jueves 17 de diciembre de 2009

37. NEPTUNO



Resumen de lo publicado:

Es difícil mantenerse neutral
cuando el mismo Universo se aboca a su destino
y los dueños de todas las verdades
pronuncian una única palabra:
Guerra


37

NEPTUNO

« Sí, a mí también me gustaría a veces poder tener la memoria de un pez »

Sábado, 1 de Enero de 2400.
08:00 h UTC.

Miró hacia el frente, al azul y limpísimo horizonte del mar y el cielo entremezclados, y supo que estaba muerto.

Que las hordas sanguinarias del Rey Nam no tardarían más que segundos en llegar hasta su diminuto islote abandonado, y entonces sólo habría risas y matanza. Jugarían con su cráneo hecho pedazos, con sus ojos que una vez contemplaron galaxias remotas, con las manos que supieron de las maravillas de Bach y Mozart al piano. Una vida digna, que nadie jamás recordaría sino a través de sus obras.

Y como el origen de la guerra absoluta.

A principios de 2400 Neptuno iba a quedarse sin su Faro, y casi doscientos años de una existencia pacífica estaban a punto de alcanzar su último día. El ocaso de un mundo extraño cimentado en gentes que no lo sentían como propio. Un pueblo que sólo tenía en común el ser víctimas. Y eso crea unidad, pero no patriotismo.

La colonia al principio había sido numerosa. Alrededor de mil personas orbitando Neptuno en sus gigantescas naves terraformadoras, con un único pensamiento como guía: las infinitas posibilidades de la vida subacuática. La idea en realidad era buena, investigar el desarrollo de seres inteligentes en unas condiciones de máxima presión y luminosidad cero. Forzar la evolución natural de ballenas y delfines, convertir a las lubinas en médicos y los salmones en banqueros. E inventarse una nueva raza de humanos capaces de vivir bajo el océano.

La primera ciudad en erigirse sobre el fondo de un planeta inundado se llamó Luna, por el consabido poder que siempre tuvo ésta sobre las mareas. La tumultuosa vida en Neptuno se movía entre el discurrir de las olas y los bancos de peces errantes, entre las discusiones políticas de los atunes y los últimos escarceos amorosos de una famosa pescadilla. El tiempo puede pasar muy despacio entre las fachadas de coral, los arrecifes–kiosco y las viejas chismosas sentadas a la puerta de sus casas.

Al tiempo que Luna se convertía en cabeza de una tupida red de ciudades submarinas, otro tanto ocurría a sus hermanos de la superficie. Construyeron inmensas plataformas de comercio, vastos espaciopuertos flotando en las olas, y un sinfín de urbes tecnológicas que tanto crecían en un sentido como en otro. Que igual rascaban los cielos con sus agudas puntas de nácar y acero, como se hundían en los fondos del océano a modo de densas raíces superpobladas.

Y con los años empezó a haber dos clases. Unos ciudadanos de primera, habitantes del aire, que miraban las nubes cada día y contemplaban los rayos de sol entre jirones. Y luego estaban los técnicos, los encargados del sector servicios y de las reparaciones, cuyas viviendas se clavaban en el duro suelo de roca y de los corales habitados. Sus días eran un continuo discurrir de presiones hidrostáticas y recicladores de oxígeno, sus jornadas de trabajo se alargaban sin fin bajo la luz de soles artificiales que imitaran la vida real. Era una existencia falsa medida por relojes–carcelero, por las obligaciones que se convierten en rutina. Una moderna esclavitud incluso más inhumana que aquélla de la piel y las cadenas, porque aun siendo servidumbre la disfrazan de libertad. “Eres libre”, le dijo el Estado al siervo. “Libre de acatar mis órdenes y ser mío por entero. Acepta y te daré una vida corta llena de sufrimiento. Rechaza y no tendrás dónde morir”.

Neptuno era como aquella vieja película de Fritz Lang, pero con enormes ventanales con vistas al océano. Malvivían en terribles fosas de máquinas bien engrasadas, y allí entregaban sin remedio sus escasos dos siglos de esperanza de vida. En este lugar impío, la Fórmula Eternidad era sólo una prórroga en su tormento infinito.

Y sin embargo no fueron estos esclavos del mar quienes se rebelaron contra la ONU, sino el Ejército de Hombres–Tritón del cruel Rey Nam de Luna. Aunque al final todos tuvieran su pequeño papel en la historia.


Miró hacia el frente resignado, y su cabeza no duró más que apenas unos segundos entera. Los bárbaros estaban demasiado furiosos para atender a razones, y demasiado sedientos de sangre como para prolongar su agonía. El Faro se había convertido en la enseña de los hombres que una vez respiraron oxígeno, y por eso fue la primera estructura en caer.

Los tiempos habían cambiado mucho, y lo que todavía les quedaba por cambiar.

Ya no era la época gloriosa de las primeras investigaciones en Neptuno, cuando no había un día en que no inventaran una especie, y la Tierra les daba carta blanca para jugar a ser Dios. Ocultos en su laboratorio fortificado en las nubes, los genetistas del Departamento de Manipulación Étnica de la ONU se habían convertido en padres de un mundo lleno de demonios. Tiburones con la fuerza de una orca, anguilas cuya potencia eléctrica se veía multiplicada por mil, delfines convertidos en estrategas militares del nivel de Patton. Aquello tenía como es lógico una clara orientación belicista, y de hecho nutrió por largo tiempo las más cruciales batallas de la Historia de la Humanidad. Había peces armados con cañones fáser en los frentes de guerra del Virus Caballo de Troya, en los puestos de mando de las sangrientas incursiones en Fobos, y en la primera línea de defensa del Cinturón. Y además también en los despachos de los más poderosos generales, igual que en los satélites encargados de la vigilancia y rastreo, o en los comandos enviados a obtener la paz.

Hubo un momento en que los neptunianos se habían hecho imprescindibles a la hora de declarar una guerra, y más aún para terminarla.

Pero sin duda los favoritos como soldados perfectos de la ONU habían sido durante muchos años los Hombres–Tritón de la Corte de Luna, las sangrientas e irreductibles tropas del Rey Nam. Llamados Homo mermanus por aquellos científicos que diseñaron sus cuerpos, eran humanos en su estructura básica y su fisiología, igual que en su enorme capacidad intelectual, pero su piel estaba llena de escamas y branquias, y podían respirar tanto fuera como dentro del océano. Habían sido creados como una especie de lagartos humanoides de piel caliente, anfibios que podían nadar entre galaxias con la misma facilidad que en los corales de su patria. Y pronto se hizo claro que pocas armas biológicas eran capaces de desestabilizar la guerra del modo en que lo hacían los Hombres–Tritón de Luna.

Si eras un enemigo del Gobierno de la Tierra, y veías surgir en tu pantalla un millón de negras siluetas de escamas, de espadas y lanzas sónicas empuñadas por férreas manos verdes, entonces mejor date por muerto, que sin duda no tardarás mucho en estarlo.

Y en 2400, estas perfectas máquinas de guerra del espacio se volvieron contra la ONU, y nadaron desde la serena paz de su mundo, como una letanía de muerte inquebrantable, para llevar su venganza hasta los hogares de aquellos inocentes respiradores de oxígeno.

Así acaba la historia.


Sus restos fueron colgados del propio Faro de Neptuno, el símbolo que defendió con ahínco hasta que sus hermanos terminaron con él. Las obras que había escrito se olvidaron como granos de arena transportados por el viento, la gente que amó había dejado de llamarle muchos años atrás, y en general el mundo que había construido sobre su fornida espalda terminó por venirse abajo en una infinita sucesión de vidrios rotos.

La decadencia, y al fin la muerte.

En 2312 habían mandado una flota de naves terraformadoras a hacer habitable el planeta Neptuno. Sólo mil colonos, un millón de sueños de grandeza, un abanico de tesones. Sus líderes eran dos hermanos gemelos enormemente reputados en la ONU, los famosos Lun y Baghram Kanegusi, enviados especiales de la Nación de Oriente, y los más sabios de cuantos había en el Ministerio de la Ciencia.

Un año después toda su superficie estaba ya cubierta por agua, y cientos de miles de nuevas especies habitaban los fondos y entramados que habían construido para ellos, siempre bajo la supervisión directa del equipo. Como una especie de Gran Hermano cósmico, entre lucios lascivos y pulpos juguetones.

Pronto el uso militar de estos seres se hizo claro como el agua, y el Gobierno de Nilidia instaló un campo de entrenamiento para peces en las proximidades del Lago Victoria. Tácticas de guerrilla, infiltración, manejo de armas de gran calibre… Nada se escapaba de estos nuevos reclutas súper–inteligentes, menos aún desde el hallazgo de las sondas telepáticas y el control mental. Enseguida fueron necesarios para todas las maniobras, y cualquier general deseaba alguno a su cargo.

Habían sido una buena creación.

Y aun así el Emperador Haqq no estaba satisfecho. Todavía podían ser mejores, les faltaba algo en la escala de la macabra evolución en la probeta: su humanidad. ¿Por qué no crear hombres–pez, y luego servirse de ellos? ¿Por qué no aprovechar todo lo que habían aprendido y convertirse realmente en dioses? Iba a ser la primera vez en la Historia, algo tan revolucionario, tan distinto… Dar vida a una nueva especie humana extraterrestre, a medio camino entre los viejos hombres de la Tierra y los turbulentos peces sabios que habían fabricado. Seres capaces de respirar bajo las aguas, y al mismo tiempo de sobrevivir a las presiones inclementes de un océano que imitaba en todo a los terrestres. Una ciudad. Una cultura única. Una compleja sociedad subacuática.

El doctor Yussuf ben Kirham, Jefe de Investigaciones Cromosómicas de Nilidia, presentó a su amo un enorme proyecto de desarrollo étnico y cultural que revolucionaría la Historia de los Hombres. Por aquel entonces ya estaban las Sirenas Espaciales en Venus, y los Gigantes y Hecatónquiros en las vastas llanuras de Júpiter, pero nada se comparaba a esto, a la mezcla de humanos casi inmortales y peces transformados genéticamente. Habló de ciudades, de países enteros bajo las aguas de Neptuno, de hidropistas llenas de vehículos anfibios y sistemas gravitores especializados en mareas. Se le encendieron los ojos, y explicó con auténtica pasión la forma de mutar sus genes en apenas minutos, las poquísimas necesidades técnicas para diseñar un equipo de manipulación, y sus grandiosos resultados potenciales. Y después de una hora larga de sueños y felices esperanzas, el doctor Kirham mostró un informe detallado de lo que él bautizó como Sistema de Homoformación (1), y de por qué se merecía estar al mando.

Abdel Haqq sonrió, pero en verdad no estaba contento. Sus labios se curvaron en una mueca cruel de niño jugando a destripar hormigas, y supo que el científico era un juguete en sus manos.

“Muchas gracias por su informe, doctor. Desde luego me interesan mucho sus ideas, y creo que podremos llevarlas a cabo. Como es lógico, esto también podrá tener aplicaciones militares, y espero que usted pueda verlo como yo. Hombres que naden a esa profundidad significa hombres que puedan volar en el espacio, o atravesar la lava de un volcán. De modo que puedo conseguir que la ONU acepte sus pretensiones en Neptuno, e incluso recomendarle a usted para un cargo de máxima responsabilidad… aunque siempre tendrá que estar bajo el mando de las Fuerzas Aeroespaciales. Eso no le supondrá limitaciones en su trabajo, lo prometo, es sólo una formalidad para tenerlos contentos a todos. Espero que no le suponga un problema…”

Kirham sonrió también, tratando de no parecer avergonzado, aunque le acababan de poner contra las cuerdas. Su sueño era ya una nube borrosa que le habían enturbiado en su cara: la única forma de obtener a sus Hombres–Tritón era dejar que un soldadito sin estudios los gobernase a todos. Que sus enormes logros científicos y sus tres carreras se sometieran a la voluntad cambiable de los altos mandos del Ejército, a los que no les importaba lo más mínimo su empeño en las culturas en medios extremos, o su intento de imitar los trabajos de Dios.

Cráneos reforzados, esqueletos densos y al mismo tiempo gráciles al nadar, ojos que nunca necesitaron luz… Todo eso eran sólo medios en la carrera de algún viejo general terráqueo al que no le interesaba ya despuntar. Y sin embargo no le quedaba otra opción si quería ver su sueño convertido en mundo.

