¡Arqueros y Ballesteros, dispuestos atrás, preparados para abrir fuego a mi orden! ¡Hostigadores, registrad los campos! ¡Encontrad a todos los supervivientes que haya de entre los nobles Caballeros de Surrey, y unidlos a nuestras legiones! Nos harán falta cuantos más efectivos mejor. ¡El enemigo es poderoso, pero no invencible!
Mas el horror no había acabado allí, porque tan pronto como los jinetes estuvieron reunidos en torno a su líder, las volutas de humo negro empezaron a levantarse, y el campo inglés mostró sin duda alguna a lo que podían llegar los invasores. A su alrededor, una infinita sucesión de armaduras rotas y soldados agónicos tapizaba las tierras en las que no había llegado a lucharse, y de los poderosos ejércitos del Conde de Surrey no quedaba un solo hombre ni corcel en pie. Los colores brillantes se habían vuelto turbios, los rostros que una vez fueron hermosos estaban ahora retorcidos en espantosas muecas de agonía, los ojos se escapaban de las cuencas, las bocas parecían de goma derretida, la piel era oscura y grisácea.
Y fue así como del sublime ejército que atravesó los campos de Inglaterra en pos de un enemigo que creyeron indefenso, ahora ya sólo restaban unos pocos de los laureados Dragones de Westminster. Solos y abandonados, mal protegidos con lanzas rotas y espadas melladas… pero aún soldados del Imperio.
De modo que no hizo falta que nadie les dijera que no iba a llegar ningún tipo de refuerzos, que estaban ellos y el enemigo, y que tenían que pararlos como fuese. Y avanzaron, galopando hacia lo más profundo de la nube que aún cubría el avance de los monstruos, sabiendo que a pesar de su historia y su entrenamiento exclusivo, tenían poco que hacer contra aquello, pero no importa.
La leyenda les recordaría como grandiosos héroes con escaso apego a la vida, y un amor inusitado hacia su Reina. La clase de héroes que le iba a hacer falta a su país, en ésta la hora de mayor necesidad que habría vivido.
Y justo en ese momento, un destello verdoso iluminó la cabeza de las máquinas, al tiempo que se ponía en marcha su letal rayo de calor.
Y de todo esto fue testigo Michael Hawksmoor.



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Fue un poco después de la entrada de Deirdre Jones en política cuando empezó la corriente social del neofeudalismo, que algunos críticos llamaban "aislacionismo británico", y que en realidad no fue más que una consecuencia del miedo. El Estado llevaba décadas aterrorizando a sus propios ciudadanos, llenando prisiones a su costa y vulnerando los antiquísimos Derechos Humanos sólo por deporte, así que llegó un día en que los más poderosos optaron por encerrarse en sus mansiones. Temerosos que los siguientes pudieran ser cualquiera de ellos, lo mejor era evitar toda clase de contacto físico que les arriesgara, y de paso el sentimiento. Como decía Sartre, “el infierno son los otros”, y los nobles desde luego se lo tomaron al pie de la letra. Dado que tenían todas las necesidades satisfechas, entre el desarrollo de las máquinas y el clima de ociosidad general que imperaba, hubo un momento en que dejó de importarles cualquier cosa. Se aislaron, física y emocionalmente, y sus torres del tamaño de ciudades se convirtieron en preciosas jaulas de oro donde esclavizarse a sí mismos, donde vivir porque nadie les dejaba morirse, donde vegetar por toda la eternidad como decrépitos inmortales. Y el resto del Universo (y ellos mismos) les dio igual.
De algún modo, estos nobles se habían vuelto más robots que los propios que les servían.
Mientras que al pueblo sencillo, los que no eran duques ni marqueses ni tenían castillos en los que aislarse, no les quedó más remedio que seguir malviviendo como hasta ahora, labrando el campo con sus propias manos y paseando animales, todo eso que los nobles consideraban aberrante. Construían pueblos con tejados de paja, enterraban a sus muertos en el suelo como habían hecho durante siglos, y en realidad se consideraban felices, en su limitada existencia despreciada por todos, en sus villas modestas y sus pueblos junto al rio. En lo que el Gobierno llamaba “las Reservas Salvajes”, como si de animales sin mente se tratase.
La sombra de Huxley era alargada.
Y así la vida fue discurriendo poco a poco, las décadas se hicieron siglos, y el aislamiento perduró. El Rey Guillermo V murió y fue sucedido por su hija, que reinó bajo el nombre de Victoria II, con ideas y actitudes muy similares a las previas, más que nada porque el Primer Ministro Commonly no había muerto ni abdicado, y la inercia es una razón muy fuerte en política. El Estado del Orden parecía más difícil de matar incluso que sus creadores.
El desarrollo más tarde de Condados con Señores Feudales efectivos era sólo una cuestión de maquillaje, y los ejércitos compuestos de hombres a caballo fueron poco más que una demostración práctica de que en el Reino Unido se prohibía la entrada a animales inteligentes. Los hombres eran el único valor a tener en cuenta, y la medida de todas las cosas, tal y como había dicho Protágoras. A los demás países les seguía pareciendo dictadura, pero ellos lo llamaban humanismo. Claro, que a finales del Siglo 24 no había un solo país en el mundo que todavía se pudiera considerar democracia, así que tendían a mantenerse callados.
Una noche Commonly se quiso acostar con Deirdre Jones. Le mandó un mensaje especial desde Westminster, y le dijo que le esperase en la suite imperial del Hotel Reina Victoria, que el Partido tenía siempre reservada para sus necesidades. La escritora irlandesa se indignó, como siempre.
–¿Se puede saber de qué me está hablando?
–De que lleve allí su cuerpo y pocas ropas. ¿O qué pensaba que le estaba diciendo?
–¡Es usted un cerdo, y no se lo pienso permitir!
–Oh, vamos, no me venga con ésas ahora. Usted sabe tan bien como yo de qué va esto. Lo sabía desde el momento en que empezó a trabajar con nosotros. Ahora no se espante.
–¡Yo soy una mujer casada, por el amor de Dios! No crea que puede disponer de mí como le parezca. ¡Soy Vice–Ministra de Cultura de este Gobierno! ¡No pretenda convertirme en su muñeca hinchable!
–¿Sabe?, me recuerda usted a una frase de Groucho Marx. Un día le dijo a una joven: “Señorita, ¿usted se acostaría conmigo por un millón de dólares?”. “Sí, claro”, dijo ella. “¿Y por cinco dólares?”. Y entonces la joven se enfadó muchísimo: “Oiga, ¿por qué clase de mujer me ha tomado?”. Y he aquí la gran frase de Groucho: “Ah, no, eso ya me había quedado claro con la primera pregunta. Ahora sólo estamos fijando el precio”. ¿Lo ha entendido, Deirdre? Esté allí a las nueve. Pregunte a Recepción por la suite imperial, y la teletransportarán directamente. Hasta entonces.
Y colgó.
Y como parte del lento y paulatino proceso de degradación que llevaba años siguiendo, Deirdre Jones estuvo allí a las nueve. Quién sabe si por miedo o admiración, por decisión o porque no le quedaba otro remedio, qué más da eso ahora... Y al día siguiente la nombraron Secretaria de Estado.