Al fin y al cabo, la Tierra siempre fue un planeta militarizado. ¿Qué otra cosa se podía esperar de Haqq?

Respiró hondo, procurando parecer lo más contento posible, aunque sabía que estaba vendiendo su alma como Fausto.

“Le agradezco mucho su oferta, señor, y por supuesto que no me será un problema. Estaré feliz de servir a mi patria, y juro que voy a aprovechar esta ocasión en beneficio de todos”.

“Bien, bien… Se puede retirar, doctor. Envíe su informe al Ministerio de Ciencia, y ya le avisaremos cuando todo esté listo”.

Y se marchó.

Con todos sus hallazgos bajo el brazo, una falsa sonrisa en los labios y su ética alquilada. Y dejó atrás su alma, sucia y negra de maniqueísmo, temblando entre los dedos juguetones de Abdel Haqq.


Esa misma noche, Baghram Kanegusi recibió una llamada de prioridad alfa en Neptuno. Las luces de la nave terraformadora alumbraban tímidas las negras olas cargadas de vida, gracias a ellos. La evolución rugía furiosa a sus pies, luchando por romper las duras fronteras que le habían impuesto los hombres. Kanegusi abandonó en el suelo las ropas ceremoniales, y ayudó a su hermano a alcanzar el lecho sin matarse. Había sido un día muy largo, y por una vez les habían permitido consumir alcohol en público. Era el festejo de una década de terraformaciones bajo el agua, y al pobre Lun le sentaron fatal unas copas de vino que nunca había probado antes. Lo acostó con todo el cariño de un hermano mayor, casi de un padre, y luego se asomó al balcón de la suite que ambos compartían.

Contempló el mar, azotado por un viento férreo creado por los satélites, y se sintió orgulloso de sí mismo. Habían hecho un buen trabajo en diez años. Ninguno de los dos tenía familia, ni habían estado en la vida más que trabajando sin parar. Cualquier cosa por un oscuro Gobierno que estaba a millones de kilómetros de allí. Y ahora, echando la vista hacia los resultados de su plena dedicación, podía ver algo aún más importante que sus años, que el trabajo y sacrificios de un par de gemelos superdotados: aquel lugar era hermoso.

Neptuno se había transformado en arte.

En una sinfonía de guerra y conflicto a través de la infinita jungla de la evolución. Genes chocando y realineando sus secuencias de milenios de antigüedad, guiados tan solo por la batuta firme de un genio científico, y su hermano poeta. Por los deseos de retorcer un poco cada día las hélices llenas de esperanza en el futuro. Por un sueño hermoso, que dio vida a un planeta más hermoso de lo que nunca habrían podido imaginar. Apuró la copa de brandy, sabiendo que había mucho por lo que alegrarse, y una sola vez en la vida se permitió el lujo de sentirse feliz.

De pronto, notó el zumbido suave en la nuca que correspondía a las notificaciones de su sonda mental: le estaban llamando.

“¿Sí? ¿Buenas noches?”
“Buenas noches, señor Kanegusi. Soy Abdel Haqq, Emperador de Nilidia. ¿Puede oírme bien?”

Un escalofrío atroz bajó por su columna, y el aliento se resecó en su boca. Haqq. La autoridad absoluta. Mayor incluso que la del propio Secretario General de la ONU (al que la prensa llamaba “El hombre más poderoso del Cosmos… con permiso de Abdel Haqq”). Señor del Imperio más enorme que había existido nunca en la Historia, y única cabeza visible del poder en la Tierra, y por extensión en todo el Sistema Solar. Un hombre que había vencido a los enemigos de su patria, y bajo cuyo mando férreo la Humanidad había conquistado un nuevo futuro en las estrellas. Un hombre al que admiraba y seguía desde hacía años.

Y ahora estaba ante él, ese rostro holográfico tierno como el de un padre de toda la raza humana.

“Eehh… Sí… Sí, señor, le oigo. E… Es un gran honor que me llame…”

“No, señor Kanegusi, el honor es mío. Las noticias que llegan de Neptuno son siempre grandiosas, igual que las materias primas que nos envían cada mes. Estamos muy contentos con su trabajo”.

“Oh… Eeeehh… Muchísimas gracias, señor. Ya sabe cuánto valoro que…”

“Por eso he pensado que deben ir más allá. El doctor Kirham me ha propuesto un nuevo experimento genético que podría desarrollarse en Neptuno. Se trata de una mezcla de hombres y peces con capacidad para sobrevivir bajo el agua. Él lo llama… Hombres–Tritón. ¿Se imagina las posibilidades? Yo estoy exultante”.

“Bu… Bueno… Con todo el respeto, señor… ¿Eso no iría en contra de las Leyes de Control de las Especies (2)? Me… Me refiero… A las Unidades de Terraformación se nos permite crear nuevas especies adaptadas al entorno, pero no alterar el genoma de los hombres. Eso está prohibido”.

“Oh, vamos, señor Kanegusi, no me sea inocente. ¿Qué habría pasado entonces en Júpiter, si todo el mundo siguiera esas leyes absurdas?”

"¿En… En Júpiter? ¿No… No se supone que fue un accidente… un efecto secundario de los vapores volcánicos?”

“Sí, por supuesto. Ésa es la razón de que haya gigantes de cien metros de altura y muchos brazos, porque respiraron ceniza. Por favor, seamos francos. Inteligencia Militar lleva años probando sus teorías de manipulación de las razas, no siempre con el mismo éxito. Los neandertales que viven en el Ártico, los grecorromanos, las cien mil especies de marcianos o las diosas de Venus. ¿Me va a decir que todo eso fueron accidentes?”

“Bueno… Yo… Se supone que hay una explicación lógica… Está la Teoría de Adaptación Genética al Medio (3)…”

“Sí, claro… Los políticos han hecho un buen trabajo convenciéndole. Hablemos con franqueza, señor Kanegusi. Usted posee una autorización de nivel 1–A, es uno de los máximos responsables de todo el Sistema Solar, así que ya está al tanto de las cosas que ocurren, y por qué. La ONU ha impuesto su ley con crudeza, y ustedes en las Colonias son quienes más lo sufren. ¿No cree que es hora de que hagamos algo para que entren de verdad en la Historia? Unos individuos grandiosos, los auténticos herederos de esa utopía que están construyendo. ¿No le suena brillante?”

“Bueno, señor… Si puedo serle sincero, yo creo que las cosas deberían quedarse como están. No necesitamos más experimentos con humanos. No me gusta nada lo que hicieron en Venus, esas mujeres que se reproducen por esporas, creadas sólo para negociar con las máquinas. Y sé también lo de esas dimensiones de bolsillo con las que juegan, esa Urm hecha a escala como ratones metidos en un laberinto. No, no quiero que en Neptuno ocurra lo mismo”.

“¿Y piensa que yo sí? Lo de Venus es algo lamentable, y todos estamos profundamente apenados. Son las locuras del Secretario General, ese condenado imbécil que piensa que toda la Galaxia es su maldito patio de juegos. Yo no le estoy diciendo eso, Baghram (¿puedo llamarle Baghram?). Yo le hablo de un auténtico campo de ensayo social y étnico, un lugar donde probar las nuevas teorías de evolución de las especies, y donde aprender de quienes somos. ¿Comprende? ¿No le parece una oportunidad histórica? De este día hablarán en el futuro, y sabrán que tomamos la decisión más adecuada”.

“¿Usted cree? Me refiero… ¿de verdad piensa que vamos a aportar algo que no sean nuevos soldados–pez a los que laven el cerebro?”.

“¿Y qué problema ve en eso?”

“…”

“¡Ja, ja, ja! No, es broma. No sea tan derrotista. Yo lo veo como una ocasión de elegir nuestro propio camino, sin que tengamos que dejarnos guiar por las estrechas miras de la ética o la religión. Seríamos libres por fin. Libres de saber quiénes somos, y quiénes queremos llegar a ser. La libertad es algo demasiado bello para negarse a tomarla, amigo Baghram. Lo que pasa es que temo que usted se ha vuelto un cínico con la edad”.

“¿Y le extraña? Señor, yo ya he visto muchas cosas en doscientos años, unas me gustan y otras no tanto. Es el problema de la longevidad, que acabas desencantado de todos tus sueños”.

“Le comprendo mejor que nadie. Recuerde que está usted hablando con el hombre más anciano que existe en todo el Universo. Si doscientos años le parecen muchos, piense que yo llegué a conocer personalmente a Adolf Hitler y a Winston Churchill, y no me arrepiento de haber estrechado la mano de ninguno. ¿Recuerda aquella frase que decía que «El pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla»? El pasado no debe ignorarse, pero tampoco tendría que ser un freno. El futuro es inmenso. ¿No lo ve usted así?”

"No soy un filósofo, señor. Sólo me dedico a hacer poemas, y a ayudar a mi hermano a edificar un planeta. No me meto en tareas demasiado ambiciosas”.

“¡Ja, ja! Ya veo. Pues tal vez sea hora de que se meta. Le prometo que este día quedará grabado para siempre en su historia personal, y nunca podrá olvidarse de ello. Hágame caso y obtendrá un lugar con honores en los libros… y en nuestro Gobierno”.

“Señor… ¿puedo ser sincero?”.

“Desde luego”.

“Bueno… Usted es el Emperador de Nilidia. Las concesiones en materia de terraformación les corresponden a ustedes, por mucho que mi hermano o yo queramos aportar algo. Nuestro contrato se firmó con Naciones Unidas, pero las decisiones las toma su Gobierno. Así que da igual lo que nosotros pensemos, que al final tendrá su raza de hombres–pez y sus experimentos genéticos”.
“Le veo un hombre inteligente, Baghram. Sin embargo, esperaba algo más de entusiasmo y colaboración por su parte”.

“Oh, la tendrá. Pienso estar al frente de todo lo que se me ordene, y me llevaré los beneficios que me correspondan. Pero no crea que esto es una conversación, ni que pienso que le interesan mis ideas. Por otra parte, ¿no debería estar hablando con mi hermano en vez de conmigo? Él es el científico brillante, y yo sólo le llevo las maletas”.

“Ah, llega usted al punto básico en todo esto. El doctor Kirham no sólo quiere una ciudad de homínidos con escamas, sino un verdadero desarrollo social como el nuestro. Quiere líderes, y guerras, y auténtico valor que no se disfrace. Y temo que eso no podemos conseguirlo sólo en una probeta. Su idea es tomar a individuos que ya existan e implantar sus pautas cerebrales en un tritón. Algo así como trasplantar una personalidad entera, pero no sus recuerdos. Y el primer sujeto al que se lo haremos es su hermano”.

“¿Qué? ¿De qué demonios está hablando?”

“De progreso, amigo mío. Adam Lun Kanegusi seguirá viviendo en Neptuno, pero esta vez bajo la apariencia del rey de los tritones. ¿No deseaba guiar la terraformación de ese mundo? Bueno, pues ahora podrá hacerlo de primera mano”.

“¡No sé si esto es alguna clase de broma, pero no pienso consentir que se ría de nosotros!”

“No es ninguna broma. El doctor Kirham ya ha partido hacia allí, y a primera hora de la mañana comenzará a tratar el cuerpo de su hermano. Por desgracia, la extracción de pautas cerebrales aún sigue un proceso excesivamente traumático, y pienso que el cuerpo no sobrevivirá. Me han prometido que esto ha de mejorarse con el tiempo, pero por ahora…”
“¿Me ha llamado para decir que va a sacrificar a Lun por su experimento? ¿Qué clase de locura es ésta?”

“Es el futuro, como ya le dije, y usted va a ser pieza clave. Necesito que abra los códigos de la puerta de su suite, para que el equipo de obtención pueda llevar el cuerpo hasta los laboratorios”.

“¿Espera que entregue a mi hermano?”

“No, no espero nada, Baghram. Sé que lo va a hacer, y sólo le estoy informando. Como usted ha dicho antes, soy yo el que toma las decisiones en este asunto, igual que en muchos otros, y no crea que me interesan sus ideas. ¿No fueron ésas sus palabras exactas?”

“Pero… pero esto no tiene nada que ver. No puede hacer eso con mi hermano… ¡Es usted un monstruo!”