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La Catedral de Canterbury se llenó muy temprano esa mañana. Cientos de ingleses llegaban en tropel desde todas las zonas de alrededor, como si de pronto hubieran descubierto su fe con las primeras luces del alba. El Arzobispo Laurel Broome los miró extrañado, y al mismo tiempo complacido, de alguna forma. ¿Tanta gente se había vuelto cristiana de repente? No era bueno. La fe es algo esquivo durante la mayor parte de la vida, pero todos los hombres acaban por abrazarse a ella cuando no les queda nada más. Y por suerte los tiempos habían cambiado lo bastante como para que no hiciera falta acordarse con frecuencia de Dios. Bastaba con llamar a la teletienda.
Lo malo de ser párroco es que esperas que nunca les hagan falta tus servicios. Cuando las cosas se ponen feas primero llaman a la Policía Interior, luego al Ejército, y después finalmente al Gobierno, que se había comprometido en persona a garantizar el bienestar de los Ciudadanos como una forma de tenerlos prisioneros. El Estado del Bienestar se había convertido en la Dictadura del Bienestar, por cuanto no había razón para rebelarse contra el Partido mientras se mantuvieran las condiciones ociosas del día a día. Mientras las máquinas siguieran haciendo todos los trabajos, y el pueblo sólo se dedicara a escuchar música y descargar vídeos de la Holo–Red.
Pero, ¿qué sucede cuando eso no es bastante? ¿Qué pasa cuando el Gobierno no es capaz de mantener seguros a sus ciudadanos, y la fantástica longevidad que trajo la ciencia se acaba? El Arzobispo Broome sintió un escalofrío, cuando legiones de míseros habitantes de las Reservas Salvajes irrumpieron en los suelos y las naves fundadas por San Agustín de Canterbury, y que desde aquel Siglo VII d.C. había contemplado un sinfín de reconstrucciones. Los gritos y el miedo a la muerte llenaron los salones destinados a la hospitalidad con los peregrinos, y no había uno solo que no implorara el perdón de Dios o buscara deshacerse de sus pecados.
Para el Primado de Inglaterra aquello sólo podía significar el Apocalipsis.
La mañana había amanecido nublada en los límites superpoblados del Gran Londres, donde Canterbury se había convertido en el último núcleo civilizado antes de la Reserva, y su Arzobispo en el único hombre bueno al que acudir. Las noticias de la invasión marciana estaban empezando a llegar dificultosamente hasta las áreas de Ciudadanía, más por la dejadez de los ociosos que porque no se intuyera el peligro. Las Reservas eran un complejo erial desorganizado, descentralizado, donde a nadie le importaba colocar un micrófono o una cámara porque nadie quería saber lo que estaban haciendo, y esto supuso un enorme favor a los marcianos.
El propio Broome intentó rebuscar en las últimas noticias de la Holo–Red para enterarse de qué era lo que estaba pasando en Surrey, pero no acertó a saber más que historias inconexas: Se hablaba de la llegada de visitantes del espacio con intenciones claramente hostiles, quienes, alarmados por la proximidad de una multitud, habían matado a cierto número de personas con un arma muy rápida. La HBBC explicaba, textualmente: «Aunque son formidables, los marcianos no han salido del pozo en que cayeron, y parecen incapaces de hacerlo. Probablemente se debe esto a la mayor atracción de la gravedad terrestre». Sobre este punto estaban basando sus noticias el resto de diarios de la nación, en algunos casos tiñéndolas del sensacionalismo al que se habían acostumbrado, como en el Morning Mail (que hacía un resumen exhaustivo del movimiento de tropas, en concreto del hermoso sacrificio de “Los abnegados de Surrey”, aunque más tarde se comprobó que los detalles que explicaba distaban mucho de la realidad), o en The Moon (que daba cuenta del incendio de los bosques entre Woking y Weybridge, y de la interrupción de algunas comunicaciones con el área por motivos técnicos que se estaban inventando sobre la marcha). En todos los casos, la información era algo parcial y poco serio, lo que únicamente servía para extender aún más el terror en la gente, unido a la sensación no infundada de que el Gobierno nunca se preocupó mucho por defender las Reservas.
El Arzobispo Broome intentó hablar con algunos de sus representantes legales o eclesiásticos que pudieran aclarar la situación, pero no encontró a nadie. La mayoría le daba largas o le remitía a la oficina de al lado, y lo más que pudo saber es que se había interrumpido el Servicio de Teleportación a su paso por Woking, debido a un accidente del que no había muchos datos. Esto a Broome le produjo un enorme desasosiego, por cuanto ya no era sólo que hubieran cortado algunas comunicaciones dispersas, sino que todo el espectro electromagnético se hallaba bloqueado justo en la zona en que habían aterrizado los supuestos visitantes. Las autoridades del Servicio de Transportes corrieron a quitarle importancia al detalle, alegando que todo se debía a una momentánea tormenta eléctrica sobre los cielos de Londres, y que de cualquier modo los viajeros no iban a sufrir consecuencias por esto, ya que los funcionarios de la empresa estaban desviando las líneas de teleportación por Virginia Water o Guildford, en lugar de hacerlos pasar, como siempre, por Woking, e igualmente estaban ocupados en hacer los arreglos necesarios para alterar la ruta de Southampton y Portsmouth, que sirven las líneas de refuerzo para las excursiones del fin de semana.
Exceptuando al Primado de la Iglesia Anglicana, nadie había relacionado con los marcianos la interrupción de las comunicaciones en Surrey. O al menos, nadie quería hablar de esto en público.
Y no pudo saber nada con seguridad hasta que a las diez en punto de la mañana apareció un boletín urgente en The Thames:
« (…) Hace aproximadamente siete minutos, los marcianos salieron del cilindro, y avanzando bajo el amparo de una armadura de escudos metálicos, han destruido por completo la Estación Woking con sus casas adyacentes y a todo un batallón del Regimiento de Cardigan. No se conocen detalles. Las ametralladoras Maxim resultan completamente inútiles contra sus armaduras, y los cañones fueron inutilizados por ellos. Los húsares van hacia Chertsey. Los marcianos parecen avanzar lentamente hacia Chertsey y Windsor. Hay gran ansiedad en West Surrey y se están cavando trincheras y levantando terraplenes para contener su avance hacia Londres.»
Y así fue como a Broome le invadió exactamente el mismo miedo que estaban sufriendo sus parroquianos.
Miró alrededor, y vio cómo poco a poco la tranquila comunidad de Canterbury se estaba viendo transformada por la guerra. Los vehículos antigravitatorios circulaban un poco más deprisa de lo habitual, las tiendas empezaban a cerrarse, los pobres hacían cola frente a las Unidades TARDIS de teleportación con forma de vieja cabina azul de Policía… Los androides vestidos de azul de la Autoridad Policial de Tráfico se veían un poco más apurados que otros días para organizar los satélites que coordinaban la circulación. Las compras por Holo–Red se disparaban, y la mayoría de los Ciudadanos empezaban a acumular en sus fortalezas todo tipo de bienes que pudieran serles necesarios en guerra, y a veces incluso otros bastante más estúpidos, guiados únicamente por el miedo.
El miedo es el peor consejero que tiene el hombre. Le obliga a cometer actos ridículos, que sabe a ciencia cierta que son ridículos, pero de los que no puede escaparse. Y Canterbury, como ejemplo de villa fronteriza a medio camino entre la aldea y el aislacionismo, estaba empezando a hundirse en el caos. Los Salvajes acudían en masa a los corrillos de hombres voladores compartiendo sus mutuas experiencias de terror, o al Consejo Local de las Fuerzas del Orden, o a las puertas de los castillos de los Ciudadanos, como única autoridad que aún quedaba para protegerlos. Los livianos muros de la civilización empezaban a derrumbarse uno tras otro, y para el inevitable desasosiego del Arzobispo, aquello era como una larguísima cadena de fichas de dominó que a estas alturas ya nadie iba a impedir que cayesen.
En Londres sólo vivían Ciudadanos, y sus calles eran una sucesión de baluartes en los que ninguno salía nunca al exterior, y las Calles Elevadas estaban desiertas. Por ese motivo el ataque de los marcianos pareció siempre un cuento de viejas, y ni la más mínima preocupación pudo llegarles.
En Horsell y sus alrededores sólo vivían Salvajes, y las noticias de monstruos viajando por el espacio en cilindros cundieron como una plaga de proporciones bíblicas. Las mujeres se lo contaban a otras mujeres, y éstos a sus maridos aterrorizados, que ya lo habían oído de bocas de los que estuvieron cerca del campo comunal o de los otros lugares de avistamiento de marcianos. Y pronto se organizó un éxodo de pobres aldeanos viajando hacia el sur, de familias enteras que cargaban con sus hijos y sus pocas pertenencias, y buscaban protección bajo las faldas hasta entonces olvidadizas de la Reina. Y rezaban porque esta vez al menos alguien se acordara que también eran ingleses, mientras en sentido contrario se organizaba una larga comitiva de soldados cargando hacia la guerra. Los mejores hombres de la Corona, luciendo orgullosos sus armas y armaduras, al tiempo que a su lado los peregrinos morían de hambre.
Pero en Canterbury la vida era distinta, y a la vez una mezcla de todas. Había Ciudadanos presos de sí mismos, a los que no les importaba un demonio la Nación; había pobres malviviendo en los caminos, alimentándose de grano caído de los teleportadores; había Salvajes huyendo de la muerte, comitivas de miles buscando sustento; había soldados que no miraban atrás, ni a los lados, sino sólo al deber que les amenazaba enfrente; y sobre todo había clase media, la famosa y olvidada clase media, hija de una Revolución Industrial demasiado antigua, demasiado perdida en el tiempo, pero de la que ellos nunca habían salido adelante. Sus vidas eran la pelea del día a día, comerciantes, tenderos, transportistas de toda clase de sustancias, mecánicos, pequeños ladrones, proxenetas y un Arzobispo, imbuidos del mismo pánico a una muerte que ya no conocían. Y no tardarían mucho en asaltar los lujosos castillos, en derribar sus puertas y terminar con sus amos, dominados por un rencor que lastraba muchos siglos. Porque el miedo es el peor consejero que tiene el hombre, y siempre hace brotar lo peor del alma humana. Como cadáveres hinchados que vuelven a la superficie. Como maldad.
Laurel Broome supo enseguida que aquello era un desastre, porque ya había visto a los suyos comportarse de este modo, y siempre fue la antesala del horror. La primera vez tenía veintidós años, y estaba representando “Macbeth 2050” en el National Theatre, justo cuando los nilidios destruyeron la Abadía de Westminster. Era una mañana cálida de marzo, cuando los bombarderos de la Brigada Aérea Sir James Kane dejaron caer sus macabros regalos sobre la más antigua de las iglesias del Reino Unido, y posiblemente del mundo. La matanza fue tan horrible, los muertos fueron tan incontables y el efecto psicológico tan demoledor, que sus consecuencias resultaron justamente las contrarias de lo que se pretendía: en vez de aplastar los movimientos independentistas del joven Príncipe Guillermo de Gales (con la connivencia de las fuerzas más extremistas del país), lo que hizo fue unir a todos los pueblos del Reino Unido bajo un ansia de lucha nunca vista en siglos, y bajo una misma bandera común que podía representar aquello en lo que todos creían. En la vida en paz que se merecían, en la libertad de los conquistadores africanos. Ellos, que habían sido dueños de un Imperio, nunca más estarían a las órdenes de nadie. Y así fue como se organizaron las tropas de soldados británicos, con más voluntarios que nunca en su historia, y sin que importara de dónde provenía cada uno. Según rezaba la letra de una de las canciones de trinchera:


No hay en este lugar escoceses ni irlandeses,
no hay un sastre de Newscatle ni una matrona del Ulster.
Sólo hay valientes soldados a la orden de la Corona.
Soldados de la guerra por la libertad.
Soldados victoriosos y risueños (…).


Y por el mismo motivo, el viejo Rey Jorge VII tuvo que abdicar en la persona de su hijo, porque él a diferencia de Isabel había sido quien aceptó la invasión del Emperador Abdel Haqq, y quien asumió el título de monarca sátrapa del Reino Unido, nunca lo bastante vergonzoso para ellos. Y de este modo el joven revolucionario se convirtió en Guillermo V, Rey de todas las gentes de Gran Bretaña e Irlanda, y por una vez un soberano libre y autosuficiente. Al menos hasta ahora.
Pero Broome no podría olvidarse de aquello, de las monstruosidades que hubo en diez años de conflicto, y de lo que tuvo que ver. De las penurias en las noches de vigilia, acompañado por la única seguridad de sus rifles fotónicos y su hermandad comprometida. Del enfrentamiento con seres genéticos de pesadilla creados tan solo para aterrorizarlos antes de traerles la muerte. De tener que matar o morir, de que asesinar a muchos se considere patriotismo, de que la guerra sea algo tan serio que no se pueda dejar a los militares.
Y cuando volvió a su pueblo, al dulce Swansea al que llamaban “La mejor playa de Gran Bretaña”, y tuvo que explicar lo que había hecho, se juró a sí mismo que todo aquello había sido mentira, que era una fantasía atroz pensada para traumatizarle, y que nunca jamás volvería a empuñar un arma. Se dijo a sí mismo: ¿Cómo es posible que los hombres consientan algo así?”. Y en adelante sólo confió en la opinión de Dios.
Un año después estudió Teología en el Christ´s College de la Universidad de Cambridge, doctorándose en Oxford y siendo ordenado diácono, y sacerdote a continuación. En 2103 fue consagrado Obispo de Monmouth, y en 2115 Arzobispo de Gales, su propio hogar. Durante años escribió numerosos tratados de teología práctica que le convirtieron en una celebridad por todo el Reino Unido, hasta el punto de acudir a cenas benéficas y aparecer con frecuencia en debates holovisados. Su imagen pálida y enjuta, con una frondosa barba totalmente canosa, recorrió los hogares de toda la Nación, llevando su mensaje en favor de un neo–espiritualismo posmoderno que los ricos aceptaban de buen grado. Fundó una Congregación por la Fe Verdadera, cuyos actos públicos recaudaban millones de libras al año en donativos, y en 2120 finalmente le eligieron como centésimo octavo Arzobispo de Canterbury, Primado de Inglaterra y líder espiritual de la Comunión Anglicana. Y ni aún así pudo jamás volver a ser feliz.
Coronó con sus propias manos a la jovencísima Victoria II, de tan solo trece años, como monarca del Reino Unido en el año 2325, tras la abdicación pacífica de Guillermo y su retirada a una suntuosa villa en el Condado de Spencer, de donde provenía su familia. Y apoyó siempre a la muchacha en su progresivo desarrollo al frente del país, en su rápida adquisición de habilidades y en su aprendizaje de los secretos de la vida política. Al fin y al cabo, Broome era un hombre exento de intereses propios, no pertenecía al Partido ni se dedicaba a otra cosa más allá de la fe, y a la niña le hacía falta tener un apoyo absolutamente objetivo que pudiera guiarla a través del mar de tiburones y falsas lealtades que fue siempre Westminster. Algo así como le había ocurrido a la primera Victoria, que subió al Trono con sólo dieciocho años, y a pesar de su juventud lo hizo extremadamente bien con las décadas.
Y ahora por fin el Primado había convertido su vida en un océano de paz, se había retirado de casi todas sus actividades y existía en equilibrio consigo mismo dedicado a cuidar de las fronteras con la Reserva. Justamente ahora, cuando el caos más terrible se cernía sobre su país, y habrían de ser muchos los que perecieran por esta causa.
Muchos años atrás, se había hecho famoso un comentario del Arzobispo que pronunció frente a las cámaras en una entrevista holovisada para la HBBC–1: “El hombre ha viajado por todos los planetas del Sistema Solar, ha dominado el vuelo de los pájaros y ha creado vida nueva… En definitiva, ha roto las barreras que le imponían las leyes naturales. ¿Y qué hay más allá? ¿Qué es lo que se encuentra por detrás de esas barreras? Únicamente Dios. Él es la razón de todas las cosas, y lo que guía al verdadero hombre sabio”.
De modo que en este momento de crisis, Broome fue repitiéndose esta verdad a sí mismo, y como único consuelo rezó en bajo un Padre Nuestro. Pero ni aun así los pensamientos sombríos le dejaban.
“¿Qué significa esto?”, se dijo. “¿Por qué se permiten estas cosas? ¿Qué pecados hemos cometido? ¡Fuego, terremoto, muerte! Todas nuestras obras serán destruidas. La iglesia se vendrá abajo, y este pueblo entero será arrasado hasta sus cimientos”.
Observó la tragedia, las mareas de hombres sin casa que migraban hacia ninguna parte, el dolor marcado a fuego en cicatrices que nunca habrían de sanar. La esperanza en ojos vueltos hacia él.
“¡Esperanza! ¿Cómo pueden tener esperanza? Esto tiene que ser el principio del fin. ¡El fin! ¡El día terrible del Señor ha llegado!”.
Y se imaginó la desgracia, como siete trompetas que acompañaran los desastres del mundo, como si los marcianos vinieran cabalgando sobre cuatro caballos de colores en vez de en trípodes de inmenso poder mecánico, y uno fuera el jinete de la guerra, otro el del hambre, el tercero el de la enfermedad y el último la muerte. Como si lo que en verdad estuviera avanzando desde lo más profundo del corazón de Inglaterra fuera un ángel exterminador enviado a purificarles, a traer el ocaso del mundo.
¿Y bien no era cierto que ellos mismos, tan perfectos, tan avanzados, se habían convertido en la Puta de Babilonia que describiera Juan? ¿No había fornicado su nación con muchos de los reyes del mundo, adornándose con bellas telas y joyas de enorme valor sólo para caer en la blasfemia y las abominaciones, ebrios de la sangre de los santos, de la sangre de los mártires de Jesús? ¿Acaso no eran ellos como esa mujer que llevaba en su frente un nombre escrito: Babilonia la Grande, la madre de las rameras y de las abominaciones de la tierra? ¿Y no merecían el mismo final, ver sus carnes devoradas por aquéllos a los que trataron con dureza, y luego quemados con fuego, porque Dios había puesto en el corazón de los marcianos el ejecutar lo que Él siempre quiso: la extinción del mal y la podredumbre en los humanos?
Fuego. La purificación a través del fuego. Inglaterra consumida por los famosos rayos de calor venidos del espacio, que esquilman una sociedad que se ha degradado a sí misma, hasta el nacimiento de una Nueva Jerusalén que será la madre de todos nosotros, la renovación espiritual, la Ciudad de Dios en la Tierra donde sólo habrá Bien y la Luz del Altísimo. La luz del fuego que limpia.
Y así, en apenas unos minutos, fue como el Arzobispo Broome sopesó los valores cada vez más escasos de su patria, los juzgó con dureza, y supo que iban a ser aniquilados. Que el Dios de los Cielos había sentenciado a sus hijos.
Entonces fue cuando se dio cuenta de que estaba perdiendo la razón.
De que el miedo a contemplar otra vez la guerra era tan inmenso, por mucho que hubiera querido enterrarlo, y echarle encima siglos de olvido y servicio a los otros… que ya no podría soportar nada más. Y la amenaza obvia de los marcianos a lo lejos era realmente como una estampida de ángeles llegando a buscarle. Trayendo la muerte en cuestión de minutos.
Y se mató.
Laurel Broome se colgó de una soga que ató a las vigas del techo de la Catedral, en las primeras horas de aquel Trece de Enero. A sabiendas de que sus vértebras se romperían y el daño no podría ser reparado por la Fórmula Eternidad, pues nadie vendría a cortar la soga si la ocultaba en lo más profundo de la sacristía.
Y de este modo nunca tuvo que contemplar su ciudad pisoteada por los malignos trípodes marcianos, ni a sus vecinos abrasados por los rayos de calor, ni el fuego purificador que tanto ansiaba, porque si tan duramente había juzgado a los suyos, mucho peores eran al fin sus propios pecados: el miedo, el miedo, el miedo.
Un miedo atroz que le llevó en volandas hasta el Cielo.
Y de todo esto fue testigo Michael Hawksmoor.



Un político, un general, un héroe. Un hombre surgido en tiempos de crisis para unir a toda una nación bajo los ideales comunes de la Union Jack, para rebelarse contra aquello que consideraba injusto, y darle al Reino Unido una oportunidad nueva en el Cosmos. El viernes a las 20 horas GMT, no te pierdas la nueva miniserie de la HBBC, o no sabrás de lo que hable todo el mundo al día siguiente: "Commonly", en HBBC–1.