“Oh, por el contrario, puedo ser el hombre más generoso del mundo, o el más terrible, según desee. Va usted a abrir esa puerta cuando llamen al timbre, y no va a hacer el más mínimo comentario mientras ellos sedan a su hermano y lo transportan. No volverá a verlo jamás, y por la mañana anunciaremos el traspaso de poderes. El doctor Kirham asumirá las labores científicas en Neptuno, y usted las de organización. Será alguien poderoso, amigo Baghram, y nunca tendrá que recibir más llamadas como ésta. Se lo prometo”.

“¿Y… Y si me niego?”

Abdel Haqq guardó silencio durante un único segundo, como si valorara el grado de fuerza que tuviera que hacer su mano para aplastar un mosquito. Kanegusi lloraba, se estremecía en la baranda que unos minutos atrás había sido su orgullo. Todo era una farsa. Todo mentira. Les habían dejado jugar a sus anchas hasta el momento en que dejaran de necesitarlos. Eran sólo ratones corriendo por un laberinto.

Y la voz sonó de nuevo en su cabeza, espeluznantemente tranquila.

“Baghram… Baghram… ¿Realmente necesita que le conteste a eso?”

Y la imagen le observó desde la Tierra, un holograma de inmensa paz que había aniquilado en minutos toda su existencia. Un depredador, que ni siquiera le consideraba presa. Para Haqq, Baghram Kanegusi era sólo el chico de los recados. Un mozo, encargado de abrir puertas cuando se lo ordenan.

La comunicación se cortó, y al instante llamaron al timbre.


“Pueden no ser ellos”, se dijo. “Quizá se hayan equivocado, o sea algún técnico que venga a comunicar noticias de otra base. Es posible que sea todo una broma, o un juego para desquiciarme”.

Caminó hasta la puerta, y supo al instante lo que iba a hacer. Gemelos. Unidos desde siempre, aunque con distintas inquietudes. Sueños ambiciosos, poder para crear vida y transformarla. Responsabilidad y trabajo honrado. Esperanza.

Ratones en un laberinto.

Abrió la puerta, y un comando militar entró raudo, transportando una especie de ataúd criogénico. Marcharon hasta la habitación de su hermano, y no pudo ver lo que hacían dentro. Desaparecieron en segundos, y no se asomó a la ventanilla del ataúd cuando éste pasó flotando junto a su mano.

Se quedó allí, parado junto al quicio de la puerta, mirando a la nada. Escuchando el mar, el que ellos habían creado hacía sólo una década. Y aquel rumor continuo le parecía de pronto como un macabro canto de sirenas. Atrayendo a pobres incautos a la perdición.

A la mañana siguiente informaron a todo el planeta de un accidente mortal: su líder, el eminente profesor Kanegusi, había caído al mar la noche anterior bajo los efectos indeseables del alcohol. Ningún ciudadano de la Galaxia estaba ya habituado a los mareos o las náuseas que eran comunes en otro siglo, de modo que la primera vez que le habían dejado consumirlo fue también la última.

Y por desgracia, su cuerpo lo habían devorado las pirañas.

Una terrible paradoja, este asunto. Las pirañas justamente habían resultado de los pocos peces a los que no habían podido dotar de inteligencia. Su extrema voracidad y su comportamiento instintivo los hacían inmunes al tratamiento global de manipulación genética, de modo que sólo existían en Neptuno como un vestigio de aquellas especies sub–evolucionadas de las que partieron sus hermanos. El único grupo registrado de pirañas se las había regalado curiosamente el propio Emperador Haqq, seis años atrás, durante una visita oficial al mundo subacuático.

Y en este día trágico fueron además sus verdugos.

El Gobierno de Neptuno celebró diez días de luto, veinte funerales en diversas ciudades del planeta, y un millar de monumentos representativos. Adam Lun Kanegusi había levantado aquello sobre el valor de su propia grandeza, y nunca habría nadie como él. Cientos de jefes de Estado presentaron su dolor ante el heredero de la gesta terraformadora, y en sus ojos se vislumbraba la pena que suponía tamaña pérdida. Incluso en los del célebre Emperador Haqq, que voló hasta Neptuno para acompañar a la familia. Todo un gesto, que la prensa se ocupó de comentar.

En el mismo Centro de Investigaciones Submarinas, el laboratorio en las nubes que fue su hogar, erigieron una estatua para que nadie pudiera olvidarle. Una imagen que le mostraba afable, como siempre fue, rodeado de un millón de criaturas diseñadas por su genio. Y en el pedestal grabaron su frase más recordada, la que tantas veces repetía a modo de enseñanza:

El pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla


Por desgracia, el dolor con frecuencia tiene que olvidarse, y la ciencia exige nuevos protagonistas que asuman el reto. El doctor Yussuf ben Kirham fue nombrado Jefe Científico del Gobierno de Neptuno, y Baghram Kanegusi responsable civil de la colonia. La vida siguió adelante, de un modo u otro. El nilidio tuvo su ocasión de experimentar, y el hermano traidor se contentó con los lujos sin freno que llegaban de la Tierra, con las serenatas de Bach y Mozart al piano, y con tratar de olvidarse de que su vida tampoco le importaba mucho a la ONU. Que llegado el momento en que olvidara su lugar, ninguna acción represiva era demasiado cara para ellos.

Dos meses después se mostró en público el más reciente hallazgo de Neptuno: el primer Hombre–Tritón. Un ser antropomorfo capaz de respirar tanto en el agua como al aire, un híbrido de enorme inteligencia y absoluta lealtad a sus creadores. Kirham le puso de nombre Nam, que en un antiguo dialecto nilidio significa Vida.

La vida se abría paso. La libertad de elegir.

Baghram Kanegusi eligió encerrarse en el bellísimo Faro del Tiempo, una construcción de nácar y oro cuya luz guiaba a los viajeros hiperespaciales hasta las Puertas de Neptuno. Allí condenó lo mucho o poco que le quedase por delante, rodeado sólo de compositores antiguos y un miedo atroz a morir. Cada mañana daba gracias porque aún no hubiesen prescindido de él, cada noche se dormía pensando que era la última. Cada plato de comida se le aparecía envenenado, igual que la copa con que suponía que drogaron a su hermano aquella noche. Cada ruido extraño podía ser su fin, y cada átomo de oxígeno un regalo.

Lo único que no comprendió jamás era lo poco que realmente les importaba su vida. El modo en que al Gobierno de Nilidia le daba igual qué fuera de él, hasta el punto de que no compensaba siquiera el gasto de un disparo. Y por este motivo siguió en Neptuno, y tocó el piano cada noche durante tantas décadas, y la ciudad de Luna se llenó de Hombres–Tritón creados con las pautas cerebrales de un millar de técnicos de mantenimiento reivindicativos. Y Abdel Haqq obtuvo lo que quería, igual que construyó una prisión política en Saturno, o se deshizo de aquéllos que le daban problemas desterrándolos a Urano.

Y todo siguió como hasta entonces.

Durante mucho, mucho tiempo, mientras el sol nacía y moría en las alturas inhabitadas de Neptuno, y Luna se convertía en la cabeza de un imperio subacuático de muchos cientos de ciudades. A la vez que las antaño ambiciosas urbes de los respiradores de oxígeno se iban quedando obsoletas. Primero se vaciaron las más pequeñas y alejadas, núcleos de casas–colmena donde los técnicos reposaban tras sus agotadores días de esfuerzo. Pero claro, conforme había más tritones bajo el agua, los técnicos empezaron a escasear, y las máquinas se automatizaron de tal forma que ni siquiera hizo falta reemplazarlos. Cuando el poeta que habitaba el Faro del Tiempo quiso darse cuenta de lo que ocurría, ya no había nadie más con quien compartir el planeta. Sólo había urbes vacías, y un millón de asesinos subacuáticos planeando su venganza.
La decadencia, y al fin la muerte.

Sólo fue cuestión de tiempo que se produjera la revuelta.

Despertó muy despacio, como si viniera de un sueño de siglos de antigüedad. Abrió los ojos perezosamente, y una niebla azul y verdosa fluía ante ellos, ocupada por un sinfín de diminutas formas oscuras, gráciles, resbaladizas. No tardó más que un segundo en darse cuenta de que estaba en el fondo del mar. Y por alguna extraña razón eso no le causó la más mínima reacción de miedo, sino una paz infinita. La inmensidad del océano latía en sus venas, corría por sus brazos y piernas, y llenaba un pecho más fuerte de lo que nunca había sido.

Lo primero que vislumbró fue la misma imagen que había sido la última: el rostro barbudo y surcado de cicatrices del pavoroso Rey Nam de Luna. Aquella bestia atroz de enormes branquias flotaba ante él con sus armas en mano. Una gigantesca espada de borde serrado, y una lanza que había atravesado demasiados cuerpos. Sin embargo sus ojos ya no estaban hechos de ira, ni abría las fauces queriendo tragarse el mundo entero. Por primera vez mostraba un rictus de paz, la misma que él sentía en sus huesos.

–¿Qué… Qué ha pasado?

–No te alarmes –dijo el Rey, enseñando una garra monstruosa a modo de signo–. Estás entre amigos.

–¿Dónde… Quiénes sois vosotros?

–Esto es Luna, la ciudad subacuática. Deberías saberlo bien, Baghram Kanegusi, pues tú contribuiste a edificarla.

Paseó la vista por el entorno, y le horrorizó la imagen de un millón de soldados–tritón dispuestos para la batalla. Golpeando, torturando a las más recientes víctimas de su ataque. Cuerpos desmembrados y heridos de muerte se repartían sin orden por una plaza que antaño fue hermosa, antes de que el fantasma de una revuelta armada la convirtiese en fortín. Tritones y otras bestias del mar devoraban en cualquier rincón fragmentos irreconocibles de sus amigos, mientras apilaban otros en enormes despensas de carne. Para ellos, los hombres de la superficie, los respiradores de oxígeno que antaño habían sido ellos mismos, ahora no significaban más que carnaza.

La urbe que había sido su proyecto retozaba ya impregnada en sangre.

–¿Qué… Qué es todo esto? ¿Qué habéis hecho?

–Lo que se esperaba de nosotros. Fuimos creados para la guerra, y guerra hemos traído. Durante años se utilizó a los Hombres–Tritón de Luna como soldados prescindibles en todas las batallas, sin importar cuántos sufrieran o perdieran la vida, porque no hacía falta más que sus máquinas clonadoras para generar otros cuantos sustitutos. Pues a ver con qué pelean ahora.

–Estáis locos. No podéis declarar la guerra a Neptuno.

–¿Eso piensas? No nos hemos levantado contra Neptuno, sino contra Naciones Unidas, que es quien nos esclaviza.

–Es lo mismo.

–No. No tiene nada que ver, y tú lo sabes mejor que nadie. La ONU es Abdel Haqq, y Abdel Haqq es quien nos mató y nos convirtió en peces. ¿O acaso ya no recuerdas a tu propio hermano, querido Baghram?

Sus ojos se abrieron como si le hubieran golpeado, sabiendo que el impacto provenía de un momento imborrable de ocho décadas atrás. Y de algún modo se alegró de no quedar sin castigo.

–¿Qué has dicho? Es… Es imposible que te acuerdes. Haqq aseguró que no conservaríais la memoria.

–¿Qué sabe Haqq del poder de la vida? ¿De la evolución que es más grande que cualquier imperio? Hemos evolucionado, hermano, y nuestros cerebros recuerdan. No de forma nítida, son apenas nubes borrosas, porque ya no respiramos aire ni vemos con los mismos ojos, pero el conocimiento sigue ahí. Y con él el dolor.

Bajó la mirada, y rompió a llorar como un niño pequeño. Y las lágrimas se mezclaron con las corrientes que fluían a su alrededor, como un destino aciago e imparable. Nam tomó su rostro con manos gigantescas pero cuidadosas, y sonrió.

–No llores. Ya apenas recuerdo lo que es vivir en la superficie, ni tener que sufrir la gravedad. Estos cuerpos son el futuro, la máxima evolución a la que pueda aspirar el hombre. Nadamos como peces y luchamos como demonios. Podemos respirar en cualquier ambiente imaginable, incluso en el fango, en la lava, o en el vacío del espacio. Vivimos muchos más años que antes, y con una fortaleza nunca vista. Kirham tenía razón. Somos el mañana.

–¿No… No me guardas rencor por lo que hice?

–¿Por qué debería? Me hiciste libre, hermano. Libre de los tejemanejes de la Tierra, libre de la muerte y del envejecimiento. Y ahora que hemos conquistado las máquinas de transformación de Nilidia, libre de doblegarles por siempre. Igual de libre que te hecho a ti. Observa tu nuevo cuerpo, y sé feliz.

Movió las manos, y supo que todo había terminado al fin. Ya no eran rosadas, sino de un verde grisáceo que latía a cada momento. Su piel estaba hecha de gruesas escamas, y sus dedos eran garras más fuertes que el acero. Sus brazos eran gigantescos de pronto, y su pecho tan firme y poderoso como el de un titán. Respiró hondo, y notó la furia del océano entrando en él. Rugió, y dientes tan largos como puñales le recordaron que tenía mucha hambre.

–¿Qué significa esto?

–Que volvemos a ser hermanos, y que esta vez nada podrá separarnos.

Se abrazaron, y compartieron cena y fervor. Un millón de fieles soldados aclamaron su reencuentro, mostrando sus terribles armas manchadas de sangre humana. Era el poder de la vida. Era venganza por todo el dolor que habían sufrido, desde el primer día en que pusieron un pie en ese planeta, nueve décadas atrás.

Ahora ellos se habían convertido en los señores absolutos de Neptuno, igual por derecho genético que por conquista. Ahora no había fuerza en todo el Universo capaz de detener su avance, pues aunaban el poder de la guerra con la completa entrega de las cuentas pendientes.

Volaron sobre el mar, abandonaron la atmósfera que tanto bien y mal les había hecho, y se dirigieron en silencio a consumar su venganza.

Las temidas hordas del Rey Nam de Luna, ahora secundadas por su propio hermano Ashar. Ya no existían ni Lun ni Baghram Kanegusi, ni dolor ni traiciones añejas, y ningún hombre solitario tocaba música en un faro.

Ya sólo había una cosa en todas sus conciencias: la sangrienta Guerra de las Colonias.

Porque en un viejo dialecto nilidio, Ashar significa Historia.

Y el pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla.



REFERENCIAS


1. Homoformación: Actividad sistemática de transformación de la especie humana, no tanto para adaptarla a medios hostiles como usándola para romper los límites de la propia Naturaleza. Formulada por el doctor Yussuf ben Kirham en los primeros años del Siglo 24, se considera homóloga del proceso de terraformación llevado a cabo en todos los cuerpos celestes del Sistema Solar, con la diferencia básica de que la terraformación plantea someter el Medio Ambiente a las necesidades fisiológicas de la especie humana, y la homoformación sólo se dedicó a crear monstruos por deporte. En todos los casos se hablaba de evolución y progreso, aunque en la práctica no hubiera más que geneticismo atroz. Ya por entonces habían aparecido los ejemplos de Extinta, la Ciudad de las Razas Olvidadas (donde existían viejos dinosaurios y una cultura de hombres de Neanderthal evolucionados) o un Marte plagiado de las novelas de E. R. Burroughs, pero nada semejante a lo que aún habrían de ver: Nano–Ciudad (donde soldados nilidios eran miniaturizados para tácticas de infiltración), la Brigada Insecto (moscas y mosquitos cargados con bombas) o Isla Dragón (reino dominado por lagartos en distintos estadíos de desarrollo). Semejantes horrores, más propios del doctor Moreau, sólo hallarían su fin tras los años de la Guerra, y una vez que se viniera abajo el poder imperial de las Naciones Unidas.

2. Ley de Control de las Especies: Edicto promulgado por la ONU en el año 2113, como consecuencia de la extensa proliferación de los llamados No–Hombres, seres creados por manipulación genética a partir de especímenes animales inocentes. En esta ley se establecieron claramente los límites que no podía cruzar ninguna de las sociedades científicas mundiales, el primero de los cuales era la manipulación del genoma humano para fines no terapéuticos. Estaba permitido transformar a animales, pero en ningún caso a los hombres. Como es lógico, este precepto no tardó en romperse, por parte de los mismos gobernantes que lo habían escrito. Y cuando ya se hizo demasiado claro lo que estaba pasando (los casos de Extinta, Venus o las razas de marcianos), el Consejo General de la ONU inventó el concepto de la Homoformación, con el que pretendió tapar su culpa. Y la mayoría de Gobiernos del mundo lo secundaron.

3. Adaptación Genética al Medio: Teoría que pretendía explicar las clarísimas manipulaciones genéticas que estaba llevando a cabo el Gobierno de la Tierra con sus propios ciudadanos, vistiéndolas de una falsa evolución etnológica que pocos científicos serios llegaron a creerse. El concepto básico radicaba en una pretendida transformación espontánea del genoma humano en respuesta a unas condiciones ambientales adversas, algo similar a las antiguas teorías de evolución expuestas por Lamarck, según las cuales “La función crea el órgano”. De este modo, se buscaba dar razón a las alteraciones corporales y fisiopatológicas de individuos inocentes por medio del contacto con atmósferas extrañas. El único punto que esta teoría no pudo (ni quiso) abordar era cómo es posible que hubiera condiciones ambientales tan hostiles en las Colonias cuando ya habían sido plenamente terraformadas.

domingo 18 de octubre de 2009

36. REVOLUCIÓN



Resumen de lo publicado:

El Universo se fragmenta,
la vida sufre el horror de su destino,
y la palabra “guerra” acude a los labios de todos.
Poco queda para contemplar su nacimiento.


36

REVOLUCIÓN

« El ser humano conoce únicamente una forma de expresarse: a través de la violencia »

Sábado, 1 de Enero de 2400.
06:00 h UTC.

Todo empezó una fría mañana de Enero, con las primeras luces de un año que habría de ser funesto en la Galaxia.
Venus nunca fue un planeta excesivamente frío, ni caliente, ni apenas habitado, de forma que el hecho de que la revuelta prendiera antes allí ha sido desde siempre un misterio que ni los más hábiles historiadores han podido entender. Sus montañas no eran especialmente altas ni bajas, sus ríos no eran demasiado caudalosos, y en general ningún aspecto de su orografía resultaba duro ni hostil, por lo que no podemos imaginar que sus habitantes fueran en ningún caso infelices, ni que tuvieran motivos para llegar a las armas.
Venus era un infinito jardín, un reducto de belleza y amor entregado al deleite, donde estaba prohibido por ley sufrir penurias. Los campos lucían cubiertos de amapolas, de rosas y margaritas mostrando al sol sus brillantes colores, de trigales y manzanos preñados de la vida y el esfuerzo de los hombres. O de algo parecido. Había ciudades, pero nada que rompiera la sutil armonía con la naturaleza, apenas unos pocos asentamientos difusos en los que reunirse por la noche los millones de robots que colonizaban la tierra. Labradores, ganaderos, una suerte de cazadores–recolectores hechos de silicio que en nada más se diferenciaban de aquellos pioneros prehistóricos.
La superficie de Venus era propiedad de los androides, que se la habían ganado a pulso con ese sudor ficticio de agua hiperconcentrada. No había modelos muy avanzados en ese lugar, ningún holoandroide con el rostro de los hermanos Pinzones, y en ningún caso tenían derecho al voto. Eran tan solo máquinas viejas y olvidadas, un puñado de robots obsoletos que decidieron quedarse en Venus después de la terraformación, y por los que nadie se preocupó demasiado. “¿Quieren vivir allí?”, preguntó en su día el Emperador Haqq. “De acuerdo, que vivan. Así tendremos quien are la tierra sin que haya necesidad de pagarlo”.
El líder del Movimiento Androide Venusiano era el capataz Ikbal ben Kamil, un tipo honrado y modesto que había nacido y crecido en aquellos jardines artificiales, y cuya única existencia era labrar los campos hasta quedar sin baterías. No era alguien importante, sólo un obrero más en un mundo de obreros, pero el día en que llegaron a la transformación completa de la atmósfera de Venus, y les ordenaron volver a casa para una nueva misión, Kamil y los suyos se lo tomaron como algo personal.
Hubo disturbios, y ataques suicidas a los puestos de la ONU, y una repentina sucesión de malas cosechas. Los robots demostraron una inmensa crueldad hacia aquéllos que se proponían vivir de su trabajo, y con sus actos llegaron a poner en jaque toda la economía de suministros del Sistema Solar. El Ministerio tuvo que elegir: o una guerra larga y absurda que podría arruinarles por completo, o admitir algunas de sus desbordadas peticiones. Sin embargo, aquellas máquinas no eran consideradas autónomas por la Constitución de Ginebra, no eran modelos lo bastante evolucionados como para que pudieran decidir por sí mismos. La mayoría estaban considerados como simple mano de obra mecánica, eran apenas un brazo dotado con un disparador láser, o un remachador de tuercas, o un gigantesco ascensor hidráulico con claras tendencias comunistas. El mismo Ikbal ben Kamil fue considerado líder de la revuelta como uno de los pocos androides venusianos dotados de movimiento, y que por tanto podía acudir en persona a las reuniones, en lugar de transmitirse las imágenes a sus cerebros metálicos. Él arengaba a los robots en torno a la bandera de la vida de silicio, él luchaba en persona en las manifestaciones pro–derechos mecánicos, y nunca hubo un día en que flaquease su esperanza.
Ikbal ben Kamil era realmente un traje espacial de último modelo, y como tal su capacidad de pensamiento resultaba muy limitada, pero no así la voluntad con que defendía sus ideales.
Por eso fabricaron las Sirenas.
La ONU estaba de acuerdo en admitir algunas de las reivindicaciones de las máquinas, pero oficialmente no podía pactar con ellas por no considerarlas ciudadanos autosuficientes. Así que la idea fue poblar Venus con algunos seres vivos que hicieran de mediadores.
La elección fue una extraña raza de mujeres capaces de comunicarse sin habla, de reproducirse por esporas y de respirar sin un solo átomo de oxígeno. Así nacieron las Sirenas Espaciales. Eran entes efímeros, eran fantasmas silenciosos moviéndose entre planetas, como pastores de rebaños de miles de naves. Ellas guiaban las rutas de viaje por el hiperespacio, con una seguridad y precisión mucho mayor de lo que podría hacer cualquier computadora. Y con este poder otorgado por la ciencia fue como se desarrolló la colonización de mundos lejanos. Con la mano firme de estas damas sin voz, con la férrea voluntad de unos soldados genéticos, con el poder y sacrificio de unos tripulantes sin faro.
Las Sirenas se criaron en los cielos del Planeta Jardín, y desde aquel purísimo azul sin nubes se extendieron por todo el Universo, con sus ropas de gasa y sus figuras torneadas, con su ética del placer carnal y un sinfín de ciudades voladoras. Eran princesas, eran ángeles, eran el sueño de cualquier hombre adulto, y así lo demostraban cada primer día de Enero, en la fiesta del sexo libre en que las Sirenas quedaban preñadas sin amor. Cada Año Nuevo se reunían en torno a los fuegos de la diosa Venus, y rezando sus plegarias fornicaban hasta ver la luz del día, como demonios hambrientos, como bestias liberadas y en celo.
Y a los productos impíos de esa horrible fiesta, que siempre curiosamente eran niñas, se las consideraba hijas favoritas de la misma diosa, y por tanto dignas sucesoras de las Pastoras de Naves.
Así ocurrió durante siglos, el perfecto equilibrio entre las dos razas de Venus: las máquinas horadando la tierra que consideraban suya, las Sirenas colonizando las alturas y el Cosmos. El Universo expandiéndose solo.
Hasta que en 2400, de pronto y sin previo aviso, todas las gentes de Venus decidieron rebelarse contra el poder omnipresente de la ONU.
Fue justamente el Uno de Enero, en lo más profundo de la fiesta en honor de la diosa, cuando la sangre se bañaba en alcohol y sustancias prohibidas, y la carne se inundaba de deseo. Un millón de Sirenas Espaciales procreaban con hombres desconocidos a los que nunca amarían, cuyos nombres ni siquiera habían escuchado, cuyas vidas no les importaban, sólo su simiente. El fuego de colosales hogueras iluminaba sus actos primitivos, oscuros, al compás de una maraña de tambores que marcaba el devenir de sus cuerpos sin conciencia, de sus instintos primarios, como un ahogado corazón de lujuria y perversiones. Era una fiesta sucia, y tan antigua como la propia Historia de los Hombres.
Sin otra luz que el rojo de las llamas danzando en sus cuerpos exaltados. Sin más ojos que las innumerables estrellas observándoles.
Y en ese instante las hogueras parecieron cobrar vida con fuerza, se multiplicó su ferocidad por encima del éxtasis salvaje de aquellas mujeres sin habla, y mirando a través del tupido muro de llamas pudo contemplarse un rostro. Una mujer, pero que en nada parecía un ser humano, sino más bien una rara entidad cósmica tan vieja como el mismo planeta que pisaban. Un espíritu, un concepto puro de fresca vitalidad y lujuria, un fantasma de ojos brillantes como el nacimiento de una estrella, y de voz clara y dulce a pesar de estar hecha del oscuro crepitar de maderas y hierbas. Una diosa, aparecida en el momento de mayor fervor religioso de sus fieles.
– ¡Oídme, Pastoras del Universo! ¡Escuchadme, hijas de las Galaxias y el Viento Cósmico! ¡Yo soy Venus, vuestra diosa y reina por derecho propio, encarnación de la tierra y los cielos que os han visto nacer, y madre orgullosa de la mejor sangre que ha hollado este Sistema Solar! ¡Escuchadme, y postraos ante mí!
Y al sentir esas palabras traspasando su carne y sus conciencias, las Sirenas abandonaron el placer que habían estado buscando durante toda la noche, y se arrodillaron temerosas. Y ni por un instante se atrevían a levantar la cabeza y observar el rostro de su ama.
– Estamos aquí, señora – murmuraban –. Nos presentamos ante ti, y escuchamos tus palabras.
– ¡Hacéis bien, Sirenas, pues es a Venus a quien debéis vuestra lealtad absoluta! ¡Y será Venus quien os guíe en esta hora de necesidad! ¿Qué habéis hecho con vuestras vidas? ¡Os miro y me avergüenzo! ¡Admitís que os utilicen como máquinas de procrear, como sucias muñecas del sexo y el placer de los hombres, sin derecho a alzar la voz en contra o negaros a las turbias fantasías de vuestros amantes! ¿Qué sois, bacterias en un tubo de ensayo? ¡Incluso ellas gozan de más libertad! ¡Yo os crié como princesas de un mundo onírico, os hice mujeres excepcionales, dignas de un futuro excelso! ¿Y qué veo ahora? ¡Esclavas! ¡Rameras baratas! ¡La degeneración de ser sólo carne regalada! Sirenas Espaciales… ¡Ja! ¡Putas espaciales, diría yo!
– ¡Oh, gran diosa, no te enfurezcas con nosotras! ¡Creímos actuar de acuerdo con tus enseñanzas! El culto a nuestros propios cuerpos… El conocimiento del placer y los disfrutes sexuales…
– En efecto, eso os lo enseñé yo, pero la carne nunca será más valiosa que la dignidad, y vosotras habéis sacrificado la moral a cambio tan solo de un éxtasis efímero. ¿Acaso os parece que esos hombres con los que yacéis creen alguna de las palabras hermosas que os regalan? ¿Confiáis en el amor que os aseguran, o en la entrega de sus sentimientos pretendidamente puros? ¡Les habéis regalado vuestros cuerpos, que son el más valioso tesoro del Cosmos, y con ello os transformáis en siervos fieles! ¡En vez de reafirmar quiénes sois, lo único que veo es carne fácil!
– ¿Y qué debemos hacer, señora? ¿Cómo ganar de nuevo la honra, y vuestro agrado?
– En primer lugar, vestíos, y enseñadles a los hombres a qué clase de mujeres han amado. Si desean volver a contemplaros desnudas, tendrán que demostrar con sangre que han entendido la divinidad que hay en vosotras. Que no sois muñecas, sino diosas.
» Y luego marchad al corazón del enemigo, al mismo núcleo de su imperio en Nilidia, donde sabrán a qué raza de mujeres guerreras han intentado esclavizar. ¡Tomad las armas, Sirenas Espaciales, y marcad vuestro camino con sangre ajena!
Y así ocurrió.
La revuelta estalló en Venus antes que en ningún otro sitio, cuando un millón de Pastoras de Naves asesinaron a los hombres que compartieron su lecho, y desde allí se lanzaron espada en mano al planeta donde todas habían sido creadas, donde se les concedió la venia de existir bajo su sombra. Pues nunca más.
Imbuidas del poder de la misma diosa Venus, las Sirenas destrozaron todo cuanto hallaban a su paso, y marcaron con fuego y muerte las tierras que consideraban de su propiedad.
Y así fue como dio comienzo la maligna Guerra de las Colonias.