Lo que sucedía era que Deirdre Jones, a pesar de todo lo que tuvo que pasar en su vida, aún conservaba algunos valores morales, y lo que no pudo rebelarse contra el Gobierno, lo pagó en su matrimonio. De modo que cien años y dos hijos después de la ilusión y la esperanza, del traje blanco y la despedida de soltera, se divorció sin más remedio. Lloró, gritó, se insultó a sí misma y al Cielo por permitir su fracaso, pero no le quedó otra que aguantarse. En la retrógrada y ultracatólica sociedad en la que a ella la educaron, una mujer que se divorcia era sin duda una fracasada, igual como esposa que como mujer, y quedaba sin razón alguna en la vida. Y lo malo que tiene la educación que nos inculcan de niños es que, por muy ilógica que nos parezca y por mucho que lleguemos a despreciarla, al final siempre queda algo de ella en nosotros, y terminas pensando igual aunque no quieras.
Por tanto, decidió ignorar lo que opinasen de ella y centrarse a tiempo completo en su trabajo, y eso se acabó notando. El desenlace final en su transformación ocurrió una noche de sábado, cuando torturó a un hombre que sabía que era inocente.
John Drake había servido durante muchos años como espía y agente extranjero al Servicio de Su Majestad. Había desempeñado muchos trabajos desagradables, había hecho cosas de las que no estaba orgulloso, pero que sabía que eran necesarias, y nunca protestó porque era consciente de que nadie podía hacerlo más que él. Descubrió complots ocultos para lanzar bombas nucleares en la capital, se infiltró en estaciones jamaicanas de control remoto de misiles, y desbarató jardines venenosos que estaban costando numerosas vidas en Japón. Todo por la Reina y el Imperio, el auténtico espíritu gentleman pero sin el bombín ni el paraguas. Todo aventura y pasión, cien mujeres al día y disparos surcando su cabeza. Todo sacrificio.
Pero llegó el día en que Drake se hizo demasiado conocido dentro y fuera del país, y sobre todo demasiado imprescindible para los altos cargos del Servicio Secreto, además del hecho de que se enteró de los “experimentos sociales” que su Gobierno estaba llevando a cabo en el Campo de Reagrupación de Larkhill (2), y no le había gustado demasiado, de modo que hubo que matarlo. Total, eran sólo unos pocos estudios sobre hasta dónde llega la lealtad entre amantes bajo tortura, o si se podía someter a unos cuantos prisioneros a técnicas eugenésicas que aumentaran su fuerza y su resistencia al dolor, pero Drake protestó enérgicamente a su superior por considerarlo inhumano, y presentó su inmediata renuncia y jubilación anticipada. Así que ese mismo superior ordenó que silenciaran a Drake. Siempre con honores, por supuesto, una bandera inglesa en su tumba y el Dios salve a la Reina, aunque también fuera inglesa el arma que lo hubiera asesinado. Commonly ensayó un discurso para dar en holovisión cuando fuera encontrado su cadáver, y hasta se compró un traje nuevo para no ir siempre con el mismo a los entierros. Últimamente cada vez había más entierros, y casi siempre de aquéllos que antes habían sido leales al Partido. ¿Quizá porque ya no quedaba vivo ninguno de los opositores?
Pero Dreirdre Jones se negó a que lo mataran. Como buena escritora y antigua pacifista, el asesinato a sangre fría de un hombre inocente le parecía verdaderamente repulsivo, y encima un hombre que sólo sabia defender a su país, y que lo había sacado de muchos problemas en tres siglos.
“¿Por qué hay que matarlo con honores?”, dijo a Commonly. “¿Por qué no mejor retirarlo con honores, y siempre podremos contar de nuevo con él?”.
“No. Drake sabe muchas cosas, y la política es algo demasiado voluble. No podemos confiar en que siga leal al Partido eternamente”.
“En eso es en lo que se equivoca, Líder: Drake no será nunca leal al Partido, pero no nos va a traicionar, porque él es un hombre leal a su Nación, y eso está por encima de todo”.
“No. Me niego a confiar el destino de todo un Gobierno en el patriotismo de un solo hombre. Drake tiene que salir de la circulación”.
“Muy bien, no lo retire, pero tampoco se merece que lo eliminemos. Apártelo del mundo, evite que hable con nadie más, pero trátelo con la dignidad que se merece, y tendrá a un hombre sin sed de venganza”.
“¿Qué está proponiendo, Jones? ¿Alguna especie de cárcel feliz? Ninguna cárcel del mundo puede ser feliz, por definición”.
“Ésta si lo será. Construyamos un lugar donde él y otros puedan vivir plenamente, atendidos como en un hotel de lujo pero sin que puedan dejarlo. Se sentirán bien, porque todas sus necesidades estarán cubiertas, hasta límites que ni ellos mismos imaginen, pero no podrán votar ni volver al Reino Unido. ¿Y qué? La libertad está muy sobrevalorada, Líder, y cuando las cosas se ponen feas es de los primeros lujos que sacrificamos”.
Commonly sonrió. Ya sabía de antemano cómo iba a resultar aquello, pero dejó que su Ministra se ilusionara con la idea de que podía cambiar a los hombres. Al fin y al cabo, la fe es una virtud muy hermosa, un verdadero lujo en esta vida real, y no conviene desperdiciarla cuando existe.
Al día siguiente, John Drake se despertó en una bellísima casita de playa decorada con cientos de colores brillantes, y no recordaba nada de su vida. Ni quién era, ni dónde se encontraba, ni qué había sido su pasado o por qué lo habían llevado a este lugar. El Servicio Secreto había extraído todos sus recuerdos, dejando a cambio sólo el olvido. Era una persona nueva, santa, libre de ruindades y de la maldad del hombre, libre de todos los actos mezquinos que había cometido en más de trescientos años.
Contempló el hermoso amanecer en los tejados arco iris de aquella especie de pueblito marinero, y era como si lo viera por primera vez. No tenía faltas que purgar, ni remordimientos, ni gritos añejos de sus numerosas víctimas oficiales. No tenía odio ni maldad en su corazón, ni una infancia conflictiva que pagar con el dolor de otros, ni un infinito sentido de la Patria que le llevase a realizar los actos más crueles sólo porque se lo ordenaba un Ministro.
Estaba limpio, y justamente por eso era feliz.
En las semanas siguientes compartió con otros hombres como él las hermosas tareas banales de pescar en una diminuta barcaza de color rojo tierra, o de fabricar cerámica ornamental en bellos tonos pastel, o de cocer pan para todos. Eran unas cincuenta o sesenta las personas que convivían con él en aquel lugar remoto, y ninguna tenía nombre por el que llamarle, ni hablaban ningún idioma. Se expresaban únicamente por signos, y más que nada por sentimientos, pues la suya era la política del amor y la generosidad absoluta, de compartir el aire y el alimento como verdaderos hermanos. Había algunos de ellos que eran expertos en la fabricación de chozas en la playa, y se encargaban de modo espontáneo de construirlas para todos. Había algunos que sabían cocinar de maravilla, y asumían automáticamente la labor de la cocina en el grupo. Había curanderos y astrólogos, ganaderos y agricultores, había cazadores de animales salvajes y marinos con años de experiencia, y cada uno reclamaba naturalmente las obligaciones para las que estaba más dotado, siempre con el bienestar del grupo como fin, nunca buscando su propio beneficio. Los que estaban peor parados eran aquéllos que se dedicaban a la escritura, los poetas y los novelistas, los dramaturgos y los profesores, los filósofos, pues en un mundo sin lenguaje ni nombres con que denominar los conceptos, su trabajo entero ya no tenía sentido, y suponían más un lastre para el pueblo que una ventaja. Pero allí todos eran bien recibidos, y aunque no tuvieran mucho que aportar a los demás se les quería igualmente como hermanos, y se les enseñaban cosas útiles como la alfarería o el trenzado de cañas, y se les convertía en individuos productivos por una vez.
Sin embargo, en este paraíso social y humanista, en este pacifismo radical y prehistórico, el hombre que había sido John Drake no estaba a gusto. Él era uno de ésos que no servían para nada en la aldea, pues sus inmensas habilidades para asesinar y torturar a espías enemigos, o para tratar con secretos de Estado que podían desestabilizar la Guerra Fría, se habían convertido en obsoletos allí, y no se sentía realizado. Sus manos eran fuertes, y sus ojos capaces, pero nada conseguía llenar su alma nueva, ni el cargar con grandes troncos de madera para las cabañas ni perseguir animales por el bosque, ni siquiera el amor generoso de aquellas mujeres entregadas al placer, al disfrute colectivo y sin prejuicios. No. Había algo en su pecho que le impedía dormir tranquilo, que le amargaba las mañanas y las tardes y le hacía menospreciar todo lo que allí tenía. Ni la carne de ciervo le satisfacía ya lo más mínimo, ni el vino y la cerveza que con sus propias manos fermentaba, ni los vientres compartidos por todos los hombres del pueblo. Había recuerdos bullendo en su sien, algo creciendo día a día sin que pudiera controlarlo, algo que sabía que sólo podía amargarle el Edén en que vivía, pero que al mismo tiempo ya le estaba atormentando. Había sombras en sus noches, gritos de lamento que no podía acallar, emociones de una intensidad brutal que sabía que eran suyas, y de algún modo deseaba recuperarlas. Caminó y caminó hasta la orilla del mar, hasta que se encontró con la Luna cara a cara.
Y entonces recordó.
La muerte, el horror, los asesinatos a la carta. La tensión, el riesgo, el destino de toda la Humanidad en juego, y su cerebro como único juez del partido. La vida miserable del agente secreto John Drake, de la que por fin había logrado liberarse.
Y entonces, sabiendo que había reclamado de nuevo la terrible losa por la que sufrió durante siglos, la misma por la que habría dado un brazo si hubiera podido librarse entonces, y que ahora había recuperado por gusto... al ser consciente de ello se estremeció como un niño, y rompió a llorar. Cayó al suelo, se estremeció de pavor e ira, y supo que estaba maldito por siempre. Su amarga vida le pasó delante de unos ojos empapados en lágrimas, y gritó a la lluvia y el viento como si pudieran escucharle. Y corrió frenético, y se revolcó en el lodo y la amargura, y se insulto a sí mismo por estúpido. Y al fin, después de horas de chillar su condena por los jardines sin mancha del Edén, sólo pudo frenarle el agotamiento. Y se derrumbó en el suelo exhausto, rebozado en miedo, fango y en sus viejos pecados, y cuando ya no pudo llorar más, finalmente se durmió.
Había vuelto a ser John Drake, y no podía soportarlo.
La mañana vino cálida, aunque nubosa, y por primera vez soplaba un viento tenue en el Paraíso. Se había roto el clima de perfección y unidad del grupo, pues uno de ellos había comido una manzana del árbol prohibido, y había descubierto la verdad. Y se miró a sí mismo, y vio que estaba desnudo.
A su alrededor, un profundo silencio blanco le inundaba, en un salón blanco sobre un lecho blanco de seda y raso, envuelto en un aire blanco y purísimo que le saturaba el pecho al respirar. No había ventanas ni puertas por donde salir, pero tampoco por donde nadie pudiera entrar a buscarle. Y sin embargo había una luz brillante que no podía saber de dónde provenía, una luz blanca que lo inundaba todo, como si aún intentaran limpiar sus pecados una última vez, sin conseguirlo. Y entonces se dio cuenta de que no estaba solo. Junto a él, sentado en una silla blanca y vestido por entero de un blanco impoluto, había un hombre de edad avanzada, un ser fornido de pelo canoso que lo observaba con ojos inexpresivos de un gris palidísimo. Un viejo cazador al que Drake no impresionaba en absoluto. El espía se giró hacia él asustado, y por primera vez desde que llegara a aquel sitio su garganta emitió sonidos coherentes, y por primera vez escuchó que alguien le hablase.
–¿Dónde estoy?
–En la Villa. Es todo lo que necesita saber.
–¿Quién es usted?
–Soy el Número Dos.
–¿Y quién es el Número Uno?
–Usted es el Número Seis.
–¿Por qué me trajeron? ¿Qué era lo que buscaban de mí?
–Buscábamos sus recuerdos, y le entregamos a cambio el sueño de su vida. Debió usted quedarse con el mundo perfecto que le consiguió la hipnosis.
–¿Perfecto?
Y le invadió la ira. Salto del lecho como un animal furioso, lanzando por delante sus garras como si fueran las de un lobo al ataque, y rugió. Y aquel sonido fue tan horrendo que hasta él mismo se estremeció al oírlo, como si sólo entonces comprendiera que le habían arrebatado la cordura. Ya no era Drake el espía, ya no era un hombre siquiera. Era un borrón, un concepto primario y brutal, un monstruo. Pero un monstruo al que nadie en todo el Universo podría pararle los pies. Cayó sobre él como si fuera sólo un fardo con el que jugar, y por un instante vio el pavor en los ojos de su carcelero. Y eso acrecentó su furia como si lanzaran gasolina sobre una fogata. Lo agarró entre sus dedos clavando las uñas en la carne aún firme del anciano, le mordió como si pudiera arrancarle la garganta de una sola dentellada, y se bañó en su sangre. Drake, que conocía mil formas de asesinar a un hombre con sus manos, esta vez se había convertido en un animal sin sentido, en una bestia salvaje del bosque todo colmillos y garras, y lo asesinó por gusto. Cuando lo llevaron por la fuerza dos gigantescos soldados de uniforme blanco sin insignias, tenía las fauces hundidas entre los intestinos del viejo, con todas las facciones rojas y la expresión de un demente. Y una vez más ya no podía articular palabra.
–¡Sujetadlo!
–¡Es una maldita fiera!
Y volvió a caer en un profundo sopor, dulce y carente del odio. Y lo último que vio fue una inmensa mancha roja como un mar, espeso y maligno, que iba rápidamente cubriendo el suelo de la estancia. Que nunca jamás podría volver a ser blanco.


Al día siguiente, la mañana volvió a nacer turbia. Los vientos del este traían nubes tupidas llenas de agua, y los habitantes de la Villa temieron que empezara a diluviar. De algún modo sabían lo que era aquello, a través de la cortina de niebla que eran sus memorias, y no les gustaba. Su vida era demasiado perfecta como para contemplar aquello. A excepción de aquel ser extraño que no quería ser alfarero, el resto amaba y sentía como propia aquella vida ermitaña, y no les agradaba demasiado la tormenta. ¿Por qué estaría a punto de llover? ¿Qué lo podía haber provocado?
Cuando el hombre que había vuelto a no ser John Drake despertó, el mundo le pareció mucho más claro. Ya no sentía la ira roja, ni deseaba la muerte de todos ellos. Había aceptado nuevamente quién era, porque no le quedaba más remedio, y lo único en que pensaba era escapar. Le habían atrapado allí sin preguntarle, le habían hecho olvidar todo cuanto era como si no valiese nada, y le habían forzado a una vida estúpida de troglodita para siempre. Sin opciones, sin que pudiera decir nada al respecto.
Curioso. Al principio no quería ser John Drake, luego su deseo le fue concedido, y entonces luchó como un jabato por recuperar su memoria, hasta que tuvo que arrepentirse de haberlo hecho. Y ahora en cambio se sentía orgulloso de John Drake, y buscaba parecerse lo más mínimo a aquel hombre que había sido alguna vez. Curioso lo que hace la mente humana, el modo que tiene de conformarnos, para que siempre estemos felices, aunque sea mentira.
Despertó, y vio que estaba nuevamente en la habitación blanca, sobre el lecho blanco de sabanas blancas de seda y raso, y había un nuevo anciano junto a él. De nuevo un hombre extraño de rasgos indeterminados, con una expresión plácida aunque cruel. Y otra vez se repitió el mismo dialogo, como si su medio de comunicarse fuera únicamente esa extraña cantinela.
–¿Dónde estoy?
–En la Villa. Es todo lo que necesita saber.
–¿Qué quieren de mí?
–Información. Queremos todos sus recuerdos.
–¿De qué lado están?
–Eso no puedo decírselo. Queremos lo que usted sabe.
–No lo tendrán.
–De algún modo, lo obtendremos.
–¿Quién es usted?
–El nuevo Número Dos.
–¿Y quién es el Número Uno?
–Usted es el Número Seis.
–No soy un número. ¡Soy un hombre libre!
Y así el mundo se fue escurriendo durante días y días, durante semanas y meses, con un Drake acorralado que hacía uso de todo su ingenio para escapar de allí, y una sucesión incontrolada de Números Doses, de cargos que se sustituían uno tras otro con cada fracaso inevitable en retenerlo. El Paraíso se había convertido en lo que realmente fue desde el principio: una prisión con servicio de habitaciones y vistas al mar.
Y así llegó lo que tenía que llegar inevitablemente: hubo un día en que la voluntad sin límites del agente secreto fue más poderosa que las cien mil formas de custodiarlo, y consiguió fugarse. Y entonces descubrió lo que siempre había sabido, en lo más profundo de su mente torturada: que el Numero Uno era la Ministra Deirdre Jones, creadora de la Villa y responsable última de su fracaso.
Una crueldad semejante sólo podía haberla inventado una mujer.
–Supuse que eras tú. Commonly suele premiar a sus amantes con buenos cargos de responsabilidad, aunque no sepan ni un pijo del Gobierno.
–No lo hizo por eso. Yo di la idea de encerrarte en este lugar. El quería sólo acabar contigo.
–Y tú preferiste torturarme durante meses para ver cómo reaccionaba. Un ratón buscando la salida de un laberinto. Genial. Ya había visto muchas de estas cosas con lo que hicieron en Larkhill, pero nunca pensé que iban a repetirlo conmigo. ¿Es que ya no hay ninguna lealtad en este país?
–No cuando temen que vendas tus secretos oficiales.
–A estas alturas, ni siquiera me conocen. ¿Y usted, señora Ministra? ¿Ha llegado a conocerme? ¿Qué es lo que ha aprendido de su maldito experimento?
–Que a veces la primera idea es la mejor.
Sacó una diminuta pistola táser de sus ropas, y disparó tres veces a la cabeza del espía. Y el experimento terminó de un modo abrupto, y la Villa nunca volvió a ser la misma después del asesinato de John Drake. El Paraíso era mentira, el árbol de la ciencia resultó peor que la muerte, las baldosas estaban sucias de un rojo pringoso.
La vida siguió como hasta entonces sin que nadie se preguntara qué estaban limpiando.


–¿Por qué ha fracasado? –preguntaba Deirdre Jones en el Consejo de Ministros–. No puedo entenderlo. Le dimos todo lo que había sido su sueño, el sueño de cualquier hombre a lo largo de la Historia: el olvido, la paz interior, la tranquilidad del alma. Y sin embargo se rebeló contra nosotros hasta recuperar la memoria, y entonces hubo que matarlo. No puedo entender lo que ha pasado.
–Porque aún no conoces la naturaleza humana, mi querida Deirdre –dijo Commonly, con la indiferencia del maestro que ha repetido muchas veces la misma clase–. Manejas bien a los niños, pero cuando se vuelven adultos les cambia el carácter, y necesitan cierto grado de insatisfacción. Si tú les das todo lo que quieren, si cumples sus deseos y les haces felices por siempre, se rebelarán contra ti pidiendo algo de infelicidad. Y si todo en su vida es infelicidad, se rebelarán exigiendo derechos. El arte de gobernar es saber jugar entre ambas cosas, y tener a nuestros súbditos “moderadamente contentos”. Si no, tendremos que acabar por matarlos a todos, ¿no?
–Pero... creí que podría con él.
–Drake era un espíritu libre, siempre costó mucho manejarlo, incluso cuando hacía su trabajo. Al menos lo has solucionado por ti misma, y has enmendado tu error. ¿Cómo te sientes con eso, Deirdre?
–Frustrada. Ha sido un desastre para mí, y asumo toda la culpa.
–Pero... ha sido la primera vez que matas a un hombre. ¿Eso no te importa?
–Lo que me importa es haber fallado, porque yo creía en lo que estaba haciendo, y sé que era lo correcto. Lo demás son sólo efectos secundarios. Yo le di la oportunidad de vivir, pero no la quiso. ¿Qué otra opción me quedaba que matarlo?
–Bien. Bien, bien.
Y Roger Commonly volvió a sonreír en sus adentros, porque el experimento había funcionado como debía. Porque la Villa no había sido creada para manipular a John Drake ni a los otros, que al fin y al cabo tenían que matarlos de igual forma, sino a la propia Deirdre Jones, que habría de ser mucho más valiosa para su Gobierno. Perdieron a un espía venido a menos y unos cuantos millones de libras, pero a cambio ganaron una Vice–Primera Ministra convencida, y una firme defensora del Partido.
Un éxito completo.
Y se cuenta que mucho tiempo después, cuando cayó la civilización y todo fue un mal recuerdo, incluyendo el Trono del Reino Unido, el Frente Nacional y el Himno, los únicos hombres que perduraron fueron los de una diminuta aldea en la costa, donde nadie recordaba quién era ni tenía posesiones, donde todos trabajaban por el bien común sin necesidad de decirse ni una sola palabra. Y a su ritmo, con sólo el amor mutuo y la generosidad, en apenas unos siglos repoblaron la Tierra.
Y entonces sí que fue realmente el Paraíso.


Sinceramente, Margaret, yo creo que una de las cosas que más daño han hecho a este país es el famoso Tratado de las Malvinas, por el que instauramos el libre comercio con las entonces naciones independientes del cono sur americano, ahora Nación de América. Y creo que nos ha hecho muchísimo daño porque, queramos o no, eso nos ha posicionado en un bando muy concreto en este enfrentamiento social y económico que los periódicos llaman la Segunda Guerra Fría. Todos los expertos en geopolítica sitúan al Reino Unido claramente en la esfera de influencia de la Administración americana, e incluso se han oído algunos chistes de si nuestro Primer Ministro Commonly ha enseñado al Presidente Colón a tomar el té a las cinco, o es más bien Colón quien ha enseñado a Commonly a beber mate. Y dime: ¿Realmente nos interesa que se nos relacione con ellos, o tal vez deberíamos reanudar los viejos lazos con Europa, ahora Imperio de Nilidia? Ya sé que estos pensamientos son mal vistos en la mayoría de foros en los que participo, y a mí y a otros que piensan como yo se nos llama “nilidistas”, con un tono claramente despectivo que creo que no nos merecemos. Hay que admitir que nuestra economía ya no es tan floreciente como llegó a ser, y que tal vez necesitemos de algún balón de oxigeno con el que ahora mismo no contamos. El Partido cree que ese oxigeno nos vendrá de América, pero lo cierto es que hoy por hoy la economía más boyante es la nilidia, y eso no tiene aspecto de cambiar. Yo lo único que digo es que quizá deberíamos olvidarnos de ese falso orgullo de soldados que no nos da de comer, y empezar a trabajar de verdad por la gente. Ya sé que hay muchos viejos prejuicios a los que enfrentarse, como es el aislacionismo, el rechazo a las ideas “continentales” y los recuerdos de la triste Guerra de Liberación... Pero también creo que hoy en día somos mucho más avanzados que entonces, y que podríamos establecer unos contactos mucho más civilizados con Nilidia, sin esa dinámica de conquistadores y sometidos que nos gusta tanto. El Imperio Británico está muerto, Margaret, y no podemos vivir de sus rescoldos. ¿O acaso América no fue también una colonia nuestra, y no tenemos con ella una dinámica parecida?



Y de todos estos hechos fue testigo Michael Hawksmoor, desde la inmutable soledad de su castillo. Igual de la caída en la Tierra de los diez objetos marcianos pilotados por otros tantos seres cefalópodos, como de su conversión en gigantescos trípodes homicidas, y de la campaña de matanza global que llevaron a cabo desde el corazón de Inglaterra. Del asesinato del profesor Owen Richards y sus hombres, del sacrificio de sir Roger Mellington y los Dragones de Westminster, y de la pérdida de fe del Arzobispo Broome justo antes de quitarse la vida. Igual que del progresivo descenso de Deirdre Jones hacia las profundidades más oscuras del infierno. La vio asumir las ideas del Frente Nacional como si lo hubiera fundado ella misma, guiar sus Ministerios de manera convencida, vender su cuerpo y asesinar a inocentes, y supo que no podría hacer nada por evitarlo. Igual que supo que el Reino Unido estaba perdido en la invasión.
Por tanto, disolvió entre sus manos las imágenes de la Iglesia de St. George y Kensington Palace, y llamó al único hombre que estaba en posición de ayudarle.
–Soy sir Michael Hawksmoor, Conde de Hawksmoor y de todas las áreas adscritas. Deseo hablar con Murlhan Khan, Señor de Júpiter, Patriarca de la Hermandad Tzin.
–Yo soy Mürlhan Khan, y si me conocieras lo más mínimo, inglés, sabrías que huyo de los títulos. ¿Por qué me reclamas? Hace años que no nos vemos, ni queremos saber el uno del otro.
–Desde que tu grupo vivía en Inglaterra y mantenía fuertes lazos con la aristocracia, entre ellos conmigo mismo. Recuerdo que compartimos gratos momentos en los campos de Surrey, los que ahora están atacando tus fuerzas. ¿Es que ya no te acuerdas de eso?
–Me acuerdo, por desgracia, aunque he intentado con todas mis fuerzas que no fuera así. Tenían que inventar los científicos algún modo de seleccionar los recuerdos que tengamos, en vez de pensar sólo en prolongarnos la vida. Si eso fuera posible, ten por seguro que mis años en Inglaterra los olvidaría antes que nada.
–Eres cruel con nosotros.
–Únicamente lo que os merecéis. La famosa cultura occidental no es más que una burla, y en vez de querer integraros con los pueblos más jóvenes y puros, os obcecáis en la vieja política de la Reina y el Imperio. ¡Hasta pretendéis resucitar la Commonwealth! Sois patéticos.
–¿Y qué nos recomiendas? ¿Dejarnos conquistar, como hicieron los europeos? Somos el único pueblo que ha mantenido su independencia incluso en las épocas más oscuras, y tenemos la democracia constitucional más antigua del mundo.
–No me hagas reír, Hawksmoor. ¿Una democracia de un solo partido? A eso yo lo llamo propaganda.
–Votamos a las personas, no a los cargos. Es la democracia más pura que existe, y con la que mejor garantizas la autonomía del poder.
–Hawksmoor... Tu democracia se está acabando. ¿Para qué me has llamado?
–Para que hagas algo por evitarlo. Sé que esto es cosa de Pagliani, pero tú también tendrás que opinar. ¿Por qué atacáis al Reino Unido? Vuestro enemigo de siempre es Nilidia, y secundariamente las Naciones Unidas, por dejarse manipular y no hacer nada. ¿Pero nosotros? A duras penas vivimos bajo la sombra de Abdel Haqq, y bastante nos cuesta.
–Yo no elijo los blancos, estoy aquí sólo porque debo.
–¿Solo para recoger cadáveres? ¿O para evangelizar a los que sobrevivan?
–¿Te atreves a burlarte de mí? No es una actitud muy inteligente.
–Debe haber algo que tú puedas hacer. O que quieras hacer. ¿Es que no va a recibir ayuda el hijo de la viuda?
Y así con esta frase terminó todo.
Terminó la resistencia de Khan a salvar a aquel holoandroide, su odio acérrimo a la Inglaterra sectaria en que vivió, y este dialogo. Terminó el enfrentamiento de los pueblos antiguos y nuevos, y la soberbia de sir Michael Hawksmoor, que pensó que era rey de un pequeño territorio inexpugnable y se permitió el lujo de utilizar a Adan Brahe para sus fines. Al final, él también había hecho uso de los privilegios perdidos tantos siglos atrás, porque no le quedaba otra salida. Pero a diferencia de Brahe, él no lo había hecho por salvar a toda la Humanidad, sino sólo su propio cuello cibernético. Y siempre tendría que vivir con ello.
–Hacía mucho tiempo que nadie pronunciaba esas palabras ante mí, y mucho más que los Tzin no guardan lazos con los viejos masones británicos. ¿Por qué piensas que te van a servir de ayuda, inglés?
–Sabes que sí. La devoción a lo que somos es muy fuerte, y ni siquiera tú podrás negarte.
–¿Y solamente por eso ya tengo que dar refugio a todos los masones de la Tierra? No me quedaría espacio en todo Júpiter.
–Bueno... Yo no te estoy hablando de los masones de la Tierra, sino de mí. Fuimos amigos una vez, y compartimos los mismos ideales. Si tú no puedes detener la invasión marciana, al menos esperaba que me echaras una mano a mí en concreto.
–¡Ja, ja, ja! ¡Tienes valor, eso lo admito! ¡Te da igual lo que sea de los masones de la Tierra! Muy bien, te has ganado que te ayude. En un minuto serás transportado a mi ciudad... con tu mujer.
–¿Mi... mujer?
–Sí, tu mujer. La bellísima escritora Deirdre Jones. ¿Es que ya no sabes nada de ella?
–Por las noticias, igual que tú.
–Entonces será mejor que sólo te transporte a ti. Parece que ella ha desarrollado... un mayor afecto por el Partido que el que tienes tú.
–Justamente. Esperaré tus códigos de teleportación, entonces.
Y no se volvieron a hablar nunca, ni siquiera al compartir mesa y salón en las fiestas de Júpiter. Cada uno cumplió con lo que se esperaba de él, con sus remotos lazos de sangre o con la supervivencia. Y luego no mantuvieron ninguna clase de relación, ni buena ni mala, ni amigos ni hermanos ni masones. Tan solo se cruzaron un par de veces en los años turbulentos que siguieron, y finalmente el virtuoso Caballero de la Reina acabó convertido en poco más que el decorado de fondo de los Tzin.
Pero vivo, como a él le interesaba.
Porque en momentos en que la vida vale tanto como el polvo, es cuando de verdad se sabe quién es cada uno: Owen Richards murió intentando salvar a los inocentes, sir Roger Mellington queriendo terminar con el enemigo, Laurel Broome prefirió la ignorancia al dolor, y Michael Hawsmoor tomó la salida más fácil. La que le llevaría al otro extremo del Universo, lejos de su esposa y de la vida en Northumbria… que había muerto en sus manos tantos siglos atrás.