“Nadie puede bañarse dos veces en el mismo río”, había dicho en su tiempo Heráclito. Ni perder para siempre la misma batalla.
Arturo Pagliani observó con detenimiento el rojo atardecer sobre los picos de Ciudad Burroughs, y sonrió satisfecho de sí mismo. El frío y la oscuridad corrieron libres por entre los gigantescos bloques de cúpulas agudas, donde un infinito número de militares y secretarias marchaban ya a dormir antes de que anocheciera, antes de que otro tanto número de militares y secretarias se dispusieran a tomar sus puestos de trabajo en la engrasada rueda del vivir.
Marte era un reloj de secuencia perfecta, un eterno compendio de amaneceres grises y noches heladas, de un tiempo de perros que enseñara a sus gentes el auténtico valor del trabajo humano. Marte era un cuartel, en la forma más amplia de lo que pueda significar esta palabra, moviéndose día tras día al compás de las manillas del reloj y de las órdenes.
El primer año de la colonización hubo un festejo sentido, una celebración que habría de perdurar para siempre. El entonces Señor de Marte, el General Omar Bekkrin de Nilidia, instaló a la entrada del campamento que se convertiría en Ciudad Burroughs un altísimo reloj hermano del mítico Big Ben, y que ordenó fabricar por entero en basalto y plata. La Torre del Reloj fue el primer edificio construido sobre la superficie de Marte, y el que más acabaría marcando la vida de sus pobladores. Al ritmo de sus frías campanadas se orquestó la vida y la existencia de un millón de valientes colonos, luego de cien millones, luego de mil, y después la guerra. Al sonar de su rítmico tañido los hombres temblaban en sus sillas, los más arrogantes se estremecían de pavor, y un aliento helado invadía las calles de todo un planeta, pues sólo con oírlo eran conscientes de que el amo y dios de Marte los estaba vigilando en las alturas.
La Torre del Reloj fue en tiempos el Palacio Señorial de Omar Bekkrin, luego el de Arturo Pagliani, y después la guerra.
El mejor lugar del mundo para ser consciente de aquéllos que le debían hasta su alma.
Pagliani sonrió al pasar los ojos por su territorio, y detuvo un rato la lengua en el negro y agudo borde de su elegante bigote. La baranda estaba fría bajo sus manos. El viento llegaba frío por el oeste. Su tripa rugía caliente por la mezcla de licores.
– ¿Estás contento, humano? – dijo una voz desagradable a su espalda.
– Sí, mi señor. Contemplo tu obra, y todo pertenece al dorado Gobierno de Marte. Hemos vencido a un ambiente que siempre ha sido hostil, y hemos hecho de este lugar tu mejor obra. Ahora al fin puedo mirar este planeta y sentirme orgulloso.
No sólo el planeta. Sus gentes son dignas de honra.
– Gracias a vos. Hemos logrado que coexistan en paz individuos de lugares remotos, y fisiologías diversas. Los Hombres Rojos con sus ciudades–estado y su gobierno de los Canales. Los brutales Hombres Verdes, gigantescos nómadas reducidos a la barbarie. Los misteriosos Hombres Amarillos, que habitan el Polo en soledad y se dedican a capturar naves incautas. O los temidos Blancos que dominan la telepatía y el control de la voluntad ajena (1). Todos ellos viven y luchan bajo el respeto a la bandera tricolor (2), y al Gobierno que yo represento.
¿Y por qué crees que lo respetan, humano?
– Por miedo. Los hombres nacen y mueren como parte de algo más valioso que ellos mismos. Todos son piezas de un engranaje demasiado complicado para que puedan entenderlo, y sus vidas no valen más que aquello que el Estado decida que valen. El Gobierno somos todos. El Estado es un concepto mucho más importante que cualquiera de sus miembros. Y la muerte es uno más de esos elementos de a diario.
Veo que has comprendido bien mis lecciones.
– Soy un hombre afortunado, mi señor. Me nombrasteis líder de un planeta hermoso, y creo que he servido noblemente a mi cargo. Ellos sirven al Estado, y yo gestiono sus… lealtades. He hecho todo cuanto hacía falta, y el resultado es Marte.
– ¿Y qué crees que te pide ahora Marte, Arturo Pagliani?
El chileno guardó silencio durante un brevísimo instante, buscando una respuesta a la aguda pregunta de su amo. Y enseguida comprendió a lo que se refería.
El horror brotó ante sus ojos como una flor lozana.
– Guerra. Lo próximo que debe encarar este mundo es la guerra. Vos gobernáis a través del miedo, y lo único que mantiene unidas a las razas de Marte es el pavor a vuestra crueldad desmedida. Cualquiera puede morir a cada instante, y eso hace que nunca puedan unirse en mi contra. Pero es un equilibrio inestable. Los pueblos desesperados toman medidas desesperadas, e incluso el miedo a la muerte puede ser vencido en situaciones extremas. Debemos buscar una nueva razón, y la única posible es el odio. Dirigir su odio, enfrentarlo a algo que repudien más que a nosotros, a alguien a quien teman hasta el punto de que les compense estar a nuestro cargo.
¿Y quién es el único que puede ser el blanco de ese odio?
– Abdel Haqq. No cabe duda. Venderemos su piel a precio de oro. Culparemos a su Gobierno de la escasez de alimentos y fármacos que nos han servido para controlar las revueltas, y hermanaremos a todos los hijos del miedo en una gran oleada de caos y destrucción.
Serás repudiado, y temido a la vez.
– No, mi señor. Vos seréis repudiado y temido. Yo soy sólo un instrumento de tu furia. Y sabré conducirla como debo.
El General tragó saliva de un modo apenas perceptible.
La amenaza había sido lanzada. El recuerdo de un viejo enfrentamiento armado que destrozó un planeta y lo partió en bandos heridos de muerte. La promesa de algo millones de veces más terrible, más sangriento de lo que nunca supo la Historia. La guerra más inmensa que puede concebir la mente humana.
En 2192 se estableció la primera colonia humana en Marte por obra y gracia del General Omar Bekkrin. Sesenta y ocho años después, Arturo Pagliani había ordenado que lo ejecutaran. Ahora él era el Señor de Ciudad Burroughs, Portador de la Llave Dorada de la Guerra, y Cabeza Visible del Culto del Dios Marte. Y sin embargo no dejaba de ser un esclavo.
En su lucha por el poder había contemplado a Hombres Rojos matándose contra Verdes, ataques magnéticos a naves pilotadas por humanos, filósofos albinos que malviven en su insana decadencia, y monstruos alados que se ocultan en cavernas y devoran carne humana.
Y ahora, como última decisión en su escalada perpetua, iba a conducirlos a todos a la Tierra, a enfrentarse a la más poderosa máquina de destrucción que habría existido jamás, y a la muerte segura de muchos millones de marcianos. Y lo haría con mano firme, sin dudar un instante.
En 2260 Arturo Pagliani renunció a la fe católica y abrazó el paganismo, y justamente ese año declaró la guerra al Gobierno legítimo de la colonia. Y se convirtió en esclavo de sus nuevas creencias. De las orgías eternas y el sadismo. Del poder absoluto ganado a través del horror.
En 2400 volvió a hacer igual.
Miró de nuevo hacia el balcón, y observó una última vez las pacíficas y solitarias calles de su reino, y entendió que no habría vuelta atrás. Que la Historia le condenaría como un traidor, y un cruel dictador vanagloriado. Que sólo les esperaba el desastre.
Y que no había forma humana o divina de evitarlo.
Y sin abrir ni un instante la boca, fijó su vidriosa mirada en la enorme esfera oscura que realmente gobernaba el planeta. La imagen turbia y cambiante del poderoso Kur. El Dios de Marte.
– Prepararé las naves, mi señor, e informaré a los nuestros. No harán falta muchos preparativos…



La Tierra se enfrentó así a la peor amenaza que hubiera podido imaginar. Las Sirenas Espaciales y los Amos de la Guerra. Las Furias desatadas, las Erinias de la antigua mitología. El Ejército como forma de vida, como explicación de todo cuanto hay o puede haber.
Una vez más, incluso en el Siglo 26, los hombres seguían siendo de Marte, y las mujeres de Venus. Y sólo por esta vez, habían logrado ponerse de acuerdo en algo.