–Y díganos, señor Primer Ministro, para finalizar esta entrevista, la pregunta clásica que le hacemos a todo el que pasa por nuestro estudio: ¿Cuál cree que ha sido a su juicio el hecho más destacado en la crónica social en nuestro país en los últimos cien años?
–Bueno, Ralph, sabes que no soy un experto en esas cuestiones, pero sí hay desde luego algunos momentos que todos recordamos, como puede ser la boda de la Reina Victoria, o el nacimiento de su hija (con ese detalle tan bonito que tuvo hacia su padre a la hora de bautizarla), o la traición del escritor de novelas de espionaje John Drake, que motivó su ajusticiamiento público... Pero desde luego algo que siempre me ha causado una grandísima pena cuando veo noticiarios antiguos fue el divorcio de Deirdre Jones y Michael Hawksmoor. Quiero decir, eran la pareja ideal en todos los sentidos, el primer matrimonio de la Historia entre una humana y un holoandroide (si obviamos a esos degenerados nilidios que se casan con perros y caballos, por supuesto). Yo creo que todo el Reino Unido deseábamos que aquello saliera bien, y todos lloramos cuando anunciaron que se separaban.
–¿Y por qué cree que fue aquella ruptura? Hemos oído toda clase de teorías, y ninguna demasiado especifica.
–Bueno, Ralph, no creo que sea yo quién para opinar sobre el matrimonio de nadie, y menos una colega del Gobierno. Lo que sí te puedo decir es que Deirdre Jones es una de las mujeres más entregadas a la causa que conozco, y que eso destroza cualquier intento de pareja. Gobernar es un arte sacrificado, en que el líder resulta el sirviente de todos, y todo nuestro trabajo es por el bien común. Deirdre ha realizado una labor excepcional en la Secretaría de Estado de Educación y Ciencia, y temo que eso pueda haber dañado sin remedio su estabilidad familiar. Yo mismo tengo que admitir, como he hecho otras veces, que la señora Commonly y yo hemos pasado épocas mejores y peores, y reconozco que es una mujer increíble por aceptar lo más duro de la vida de Estado. En el fondo los políticos también somos humanos, Ralph, y llevamos lo mejor que podemos todas las penurias que conlleva el cargo.



La despertaron cuando aún era muy temprano, y las nieblas del Támesis esparcían una humedad gélida por un Londres donde nadie salía nunca a la calle. No más gélida que su lecho. Los holoandroides no son una presencia muy ardiente en la cama, su fuerte siempre había sido la empatía y el afecto, pero la verdad es que a veces echaba de menos a Michael… Su risa, su comprensión… Y también aquellos cuerpos sin mente que habitaba en las noches de ardor, cuando a ella no le bastaba con reír sus chistes de europeos, ni la compañía de sus preciosos hijos–probeta. Cuando deseaba amarlo en verdad. Pero ahora todo eso estaba lejos, siglos atrás y un poco de transfuguismo velado, que ni él ni nadie en el independentismo irlandés había entendido. Sus hijos estudiaban en el conjunto de ciudades voladoras que habían denominado “El Collar de Diamantes”, ocultas del resto del Cosmos entre Marte y Júpiter, y donde se habían hecho hombres sin que ella pudiera evitarlo.
De modo que cuando sonó el dulce timbre de la llamada holofónica, el lecho de Deirdre Jones estaba mortalmente vacío, igual que su casa, y su alma.
Y cuando respondió, lo hizo con el chip automático de la dirigente política, no la esposa, ni la madre, ni la mujer de bien que fue una vez.
–¿Qué ocurre?
–Señora, hay una crisis de primer orden. Una invasión militar del Ejército Marciano. Han destruido las Reservas Salvajes del Condado de Surrey, y ahora mismo se mueven hacia el sur. Lo único es buscan es provocar una masacre.
–Envíame las imágenes.
–No hace falta. Puede verlo usted misma con sólo poner la HBBC–1. La invasión está en máxima audiencia.
Y así fue como lo descubrió todo.
Descubrió la llegada de los marcianos a través de las defensas de Kingston y Richmond, y la subsiguiente batalla en el Támesis donde los marcianos volvieron a emplear el terrible humo negro que ya había costado la vida a muchos valientes soldados. Y la imagen en la holo–pantalla era como la de un gigantesco mar de tinta donde no podría vivir una sola criatura, y por el que caminaban cientos de gigantes de metal lanzando hacia todos lados chorros de vapor para limpiar el terreno. Distinguió el avance de la Marina Real a través del río para proteger los edificios, y las honrosas naves de la RAF lanzándose al ataque con gallardía, pero todo fue inútil, pues tanto los campos de fuerza de las criaturas como sus mortales armas ofensivas estaban muy por encima de lo que ellos habían visto nunca. Marte llevaba siglos diseñando hombres e ingenios de destrucción masiva, y lo había hecho tan bien y había llenado hasta tal punto sus hangares que no le había quedado más remedio que emplearlos contra la Tierra.
Y detrás llegaban otras tropas famosas en los medios, como el Servicio Especial Aéreo y el Regimiento de Paracaidistas, la fragata espacial HMS Surprise y el Batallón Snitch Dorada. Pero ningún efectivo de las Fuerzas Armadas de Su Majestad fue nunca tan popular como las Tres Damas de la Reina, el trío de mujeres–diosas encargadas de proteger sus fronteras, aquéllas a las que se había concedido el uso de los míticos Anillos Prometeicos de la ONU (3) entre los muchos millones de habitantes del Reino Unido, y cuya imagen era símbolo de orgullo para todos. En primer lugar avanzaba la poderosa Britannia, representante de los más nobles valores del Imperio, vestida como siempre con larga túnica roja y yelmo, un alto escudo en su mano izquierda mostrando bien visible la Union Jack, y en la derecha un tridente. Su porte era altanero y feliz, llevando en su pecho la furia de proteger a los suyos frente al invasor extranjero, y el honor que se le había depositado, acompañada siempre por su fiel León Británico. Un paso más atrás se hallaba su propia hermana, la jovencísima y vulnerable Hibernia, la personificación de Irlanda, cuyo valor también se contaba a los niños pese a que su poder era claramente inferior. Y al lado de ésta, la dura e invencible Zealandia, Hija de Britannia e Hija de Nueva Zelanda, que portaba en su mano la antiquísima bandera formada por la Enseña Azul del Reino Unido y cuatro estrellas representando la Cruz del Sur. Éstas eran las mayores defensas con que había contado siempre esta patria, empleando con caballerosidad el inmenso poder que les otorgó la ciencia, y nunca en su larga vida de siglos habían sufrido una derrota. Pero no eran las únicas. A su paso, miles eran los voluntarios que se sumaban convencidos a la guerra, soldados de muchas nacionalidades imbuidos del patriotismo y sacrificio que vivían en las Tres Damas. En algunos casos eran también humanos excepcionales, entrenados y dotados de habilidades fuera de lo común, como así era en el caso del hombre de mediana edad llamado John Bull, que era el alma de Inglaterra, o la Dama Gales que iba al frente de los suyos, o el Triunvirato de Diosas de Irlanda formado por Ériu, Banba y Fódla, o la viejísima Kathleen Ni Houlihan, que encarnaba en su efigie de Pobre Mujer Anciana todos los profundos valores del independentismo irlandés. Y miles, miles de hombres más que no eran conocidos, pero que deseaban aportar su entrega y su generoso sacrificio a una tierra por la que sentían infinito amor.
Y todos entonaban “Rule Britannia”, la antiquísima canción patriótica que había llegado a ser con el tiempo un verdadero himno de las Fuerzas Armadas:


When Britain first, at Heaven's command
Arose from out the azure main;
This was the charter of the land,
And guardian angels sang this strain:
"Rule, Britannia! Rule the waves:
"Britons never will be slaves."