REFERENCIAS


1. Gentes de Marte: Desde el nacimiento de la vasta colonia en el Planeta Rojo, muchos habían sido los pueblos que hollaron su superficie, y con los que el Ministerio de la Ciencia Terráqueo se divirtió jugando a manipular su ADN. La raza dominante eran los Hombres Rojos, un grupo altamente evolucionado que vivía en ciudades–estado y controlaban el viaje a través de los Canales. El General Omar Bekkrin era su indiscutible líder militar, y para guiarlos había establecido su base en la formidable Ciudad Burroughs, orgullo y enseña de la Historia Marciana.
La segunda población en número y poder eran los Hombre Verdes, nómadas que habitaban en tribus y se regían por leyes de tortura y barbarie. Gigantescos, con cuatro brazos y armas primitivas, su estampa arrasando los campos de Marte a lomos de sus bestias (conocidas como thoats) se hizo temible a lo largo y ancho del Cosmos.
Los Hombres Amarillos se consideraban extintos, consecuencias de una desviación genética que no pudo sobrevivir, pero pronto se supo que realmente permanecían ocultos en una antigua fortaleza en el Polo Norte Marciano, secuestrando naves del Gobierno mediante su rayo tractor magnético y esclavizando a sus tripulaciones de modo cruel.
Los Hombres Blancos habían sido en los primeros tiempos gobernantes y dueños del Planeta Rojo, pero en la actualidad sólo existían unos pocos de ellos, apenas mil y todos varones, aislados de sí mismos y la Galaxia en una perpetua búsqueda del saber interior. Dominaban la telepatía y podían hacer suya la voluntad de cualquier hombre, pero en general no estaban interesados más que en debatir durante siglos acerca de cuestiones filosóficas. En 2260 Arturo Pagliani hizo uso de ellos para ganarse la confianza de los Hombres Rojos y organizar una revuelta que le entregase el poder.
Los Hombres Negros no son realmente oriundos de Marte, sino de sus lunas, Fobos y Deimos, y desde allí han organizado incursiones violentas en el territorio de la ONU por medio de su poderosa flota espacial. Se les considera terroristas y piratas cósmicos de gran peligro, aunque ellos se autoproclaman dioses, muy por encima del nivel general de los marcianos.
Todos estos grupos de seres, y otros de menor número e importancia que habitan sobre la superficie de Marte, fueron creados por las Divisiones de Manipulación Genética de la ONU, como parte de su proceso de terraformación del Planeta Rojo, y todos ellos participaron con igual vehemencia y poder bélico en la revolución armada de 2260 que acabó con la vida de su líder Omar Bekkrin. Finalmente el poder en la colonia siguió en manos de los Hombres Rojos, aunque bajo la guía y tutela de Arturo Pagliani.
Estos pueblos y sus características habían sido diseñados de acuerdo con las viejas novelas del prolífico escritor Edgar Rice Burroughs, como una muestra más del humor cáustico y la manipulación de las gentes que eran tan famosas en los tiempos de Abdel Haqq. Y del mismo modo que había pasado en esas narraciones del Siglo XX, las razas de Marte parecían condenadas a luchar unas con otras por toda la eternidad.
2. Bandera de Marte: Símbolo del Gobierno Marciano, y de la gran diversidad de razas y pueblos que habitan sus tierras. Tomando como base la popular Trilogía Marciana del novelista Kim Stanley Robinson (Marte Rojo, Marte Verde y Marte Azul), que afrontaba en la década de 1990 el problema de la terraformación en un mundo alienígena, se compone de tres franjas verticales que representan las distintas fases de su manipulación hasta hacerlo habitable. Adoptada por la Mars Society y la Sociedad Planetaria durante el Siglo XX, presidió el viaje de colonización del Mars Columbus I en Abril de 2053, y es la representación de un sueño y una confianza en el futuro. La primera colonia extraterrestre más allá del Sistema Tierra–Luna, y la que más beneficios económicos y militares ha granjeado a Naciones Unidas.

domingo 4 de octubre de 2009

35. LA CONDENA DE LOS PIRATAS


Resumen de lo publicado:

Toda batalla encuentra su fin,
por mucho dolor que provoque.
O más bien el comienzo de un nuevo mañana.


35

LA CONDENA DE LOS PIRATAS

« Si vis pacem, para bellum (Si quieres la paz, prepárate para la guerra) »

Flavius Renatus Vegetius

Sábado, 9 de Febrero de 2509.
09:00 h UTC.

El 1 de Septiembre de 1939, Adolf Hitler envió una carta en la que ordenaba a su médico personal, el Dr. Karl Brandt, y al Reichsleiter Philip Bouhler, jefe de la Cancillería del Reich, que: “ampliaran la autoridad de ciertos médicos, a designar nominalmente, de modo que a las personas que, según juicio humano, y sobre la base del más cuidadoso diagnóstico de las condiciones de su enfermedad, se consideraran incurables, se les concediera una muerte compasiva”.

Órdenes como ésta pusieron fin a la vida de unas 300.000 personas en Alemania y los países ocupados.

Karl Brandt diría más tarde en Nuremberg que “personas enfermas incurables” significó ante todo “personas dementes”.


La batalla había terminado.

La guerra acababa de empezar.

Escila miraba en silencio la cubierta de su Galera, y el salvaje maremágnum de cuerpos destrozados. Unos amigos, otros enemigos, ya no importaba... Los lamentos de los heridos llegaban hasta él, como la amarga canción de terribles sirenas, y en lo más hondo del Capitán no provocaban sino el dolor atroz de la pérdida de seres queridos. De hermanos, más que compañeros.

Era lo que al principio, después de la Segunda Guerra Mundial, se había llamado “El síndrome de los campos de concentración”, pero que a partir del desastre de Buffalo Creek en 1972, pasó a denominarse, de forma más general, “El síndrome del superviviente”. La descripción es ya todo un clásico de la Psiquiatría: ansiedad intensa hacia el fallecimiento, imágenes repetidas y recuerdos del desastre, pesadillas y pensamientos obsesivos. Culpa por la muerte de otros, búsqueda de responsables. Un marcado sentimiento de malestar por la supervivencia, aunque el propio enfermo admita que es ilógico. Embotamiento emocional. Deterioro de las relaciones sociales. Intento desesperado por encontrar una explicación racional a los hechos, en ocasiones recurriendo a la fe, la venganza u otras creencias atávicas.

Escila respiró hondo, y abrió de nuevo las compuertas oscuras de su alma, ese antiguo y odiado reducto tras el que ocultaba días como éste. El mar de los recuerdos sucios, que noche tras noche amenazaban con desbordarle. Respiró hondo, y a costa de un esfuerzo titánico, logró cerrar las compuertas.

El olor de la sangre venía en oleadas de una abrumadora intensidad, conforme una legión de robots miniaturizados intentaba limpiarla a toda prisa. Pero resultaba inútil. La sangre era ya parte indivisible de la destrozada Galera, de los suelos y los techos rotos en mil sitios, de los recuerdos, de sus vidas.

Los cuerpos irreconocibles y confusos de mil hombres se apiñaban sin control en las esquinas, mezclados y pudriéndose despacio, al tiempo que fuera de los tupidos ventanales empezaban a surgir las bestias de la carroña, los buitres y tiburones del espacio, atraídos por el olor infecto de la batalla.

Ésta era la vida del pirata, su discurrir. Su dolor.

Y por un brevísimo instante, Escila soñó con no haber iniciado nunca esta guerra, y no perderla. Habría sido tan fácil, en realidad. Aceptar el destino que le deparaban los dioses, ser un general nilidio como su padre. Capitanear un bajel del Imperio en estas mismas regiones.

Y sacrificar todo aquello que pensaba, todo por lo que valía la pena vivir. Sus convicciones, sus altísimos ideales. Todo lo que era convertirse en Escila.

Pero al menos de esa forma, los hombres no sufrirían por su culpa, no se sacrificarían por agradarle, y su cabeza no tendría un precio tan alto como para tentar a viejos piratas desesperados.

Miró al frente, y dejó que su espíritu volase más allá de la tragedia. La vida no tiene retorno. El destino es sólo el que uno se construye a golpe de puño y espada, y nunca puede derribarse para construir uno nuevo, como si de un viejo edificio se tratase.

Escila dejó de mirar a la cubierta, y se giró para contemplar a sus capitanes, que ya le aguardaban en la popa del Alejandría. Allí estaban Sauno y Tercedio, el valiente Ardo, e incluso el mal afortunado Cornelius. Todos bebían vino, pero nadie reía.



Aktion T4 fue el nombre oficial del programa de eutanasia de enfermos mentales llevado a cabo durante la época nazi. Consideradas como “vidas indignas de ser vividas” (en alemán, “Lebensunwertes Leben”), alrededor de 200.000 personas inocentes fueron exterminadas por este motivo. Su nombre provenía de la calle en la que estaba situado su cuartel general, la tristemente famosa Tiergartenstraße 4 (“Calle del Jardín Zoológico, número 4”). Patologías como la esquizofrenia, epilepsia, demencia senil, retraso mental, minusvalías físicas, niños con taras congénitas o judíos fueron tratados en estos “centros”, siempre con mortal eficacia. Sólo a la vista de las altas chimeneas y el terrible olor a carne quemada fue como la población empezó a darse cuenta de lo que estaba pasando, y las protestas resultaron inmediatas. El proyecto tuvo que ser detenido en el acto.

Sin embargo, el asesinato de adultos y niños enfermos continuó de modo más secreto, menos centralizado y con aún menos requisitos burocráticos, en algunos casos incluso hasta tiempo después del final de la guerra. Los médicos nazis tuvieron completa libertad para eliminar a sus pacientes mediante sobredosis de fármacos, o más fácilmente, no dándoles de comer.


– Ha sido lo peor que he sufrido en mi vida – dijo el Capitán –. Yo he contemplado batallas horribles en las que enormes ejércitos eran masacrados sin conciencia, y he visto a las tribus de Germania pelear como lobos, con una ferocidad y un ensañamiento que me asustaron igual a mí que a las legiones nilidias a las que aplastaron. Pero incluso ellos luchaban por algo. Lo de hoy ha sido una matanza entre bestias, la aniquilación completa de dos tripulaciones de hombres valientes por culpa de los malditos militares terráqueos, que engordan en la capital a costa de soldados inocentes a los que envían a morir por ellos, a costa de hombres que no nacieron nilidios pero que están condenados a morir como tales, sirviendo a un Imperio sobre el que escupirían. En verdad os digo que a veces me arrepiento de esta lucha, pero en días como hoy me devuelven la fe en lo que hacemos.

» Hoy han muerto hombres nobles, muchos, algunos de ellos grandes amigos nuestros, y también muchos cobardes, y sus restos están mezclados por la furia de la batalla. Harán falta duros trabajos para despedirnos de ellos, y luego reparar los daños causados en nuestra nave. Tú te ocuparás de coordinarlo, Sauno.

» Por otro lado, comprobaremos los navíos a los que nos hemos enfrentado, y conservaremos lo que pueda sernos útil. Daremos empleo en la ciudad a los pilotos que me han ayudado. Guardaremos el mascarón de proa del Némesis para abandonarlo cerca de Roma, con la cabeza de Lentino colgando de él. Y hay un cadáver envuelto en mantas que prometí devolver a su patria. Ésas son las tareas que nos aguardan, amigos míos, y un futuro esquivo por delante.

– ¿Y qué pasará con nosotros? – preguntó Cornelius.

– Hemos perdido a muchos hombres – añadió Sauno –, y los que no están muertos ni heridos han perdido la voluntad. Se quedan sin hacer nada, tumbados sobre la cubierta, que está llena de olores putrefactos, y pronto vendrán las gaviotas espaciales a comerse los restos de los marinos. Si les dejamos seguir así, no habrá servido de nada esta victoria.

– Dadles vino, y asado caliente, y agua con la que lavarse. Dadles nuevas ropas con las que vistan sus cuerpos heridos. Dadles el apoyo incondicional que se merecen, el brazo de un hermano que siempre tendrán dispuesto a ayudarlos, y dejad que poco a poco vayan olvidando el horror.

– ¿Y crees que con eso bastará? – dudaba Ardo.

– No, desde luego que no, pero no podemos permitirnos el lujo de pararnos ahora a llorar nuestras pérdidas. Si lo hiciéramos, pronto nos uniríamos a Lentino y los suyos.