Y por primera vez en muchos siglos podían cantarla abiertamente en inglés, el idioma de sus padres y de sus ideas, el idioma en que soñaban, y que desde la conquista por parte de Nilidia había sido proscrito. Por primera vez eran libres y autosuficientes, por primera vez podían declararse abiertamente Hijos de la Reina, y no tener que disculparse por ello.
Sin embargo, nada de esto era suficiente en la guerra, ni el coraje, ni el patriotismo, ni la justicia divina de siglos de antigüedad. Porque los marcianos estaban preparados para todo eso, e incluso para el poder de los Anillos Prometeicos y de las Damas de la Reina, para cualquier defensa que el Reino Unido les pudiera plantear.
Los vieron venir, fijaron su blanco en las pantallas holográficas de sus cabinas, y con hierática frialdad detonaron a su paso una bomba nuclear de un megatón.
Una bomba nuclear en el Támesis.
Las figuras de Britannia, Hibernia y Zealandia fueron despedidas en una nube de fuego y truenos, sus huesos hechos pedazos, su piel calcinada. El poder que había sido suyo les abandonó tan deprisa como la explosión generó a su alrededor una onda de radiación gamma, ionizando cuanto aparato había en el área. Un ataque de pulso electromagnético. La Bomba del Arco Iris, que se llamaba antiguamente. La forma más rápida de inutilizar a todo un país, e incluso un continente, por medio de la destrucción instantánea de cualquier forma de tecnología, inutilizada en segundos por oleadas gamma de altísima potencia.
La ciudad quedó en un silencio absoluto. Las comunicaciones murieron, los transportes se hicieron ruinas, los edificios cayeron uno tras otro como gigantescas piezas de dominó. El caos fue el único pago de aquellos hombres buenos, que murieron en segundos sin saber por qué. Jon Bull fue aniquilado. La Dama Gales se redujo a polvo oscuro. De Ériu, Banba y Fódla no quedó absolutamente nada.
Pero no sólo las personas murieron aquel día. Más importante aún, murió su sueño. El Imperio Británico, el Estado, la devoción por un Gobierno que se escondía tras parapetos plomados. Las tropas eran juguetes desperdigados sobre el Támesis, la unidad y el sacrificio del soldado pavimentaban Old Bailey. Al final resultó que valía más la crueldad en la batalla, de lo que eran auténticos maestros los marcianos.
La mítica gallardía británica valió tanto a la postre como ruinas castigadas por cenizas radiactivas, como víctimas que corren sin lugar donde esconderse. Desde este día, Marte había conseguido algo que nunca soñaron los británicos. Habían instaurado un arma que jamás el Reino Unido podría superar: el miedo. La muerte. El conocimiento de su propia debilidad. En adelante cualquier batalla recordaría a ésta, y el fantasma del Campo de Horsell flotaría durante siglos sobre sus cabezas. La derrota en el Támesis, la destrucción de Londres por el fuego nuclear.
Y la incapacidad de sus propios gobernantes, los que se pretendían invencibles, para responder a una crisis que costó millones de vidas.



Deirdre Jones se quedó sin holovisión al mismo tiempo que el resto de su país, y le invadió un miedo frío y penetrante. Estaba aislada. Por primera vez en siglos no podía saber lo que ocurría fuera de su casa, en su barrio, en la misma puerta de su edificio. No tenía comunicación alguna con el exterior, y sus sentidos no llegaban más lejos de lo que le transmitían sus ojos y oídos. Y se acordó de algo que leyó una vez. Se llamaba Síndrome de Encarcelamiento, un tipo de lesión cerebral en la que el enfermo está vivo y consciente, pero no puede moverse ni comunicarse con otros de ninguna forma, e incluso a veces ni siquiera le llega información de sus sentidos. Es la forma más horrenda de prisión que puede haber, ya que el hombre está cautivo de su propio cuerpo y no tiene forma de hacerlo trabajar.
Y de algún modo Deirdre Jones fue consciente de que Londres entero estaba sufriendo un síndrome de encarcelamiento colectivo, y eso le hizo estremecerse como nunca.
Por primera vez en años miró por una ventana, y el espectáculo que se mostró a sus ojos era demasiado atroz para creérselo. El fuego atómico nadaba entre los colosales bloques de edificios, el aire era a la vez radiactivo y flamígero, los edificios eran hojas movidas por el viento. Las aeropistas recorridas por cientos de vehículos antigravitatorios se convertían en lenguas de sangre. Las torres se deshacían en granos de arena y cuerpos. Lugares emblemáticos como el Tower Bridge o St. Paul´s Cathedral quedaron reducidos a escombros en sólo minutos, y la tristemente famosa Abadía de Westminster se derrumbó sobre su propio claustro. Otra vez.
Por lo menos ahora Laurel Broome no tuvo que contemplarlo.
Y fue entonces cuando Jones se alegró de haberse mudado a las Casas del Parlamento tras el divorcio. Al menos podría seguir viva después de aquello.
Pero eso no iba a ser bueno para su país. La Capital estaba siendo atacada por trípodes marcianos, y los mayores órganos de decisión del Gobierno iban a morir entonces. El Ejército estaba destruido, no habría jueces, ni Ministerios, quizá hasta la Reina hubiera muerto ya. Había que actuar deprisa, y salvar lo poco que quedaba del Reino Unido. Por mucho que le aterrorizara salir de allí.
Síndrome de encarcelamiento. Como un niño que sólo quiere meterse debajo de la cama y que todo pase. Lamentablemente iba a tener que salvar el día.
De modo que, por mucho que le costase, abrió la puerta de roble que era el límite de su apartamento, la frontera de su pequeño reino autosuficiente donde sólo vivía ella, y salió al exterior. Respiró hondo, y vio lo que había detrás de las jambas que habían sido sus barrotes durante años: un pasillo. Un pasillo blanco y aséptico, de paredes metálicas sin decoración, algo muy diferente al clásico estilo victoriano de los edificios del Gobierno, todo cuadros de la campiña y moqueta. Todo barandillas de bronce y conservadurismo. No, esto era algo muy distinto, algo más… más…
Y entonces fue cuando se estremeció de verdad.
Aquello era idéntico a la Villa donde habían encerrado a John Drake, la Villa que Deirdre Jones había creado como un experimento psicológico para domarlo, para romper la voluntad de un hombre irrompible. Un experimento. Así que todo había sido un experimento. La Villa, su divorcio, los ideales de su criada–robot, el sexo obligado… ¿su novela? Tal vez incluso todo lo demás. El suicidio del Arzobispo Broome, el sacrificio de los Dragones de Westminster, el equipo que bajó a investigar el hoyo, y posiblemente la misma invasión marciana. Todo. Todo era un experimento psicológico. Las series de holovisión con mensajes educativos, el neofeudalismo, la política del bienestar que se convertía en dictadura del bienestar. Dictadura. Experimento. Britannia, Heroína del Pueblo. Diana, hija de la Reina Victoria II, Princesa del Pueblo. Pueblo. Sometidos a una dictadura inamovible, refrendada por votación popular. Ingleses, galeses, escoceses… Irlanda. Irlanda. Ella fue una gran activista por los derechos de autodeterminación, y ahora se había convertido en la Puta del Régimen.
En la Puta de Babilonia, que había dicho Laurel Broome.
Siempre hay una puta que provoca una guerra. Las guerras son los acuerdos comerciales de las putas. Troya fue aniquilada por una puta, y ahora a Londres le había sucedido lo mismo. Con la única diferencia… de que en vez de caballos de madera, ahora eran trípodes marcianos, y rayos de calor, y humo negro, y bombas nucleares en el Támesis.
Pero la muerte, tantos siglos después, había sido la misma.
Exactamente la misma.



Abrió la puerta blanca sin señales que estaba convencida de que le pertenecía a él, y allí lo encontró, en la misma posición exacta en que se lo había imaginado. Sentado en un trono de madera. Silencioso. Observando el lugar por el que sabía que iba a entrar ella. Y con una media sonrisa burlona de quien ha conseguido que todos sus planes se cumplan. Por algo había sido siempre el Líder.
Y Deirdre Jones no pudo evitar reírse también.
–De modo que al final lo has hecho.
–Bueno, ha sido más fácil de lo que pensé al principio. Tú me has servido bien.
–He sido una estúpida.
–No más que otros. El tapiz era demasiado grande para poder verlo entero. Sólo yo podía adivinar su grandeza, porque yo fui quien lo diseñó.
–Has destruido el país, por completo.
–Oh, no, sólo he hecho que renazca. Los políticos debemos saber cuándo nuestro tiempo se acaba, y favorecer un buen… tránsito hacia una época nueva.
–¿Con una bomba atómica en Londres? ¿Eso es un buen tránsito para ti?
–Las Damas eran soldados demasiado competentes. Además, la imagen era buena, muy adoctrinadora. Educarán a los niños con la holografía del hongo atómico, con el miedo en sus almas. El miedo es una buena arma educativa. Transforma a las masas.
–Eres un cerdo. Tú has creado todo esto. ¿La invasión es real, o sólo uno de tus trucos?
–Oh, es muy real, puedo asegurártelo. El Ejército Marciano lleva décadas preparando esto. Sólo ha habido que facilitarles algunos datos acerca de nuestras defensas para propiciar un escenario como el de hoy. Supongo que tenía razón Churchill con eso de que “La guerra es algo demasiado importante para dejarlo en manos de los militares”. Hoy el vencedor ha sido un político de carrera.
–¿Pero qué demonios pretendes? ¿Cómo puedes imaginar algo como esto, acceder a que vuelen en pedazos nuestra ciudad y que no te importe? ¿En qué clase de monstruo te has convertido, Roger?
–En el monstruo que le hacía falta al país, Deirdre. Cuando accedí a ser Primer Ministro después de la Guerra sabía que en ocasiones habría que tomar medidas como éstas, y que mi mano no debería temblar al firmarlo. Los sacrificios son parte de todo lo que hacemos. Ahora le ha tocado a Londres. En el cuarenta y uno fue Pearl Harbor, y Roosevelt sabía perfectamente que les iban a atacar, igual que Truman hizo un cálculo bastante aproximado de cuánta gente iba a morir en Hiroshima y Nagasaki, y accedió a bombardearlas, porque sabía que era por un bien mayor. Esto es sólo una extensión de aquello. Cinco siglos más extenso.
–¿Y ya está? ¿Así de sencillo? ¿Qué pasará ahora, Roger? ¿Te has planteado siquiera lo que va a ocurrir después de esto?
–Por supuesto. Al detalle. Tú vas a escapar a través de un monorraíl que hay instalado en el sótano, y que funciona por medio de energía hidráulica del río, así que no se ha visto afectado por el pulso electromagnético. Irás a una finca en el sur, junto al Canal de la Mancha, donde ya te están esperando la Reina Victoria y su hija. Desde allí reformaréis el Gobierno, y traeréis una nueva época de grandeza a nuestra Nación. Del mismo modo que hizo su padre con los nilidios. La historia más brillante se edifica con la muerte y el sacrificio de muchos, y este episodio lúgubre curtirá aún más el espíritu de los nuestros de cara al futuro. La próxima vez que luchemos con los marcianos, estaremos preparados para todo.
–¿Y tú? ¿Qué va a ser de ti ahora?
–Ah, yo ya no formo parte de esto, Deirdre. Yo voy a quedarme aquí, en Westminster, y esperaré a que los trípodes me pasen por encima, y moriré como un héroe dando la vida por mi patria. ¿O es que no te has dado cuenta de que todo esto lo he hecho para encontrar sustituto?
–No puedo creerlo. Esta… monstruosidad que has cometido. Y menos que pretendas que yo forme parte de eso. ¿Por qué piensas que no iré a la holovisión a contarlo? Seguro que a los periodistas les encantaría saber lo que su Primer Ministro hizo por ellos.
–No puedes contar nada, y lo sabes. Destruirías la Nación, y todo lo que importa en ella. Perderían la fe en su Gobierno, más en un tiempo en que necesitarán estar unidos. Hundirías su confianza, sus sueños de futuro, y eso es de lo poco que les queda ahora mismo. No, tu única opción es salir de esta habitación y bajar al monorraíl.
–Debería matarte. Debería aplastarte la cabeza contra el suelo y reventarte las tripas a patadas. Eso es ahora mismo lo que más deseo. Tengo una furia dentro que podría tirar abajo todo este edificio yo sola.
–Eso sí que puedes. Van a encontrar mi cuerpo entre los restos del Palacio, así que eres libre para hacer conmigo lo que quieras. Voy a ser un héroe de todas formas. Nadie se va a fijar en si los trípodes son capaces o no de dar patadas en las tripas.
–Todos somos títeres de tus juegos. Me siento tan utilizada… No te importa nada, ni nadie. No valemos nada. Ni el sacrificio, ni el valor de nuestros soldados. No valen absolutamente nada para ti.
–¿Y para ti sí? Esto es el mundo real, querida, no una novela de ciencia–ficción. Todos somos piezas de algún tablero. Lo único importante es lo que dejas detrás al marcharte. Así que vete. Es tu hora de hacer historia.
Volvió a sonreír, cerró la puerta tras ella y bajó las escaleras de los cinco pisos que la separaban del tren, y de la salvación.
Y cuando llegó al hangar y la abordó un grupo de soldados, cuentan que por primera vez estaba llorando a mares.
–El Líder… El Líder no nos acompañará hoy. Vámonos. Tenemos que salvar un país.



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Desde allí la Tierra se mostraba como una pequeñísima canica azul y blanca, tal como había dicho... ¿quién? ¿Neil Armstrong? ¿Buzz Aldrin? Desde allí todo parecía hermosura y bien, no se adivinaban la codicia ni el asesinato, la maldad ni los trípodes marcianos de cien metros de alto, aniquilando las tierras del Reino Unido con sus rayos de calor. Desde la confortable seguridad del Templo de los Tzin en Júpiter, Michael Hawksmoor podía contemplar su mundo como si lo viera en un lejano fotograma, sin participar. Como si todo lo que había vivido en estas horas fuera sólo una holo–película de terror, o una de ésas de invasiones marcianas... Invasiones marcianas.
Entonces comprendió todo. Comprendió por qué el ejercito de Arturo Pagliani había elegido para lanzar su ataque un territorio tan baldío como era el campo comunal de Horsell, por qué los trípodes y el rayo de calor y los proyectiles con pulpos dentro, por qué la naturaleza de esta invasión y el modo de llevarla a cabo. Y no pudo otra cosa más que sentir pena de ellos. Porque los marcianos realmente eran patéticos. Porque en su afán desmedido por salir de la sombra alargada de Edgar Rice Burroughs a la que los había condenado Haqq, lo único que habían sabido fue ponerse a la de H. G. Wells, y eso era aún más estúpido que lo otro.
Pero enseguida dejó de tenerles pena y se la tuvo a la Tierra, a los millones que ya habían muerto y a los que todavía habrían de matar, todo según el esquema de una vieja historia de cinco siglos antes. A los refugiados, a los que perdieron sus casas, sus familias, a los que quedaron separados para siempre. Al horror gratuito de la guerra, al sinsentido que Pagliani había desatado sobre su mundo de origen. Y del que sólo antiguos lazos masónicos habían librado a Hawksmoor de padecer. Curioso. La arquitectura Tzin y todas sus obras no se parecían en nada a las pocas logias residuales que él aún frecuentaba. La verdad, y ahora lo comprendía a la perfección, era que Mürlhan Khan le había salvado únicamente porque le apetecía, no porque debiera nada a nadie. Así que a él le correspondía ahora guardar silencio y no hacer ruido. Pasar desapercibido en un mundo que no le quería, y salvar el cuello de las matanzas que se estaban produciendo en Inglaterra.
La Guerra había empezado. La vida era un regalo caro que mantener.



Boletín informativo:
En este preciso instante está teniendo lugar un ataque militar organizado sobre territorio oficial del Reino Unido por parte de las fuerzas aerotransportadas del ejército de Marte. El primer avistamiento ha sido en forma de proyectiles tripulados que cayeron en número de diez sobre las Reservas Salvajes de Inglaterra, en el territorio del Conde de Surrey, cuyas fuerzas armadas salieron a proteger el feudo justo a tiempo para descubrir cómo esos proyectiles se convertían en trípodes mecánicos de cien metros de altura cada uno, y armados con rayos caloríficos invisibles. Dichos trípodes comenzaron a desplazarse por todo el país sembrando el caos y la muerte, y aniquilando a su paso cualquier tipo de resistencia que encontraran. El norte ha caído ya por completo en su poder, y se sabe que incluso el Ducado de Hawksmoor, en el límite con Escocia, ha rendido armas ante la desaparición de su amo, del que no se sabe nada desde el comienzo de las hostilidades, y se teme un final funesto. En el sur, Londres todavía se defiende de las terribles armas de los invasores, aunque las noticias que nos llegan son desalentadoras. Desde las entradas por el norte hasta el centro no se ven más que escombros, los edificios han sido derrumbados, y las víctimas se cuentan por miles. Westminster está en ruinas, y nos llegan noticias... de que el Líder ha desaparecido en el derrumbe de las Casas del Parlamento. Si, señores, han escuchado bien: Roger Commonly, Primer Ministro Británico y Líder del Partido Nacional, ha fallecido hoy bajo el ataque de los soldados mecánicos de Marte. El Estado se encuentra bajo una fuerte convulsión por estos hechos, y se teme una nueva fragmentación del país. Por lo pronto ha asumido el cargo la hasta ahora Secretaria de Estado de Educación y Ciencia y Vice–Primer Ministro Eve Deirdre Jones, aunque se desconocen las capacidades que tendrá para manejar esta crisis. Sus primeras medidas incluyeron lanzar un mensaje de socorro a Naciones Unidas que por ahora no ha obtenido respuesta, y secundariamente, reorganizar su equipo de Gobierno con lo que llama “personas de su confianza”, cuyas principales cabezas visibles serán holoandroides basados en la personalidad de algunos de los que ya han caído en la defensa del Reino Unido: para el Ministerio de Ciencia ha elegido al profesor Owen Richards, del Real Observatorio de Greenwich, y para el de la Guerra, al excelentísimo sir Roger Mellington, Señor de los Dragones de Westminster; ratificando en su puesto al Arzobispo de Canterbury Laurel Broome. En vista de la rápida respuesta que ha llevado a cabo, y de sus firmes decisiones, algunas fuentes han bautizado ya a la nueva Primera Ministra como “La Segunda Dama de Hierro”. Sin embargo, la respuesta bélica al injustificado ataque marciano aún se espera con ansia, y todo parece indicar que esto es el comienzo de una larga y sangrienta guerra intergaláctica. Que Dios nos proteja si es así.



God save our gracious Queen,
Long live our noble Queen,
God save the Queen:
Send her victorious,
Happy and glorious,
Long to reign over us:
God save the Queen.


REFERENCIAS

1. La muerte de Hiram Abif: Relato alegórico que constituye el centro de las enseñanzas masónicas, y que intenta mostrar de forma simbólica cuáles son las mejores virtudes y los peores defectos del ser humano. Según cuenta la leyenda, Hiram Abif, hijo de una viuda de la Tribu de Neftalí, forjó las dos columnas del pórtico del Templo del Rey Salomón, y fue honrado por sus grandes conocimientos, que guardaba de modo celoso y eran envidiados por muchos. Antes de que el Templo fuera terminado, tres de sus compañeros pretendieron arrebatarle sus secretos por la fuerza, y al no conseguirlo le mataron y enterraron bajo un arbusto. Días después, el cuerpo fue hallado y devuelto a Jerusalén, donde el Rey Salomón ordenó que fuera sepultado en el mismo Templo que había ayudado a construir. Las enseñanzas son claras: Abif representa el trabajo, la constancia y la discreción, llevándose los secretos consigo antes que vender a los suyos; mientras que los traidores que acaban con su vida (conocidos como Juwes, y de modo individual como Jubelo, Jubela y Jubelum) representan las tres grandes lacras de la Humanidad, que son la ambición, el fanatismo y la ignorancia.

2. Campo de Reagrupación de Larkhill: Uno de los muchos asentamientos que empleó el Gobierno Británico en los primeros tiempos de la Era Commonly para retener, interrogar y en algunos casos deshacerse de individuos considerados peligrosos por sus ideas o actitudes hacia el Régimen. Controlados por el Ministerio de Interior a través de la Secretaría de Estado para la Obediencia, sirvieron para aislar a multitudes enteras que eran acomodadas en antiguos barracones militares, muchas veces en condiciones de hacinamiento e insalubridad, y luego investigados durante largo tiempo. Algunas personas y familias llegaron a vivir en estos sitios durante años, siempre con la sospecha de haber trabajado para facciones enemigas. Larkhill en concreto, en el Condado de Wiltshire, en el Suroeste de Inglaterra, había acogido en tiempos pasados numerosos campamentos de Artillería y Aviación, y más tarde esos emplazamientos fueron usados para llevar a cabo “experimentos sociales y psicológicos” de escasa ética. Buscando examinar conceptos como la lealtad, el servicio a la patria o el amor en la pareja, se sometió a cientos de individuos capturados a inhumanas técnicas de tortura que pretendían conseguir “el Ciudadano perfecto”, y que llevaron a la muerte de muchos y a la selección eugenésica de los pocos supervivientes. Se cree que Ciudadanos famosos como las Tres Damas de la Reina o John Bull eran en realidad hijos de esos mismos experimentos.

3. Anillos Prometeicos de la ONU: Ingenios mecánicos creados por Laika Kruscheva en los primeros años del Siglo 23, que literalmente cambiarían el Universo. Fabricados a partir de materia oscura, sus nanomecanismos permitían a quien poseía uno de éstos interactuar con cualquier clase de tecnología con los más altos privilegios de programador. De este modo, podían manipular la antigravedad para viajar incluso a través del espacio, crear campos de fuerza para protegerse a sí mismos o a otros, generar rayos de energía o hablar directamente a la sonda telepática de cualquier ser vivo. Esto hacía que otorgar un Anillo Prometeico se convirtiera en un asunto extremadamente delicado para un Gobierno, y únicamente los soldados más confiables poseían uno, tales como los miembros del Escuadrón Nueve de las Fuerzas Aeroespaciales, las Tres Damas del Reino Unido y los Jeddaks de Marte. A este grupo de hombres y mujeres especiales que protegían con su poder los territorios de la ONU se les conocía como Daimones, y su importancia fue radical hasta los últimos días de la Guerra de las Colonias, cuando todos los Anillos Prometeicos fueron destruidos de modo abrupto.