Caminó por el diminuto rincón, y miró a los ojos de sus hombres de confianza. A aquéllos que le habían seguido a través de un océano de muerte y pesares, a los únicos que habían creído en su lucha y le habían apoyado por encima de cualquier duda.

Y vio honor.

– Yo sé que habéis sido muy valientes, mis viejos amigos, y os admiro. Tan pronto como volvamos a pisar tierra firme, pagaré a un escriba para que redacte vuestra hazaña, y seréis inmortales. Pero de momento, por lo que a mí respecta, la batalla no ha terminado. Igual que pudimos caer bajo las espadas nilidias, ahora podemos morir víctimas de enfermedades, o por falta de víveres y agua potable. Limpiemos la nave, pongamos rumbo a Tarraco y cumplamos las tareas que os he propuesto. Os juro que, con el dinero que nos den por las pertenencias de nuestros enemigos, invitaré a todos los hombres a una gran noche de fiesta en Hispania, con buenas bebidas y mujeres que nos hagan olvidar. ¡Y ahora moveos, gandules, que no tenemos todo el día!


La iniciativa Aktion T4 no fue sino el principio del exterminio organizado durante los tiempos de la Alemania nazi.

Campos de concentración, Operación 14f13, Reinhard, la Conferencia de Wannsee… Judíos, polacos, comunistas, homoseuales, o simplemente personas sin culpa alguna que fueron conducidas al exterminio absoluto, en cifras que superaron los cientos de miles de muertos sin sentido.

Muchos de los médicos y científicos que intervinieron en el Holocausto nunca sufrieron el castigo que merecían. Huyendo de la justicia en unos casos, o encontrando asilo en otros países que los ocultaron de la opinión pública, siguieron con frecuencia llevando a cabo experimentos en humanos, y degradando todavía más las barreras de la ciencia.

El profesor Jaxon Grünenthal, por ejemplo, que había lanzado un dirigible lleno de gas tóxico sobre la ciudad de París en 1936 (y que cerca estuvo de exterminar a todos sus habitantes, de no ser por la intervención de la espía oriental Lilian Yeh), se convirtió nueve años después en el Ministro de Ciencia de Nilidia, protegido por el mismísimo Abdel Haqq en persona. Otros sabios inmorales nazis siguieron el mismo camino, como el Coronel Johann Weiss, responsable de ese mismo ataque sobre “La Ciudad del Amor”.

Durante los juicios sumarísimos de Nuremberg, no hubo cargos contra muchos de los que realizaron tamaños horrores, porque venían dictados por una ley promulgada por el Estado Alemán.

Y así fue, lentamente, como los rudos piratas del Alejandría fueron limpiando los restos de la salvaje batalla. Limpiándolos de su orgullosa galera esmeralda, y de sus duras conciencias de vikingos.

No sería fácil, ni llevaría sólo un día olvidar el espanto al que se habían enfrentado.

Pero tendrían que hacerlo.

Porque aquél era su mundo, su hogar, su tierra y su galaxia, y para esto era para lo que un día nacieron. Para mirar más allá de la sangre y el entrechocar de las espadas, y hallar en lo más profundo de su ser la auténtica voluntad de los hombres fieros. La voluntad de enfrentarse a todo un Imperio, sólo por un vago sueño de libertad.

Y navegaron de nuevo, con la vista inmóvil en el extraño futuro que pudiera aguardarles, en el amargo destino que adivinaban para sí.

Y así fue, muy despacio, como los hombres más temidos del Cinturón de Asteroides volvieron a sus ocupaciones, y tras una batalla que haría grandes sus leyendas y temidos sus nombres, el Alejandría volvió a surcar el Espacio.

Hasta que el dios de la guerra les llamara de nuevo a la lucha.

Porque estaban condenados al acero y la sangre, para siempre.



Así pues, ésa es la historia, amigo mío, tal como la escuché de sus labios, y como tuve la ocasión de contemplarla por mí mismo.

La historia de cómo hallé al pirata Escila, y cómo, por ventura de los dioses, acabé sirviendo en su tripulación. Ahora ese tiempo parece a nuestros ojos oscuro y borroso, perdido en la bruma del pasado. En efecto, mucho transcurrió desde entonces, y no siempre para bien. Los hados se confabularon de nuevo en nuestra contra, y demasiados hombres buenos cayeron bajo la furia del acero nilidio. Y no fue sólo hombres que murieron por su culpa.

Más que nada, murió un sueño.

Lo que antaño fue esperanza, fue ilusión, y hermandad de naves y batallas, acabó transformado en miedo, en persecuciones de noche a ningún lado, en olvido. Llegó el día en que no tuvimos espaciopuerto donde cobijarnos, ni amigos, ni catacumbas seguras. La recompensa por cabezas capturadas se hizo demasiado alta, y el pueblo estaba oprimido en exceso por unos impuestos crueles e inhumanos. Nadie iba a protegernos si podían ganar unos megacréditos fácilmente.

Las tropas registraban cada villa, cada puerto, cada almacén abandonado. Las familias eran explotadas, torturadas, interrogadas a diario, hasta lograr que confesaran algo que no sabían. Y aun así, necesitaron una batalla más grande que la misma Historia para acabar con los Piratas del Cinturón de Asteroides.

Nos destrozaron, Catalio. Nos mataron.

Puede que yo sea hoy el último que queda de los nuestros, puede que mañana sea poco más que carroña. Pero no terminarán con nosotros.

Podrán matar a los hombres, quemar las naves, sobornar a los escribas para que mientan, pero nadie podrá matar la esperanza. La lucha por un futuro mejor.

Ya no hay Escila, ni piratas vikingos, como no hay galeras liburnias. No queda vivo ninguno de aquéllos, ni Sauno, ni Tercedio, ni el contramaestre Cornelius, ni Ardo el eunuco. Pero el ansia sigue viva, en el corazón de todos los hombres justos. Y vendrá un día a reclamar a aquéllos que pretendieron acallarla, a los que usurparon el poder y mataron a sus enemigos, a los infieles.

Ellos nos llamaban piratas, y asesinos, y ladrones. Pero otros nos llamaron héroes, y abrazaron nuestra causa hasta el fin de los tiempos. Hasta que el acero y la muerte acabaron nuestro viaje en un mal día.

Sé que cientos de hombres osados lucharon junto a Escila y vertieron su sangre dignamente, y ni un millar de mentiras terráqueas podrá cambiar eso, ni convertirnos en demonios. Sé bien quiénes fuimos, y la causa que defendíamos, y mi honra sigue intacta.

Y puedo decirte que en verdad llegará un día en que seremos recordados, mucho después de que nos hayamos podrido bajo tierra. Cambiará el mundo, viajará el sol muchas veces por el amplio cielo, pero nadie olvidará la hazaña de los piratas, que se alzaron contra un Imperio de cobardes, y plantaron cara. Cuando tenían todo en contra, no temblaron, sino que apretaron sus armas con fuerza, y dieron un paso adelante.

Y nadie podrá quitarnos eso, mucho menos el indigno Emperador de Nilidia. Porque incluso él caerá, te lo prometo, algún día caerá de su ornamentado trono de joyas, y será arrastrado por el fango para divertimento de aquéllos de los que se mofó.

E incluso entonces, seguirá habiendo piratas…

domingo 27 de septiembre de 2009

34. UN AVE FÉNIX EXTRAÑA Y MANIPULADORA



Resumen de lo publicado:

Cuando los tiempos se vuelven terriblemente oscuros,
es momento de que todos se alíen en defensa de la paz.
Incluso aquéllos que se suponía que estaban muertos.
¿Verdad, Eleonora?


34

UN AVE FÉNIX EXTRAÑA Y MANIPULADORA

«Todo va bien, señores: La Teniente Guzmán está a punto de llegar a Tánger»

Miércoles, 12 de Enero de 2400.
00:32 h UTC.



Cuarenta cartones pintados
con palos de ensueño, de engaño y amor.
La vida es un mazo marcado,
baraja los naipes la mano de Dios.

– ¿“Papá”? ¿Cómo que “papá”? Mi padre está muerto desde que tenía siete años. No sé a qué estás jugando, ni quién sos vos, pero desde luego no sos mi padre.

El viento y las lluvias torrenciales golpeaban con saña los falsos ventanales victorianos, las falsas tejas, los irreales muros de piedra cubiertos de enredadera.

El anciano bajó la mirada con una sonrisa juguetona, y siguió desempeñando el papel que había planeado en una vida anterior.

– Querida, ya sé que esto puede parecer duro para vos, pero es lo correcto. Mi verdadero nombre es Héctor Guzmán, aunque ahora todos se dirijan a mí como Control. He estado cumpliendo con ese personaje desde hace casi cien años, justamente desde el día en que tuve que fingir mi propia muerte para escapar del enemigo. Vos no lo entendés, hija, pero no hubo otra opción. Nunca me dejaron volver a ser tu padre, querida Liona.

Y removió los cubitos de hielo en su ancho vaso de whisky, girando sutilmente la huesuda muñeca. Su mirada era flamígera y vidriosa, con las llamas de la gigantesca chimenea británica ardiendo en sus ojos, en el cristal tallado del vaso, en el hielo esculpido. Y todo era mentira. El vaso, el hielo, y los ojos del hombre.

La porteña se volvió dominada por la ira, y agarró el pomo de la puerta dispuesta a marcharse. Pero ella tampoco tuvo opción, y el pomo se escurrió entre sus dedos como si tuviera vida propia, y todo se convirtió en niebla.

– No podés escapar sin mi permiso. Se llama El Limbo, es un Universo de Realidad Virtual, una dimensión entre las dimensiones, inaccesible más que con la adecuada secuencia vibratoria. Nadie puede entrar ni salir de este reducto de la Creación si yo no lo permito. Así que volvé aquí y hablá conmigo.


Las malas que embosca la dicha
se dieron en juego tras cada ilusión,
y así fue robándome fichas
la carta negada de tu corazón.

Eleonora bufó, pero intentó que la rabia no la dominase, mientras la bella casona del Siglo XIX desaparecía envuelta en vapores, y toda su vida se mostraba igual de falsa. Igual que un brillo efímero en un vaso de whisky.

– De modo que ahora vivís aquí… papá.

– Es el cuartel general de El Proyecto Omega, la División Secreta de Inteligencia del Gobierno Panamericano, y que ahora está englobando a la de Nilidia. ¿Comprendés la importancia de mi papel? Yo soy el puente que va a unir naciones a ambos lados del Atlántico, y si ha sido posible fue más que nada por la terrible amenaza que se cierne sobre el planeta. Por eso debemos estar todos unidos.

– ¿Y tenés un buen sistema de comunicaciones?

– Por supuesto. Desde aquí podemos acceder a cualquier lugar del mundo, y conseguir todo tipo de tecnología que los científicos sean capaces de imaginar. El aire mismo se compone de átomos cambiantes, la sustancia metamórfica de la que están hechos los trajes de los oficiales nilidios. Con sólo una presión mental podés crear materia sólida, y manipularla a tu antojo.

– Umm… Pues no me parecía. Porque pasaron muchos años desde tu supuesta muerte hasta que ocurrió la de mi madre. Y en todo ese tiempo no te importó que ella te considerara una víctima de guerra. Que llorara todas las noches acordándose de vos. Que dejara siempre la luz prendida porque pensaba que no habías muerto, y quería que no te fuera difícil entrar en casa. ¿Lo sabías? ¿Sabías que todo eso ocurrió?

– Sí. Sí, lo sabía. Pasé años vigilándoos a todas, soñando con poder volver a casa y decir que todo había sido un error. Pero no me dejaron.

– ¿Quién? ¿A quién vas a colgarle la mentira? Nadie tiene la responsabilidad de aquello sino vos. El único culpable de destrozar mi familia. ¿Realmente querés ser mi padre? Entonces vas a tener que aguantar todas mis quejas.


¡Hagan juego!
Monte criollo que en tu emboque
tu ternura palpité.

Y volvió a sentarse en lo que parecía un confortable sillón de cuero rojo, mientras a sus pies nacía un suelo de refulgentes baldosas blancas y negras. Como si el mismo decorado intentara recomponerse. Como si el disfraz de átomos cambiantes respondiera a los oscuros pensamientos de su dueño, y todo pareciera más acogedor entre roídos ejemplares de Fausto y Martín Fierro. Entre las palabras añejas de Homero Manzi.

– Tenés derecho, Liona.

– Y no me llamés Liona nunca más. Ya no sos quién para usar ese nombre, desde el día en que estuviste de acuerdo con fingirte muerto. El día en que no te importó que lloráramos por ti.

– Querida, debés escucharme. Yo no hice eso por gusto, pero había asumido tal grado de responsabilidad en el Gobierno que estaba consiguiendo una gran cantidad de enemigos, gente a la que no le importaba dañar a mujeres y niñas con tal de llegar hasta mí. Pensaban secuestraros a todas, torturaros, haceros cosas horribles para destruir al Presidente. La única salida para manteneros al margen de todo fue hacerles ver que había fallecido, y que había otro ocupando mi lugar. ¿Entendés?

– Sí, claro, ¿y quién era ese terrible enemigo que te estaba buscando?

Control levantó el vaso frente a sus ojos de ofidio, y su contenido se transformó en un escuadrón de aviones de la Legión Cóndor trazando piruetas sobre una antigua pista abandonada en Longboyau, y el odio más profundo en los colmillos de un gorila.

– La GDR, el mismo grupo que ahora ha organizado esta trama de asesinato de espías. Un comando terrorista germano que odia a los altos cargos de Nilidia, y que está llevando al Cosmos al borde de una guerra universal. Por eso necesitamos todo el poder del que seamos capaces. Por eso he decidido reclutarte, hija, y contarte quién soy en realidad. Primero porque ya no temo por tu vida, y segundo porque ahora hacés falta a una autoridad mayor que la mía. ¿Te negarás a ayudarnos?

Y ahora fue ella quien reía, pero de un modo tétrico. Como si ya no le importase.

– Sos un maldito hipócrita. Venís a mí después de cien años, contando que la vida que he conocido hasta ahora es sólo una mentira, y esperás que me olvide de todo y te abrace como a un padre. Es imposible.

– No intento que nos reconciliemos, supongo que es demasiado tarde para eso. Hay demasiadas historias que tendríamos que contar, y ahora ya no hay tiempo para nada. Sólo te pido que luchés a mi lado, hija, en la última oportunidad que nos queda para evitar la guerra. Vamos a enviar un comando a Tánger, donde se encuentra el reducto de nuestros enemigos, y quiero que seas la agente principal. Si aceptás, prometo que luego te contaré todo lo que deseés. Qué he estado haciendo durante este siglo, qué significa El Proyecto Omega, y los planes que tengo de futuro.

– Y si no acepto, me quedo como estoy, ¿verdad?

– Te ofrezco a cambio un billete de ida a Buenos Aires. Regresarás a tu vida en el Ejército. Nuevas misiones, un destino diferente… Los tiempos cambian, no creo que nada vuelva a ser lo mismo. Si estalla la guerra, tu grupo será absorbido por una agencia militar de la ONU, que ya está tomando el control de todos los soldados que hay en la Tierra. Y siempre quedará en tu conciencia el que podrías haberlo evitado…

La espía observó el profundo vacío de blancura que los rodeaba, fluyendo como la savia de un organismo vivo, y supo que era una especie de tábula rasa. Que su vida podría empezar de nuevo, y desprenderse de todo ese profundo horror que llevaba años sufriendo. De toda la sangre y basura que había acumulado en mucho tiempo de eliminaciones programadas.

Y supo también que el hombre que se autoproclamaba su padre la estaba manejando.

Pero es lo que ocurre en los tiempos de guerra. Los aliados se convierten en traidores a todos los bandos, y no hay nadie más solo en el mundo que un soldado. Por eso tenía que elegir por sí misma. No por su padre, ni por sus lejanos amigos bonaerenses. Sólo por Eleonora Guzmán, pese a quien pese.

– Muy bien. ¿Querés que tome una decisión? Pues la he tomado. No te quiero como padre. Mi padre murió por su país, y es un héroe de la Nación Argentina. Vos no sos más que un cuentista y un buitre del Ejército. No me importa lo que habés hecho en cien años, ni en mil, ni voy a escuchar tus historias de aventuras fantásticas, o de lo mucho que te sacrificaste por nosotras. ¿Lo habés entendido? No pienso volver a verte en toda mi vida.

» En cuanto a la misión, si eso es lo único que realmente buscás de mí, no tenías por qué contarme nada. Vos sos mi superior, y obedeceré las órdenes que reciba, como llevo haciendo desde el día en que te mataron. Pero entonces, que venga otro a dármelas. Quiero a Tiger Li, o incluso a Lucas Marten, y entonces podremos sentarnos a hablar de la GDR.

– Se supone que Marten es tu enemigo.

– Pues entonces imaginá lo que pienso de ti.



¡Hagan juego!
Me mandé mi resto en cope
y después de los tres toques
con tu olvido me topé

El anciano asintió de buen grado, como si aquello fuera sólo una pequeña concesión en medio de un enorme conjunto de premios y ganancias. “Puedo permitirme esto”, se dijo. Era apenas un diminuto sacrificio de tiempo y energías. Y de autoridad.

Movió una mano, y la gigantesca cortina de niebla se levantó por sí sola, mostrando una amplia zona pedregosa salpicada de altos picos de montaña. Era la nada, de igual forma que antes de evaporarse la blancura, era un rincón perdido en mitad de una falsa creencia de tierra. El aire se había vuelto más puro, el cielo más azul, la mañana limpia y esperanzada. Y seguía siendo mentira, igual que la chimenea y las baldosas, y los tomos de Balzac y La Regenta.

Eleonora miró embobada la luz del paisaje artificial, y vio cómo las figuras diametralmente distintas de Lilian Yeh y Lucas Marten se dirigían caminando hacia ella. Sonrió, y notó una breve pero confortante sensación de seguridad.

Las dos mujeres se abrazaron, con un afecto más allá de las manipulaciones.

– ¿Qué ha pasado? ¿Qué lugar es éste?

El Goriloide envió una cortísima mirada al pequeño hombrecito que parecía moverlos a todos, y no sonrió en absoluto.

– ¿Ves ahora que no te mentía, Guzmán? Nuestros respectivos Cuerpos de Inteligencia se están fusionando, o más bien están siendo absorbidos por un nuevo Servicio Secreto de la ONU. El Proyecto Omega es el núcleo de ese Departamento recién creado. Hay mucha tensión, y demasiada gente buscando un asiento que ocupar.

– Por la guerra…

– Sí, eso también.

– Ya te dije lo que estaban haciendo – cortó Li –. Marte quiere socavar los cimientos de la ONU, porque saben que hasta ahora ha sido sólo una oficina de muchas cabezas distintas. La única opción de plantarle cara realmente es convertirnos en una sola nación unida, en una patria de todos los hombres de la Tierra, que luchen juntos frente a un enemigo terriblemente poderoso.

– De ahí que asesinaran a espías veteranos, para evitar la fusión.

– Justamente, cariño. El Ejército de Marte ha hecho uso de toda su crueldad para que no pudiéramos convertirnos en rivales. La GDR ha sido su brazo armado, y tengo que admitir que con bastante eficacia.

– Pero, ¿qué es esa GDR? ¿Y cómo es que no he oído hablar de ellos antes?

El enorme simio gesticuló en el aire como un mimo, y de él aparecieron las mismas imágenes de un antiguo campo de aviación donde nadie pensó que se ocultaran, y una reunión en dimensiones paralelas. Y cuando habló, destilaba un odio inmenso en cada una de sus frases.

– GDR es la abreviatura de “Gesellschaft die Rache”, en alemán “La Sociedad de la Venganza”. Es un comando de activistas pro–independencia de Europa, y más concretamente de Alemania. Fue creada a modo de sindicato neo–nazi en los últimos años del Siglo 21, y no dio más problemas que unas cuantas pintadas subversivas y unas decenas de inmigrantes asesinados a lo largo de las décadas. Por eso nunca habíamos oído de ellos, porque eran una cuestión menor dentro de las labores de la Policía. Actuaron en favor de Guillermo de Gales durante la sublevación del Reino Unido (1), sirviendo como quintacolumnistas dentro del organigrama del Ejército del Emperador, sin grandes logros. Como digo, una cuestión menor, al menos hasta que la Cúpula de Marte los eligió como sus espías en el territorio de Nilidia. Eso ocurrió en algún momento impreciso a lo largo del Siglo 22, momento en que la GDR obtiene un cheque en blanco para rearmarse como mejor le parezca, y un nuevo líder, el asesino de masas que recibe el nombre de Marfán. No disponemos de ninguna imagen suya, ni documento o testigo que pueda describirlo, sólo sabemos que se trata de un Goriloide de gran tamaño, cuyo único distintivo es un enorme tatuaje en su cráneo pelado, con forma de escorpión de plata. Lo que sí es seguro es que, desde el momento en que Marte puso a este ser al mando de la GDR, su capacidad y objetivos se han visto multiplicados de manera exponencial. De hacer unos cuantos grafitis en Berlín han pasado a planear atentados contra el mismo Emperador Haqq, y a eliminar a varios de sus altos cargos. Por eso ahora sí que vamos a ocuparnos de ellos.

– Marfán es el líder, y pretendéis que yo lo elimine. ¿Cierto?

– Es el mayor peligro que ha enfrentado esta Galaxia, Guzmán, y está poniéndonos a todos en una tesitura tan arriesgada que tal vez ninguno sobrevivamos a la Guerra. Necesitamos un agente libre que pueda infiltrarse en su cuartel general y decapitar la serpiente. Te necesitamos, Guzmán.

Y éste fue el momento en que el anciano Control volvió a intervenir en la charla, y todos guardaron un respetuoso silencio.

– ¿Y bien? ¿Te convences de lo que te estoy hablando, hija mía? Marfán es el Señor del Crimen en Tánger, y debemos pararle los pies ahora que todavía no hemos caído al abismo. Ponemos en ti nuestras últimas esperanzas,… Liona.

La espía aguantó la respiración durante unos segundos, y vio que no tenía muchas salidas. Sí, podía limpiar su nombre y buscar una vida diferente que aguardaba a su futuro… pero siempre a través de la muerte a domicilio. Sería una cosmonauta y heroína del pueblo, en el momento en que asesinara a quien ellos querían.

Como había ocurrido demasiadas veces antes.

Respiró hondo, y dio la única contestación posible.

– Muy bien. Llevadme a Tánger. Yo me ocupo del resto.


Perdí los primeros convites
parando en carpetas de suerte y verdad.
Y luego, buscando desquite,
cien contras seguidas me dio tu maldad.

Un segundo más tarde, ya sin la dulce presencia de la espía, aquel viejo entramado de nieblas metamórficas dejó de tener sentido, y la hermosa chimenea y el ventanal mojado se esfumaron para siempre. En su lugar regresaron las paredes cubiertas de máquinas, el aire purificado, los tonos blanquecinos e impersonales. Una maraña de voces confusas daban noticias secretas en un millar de lenguas distintas, mientras las luces transparentes de holograma daban vida al asesinato programado de André Coubert, de Maurice El Kuhn, Arkady Vrishnev, y el Comandante Yasser Al Azhouf. Pero todas ellas pasaron a convertirse en secundarias entre los dedos huesudos de Control, al tiempo que una sola imagen llenaba su vista ensayadamente impersonal: La Gran Mezquita de Tánger.

El lugar donde todos sus planes terminarían por llevarse a cabo.

– ¿Estás feliz con esto, Control? – dijo Lucas Marten en un tono bastante poco cordial –. Tu hija es una buena persona, lo cual realmente es algo infrecuente hoy en día, y menos aún en este trabajo. Pero tú en cambio la mientes, la utilizas para esta sucia trama, aunque sabes que la guerra es algo inevitable. Espero que esta noche puedas dormir, porque yo realmente no podría. Y sabes que no soy alguien especialmente… escrupuloso en estas cosas.

El viejo observó con atención la blanca y refulgente medina de la antiquísima Ciudad de los Dos Mares, y una sola frase brotó de sus labios, con todo el desprecio que pudo:

– Tu trabajo ha terminado, nilidio. Puedes retirarte.

Y entre las dos opciones que se mostraban ante él (obedecer las órdenes o arrancarle la cabeza al espía y luego comerse sus huesos), Lucas Marten prefirió respirar hondo y esfumarse entre una nube de niebla.

Porque al fin y al cabo, como siempre que ocurre en Política, una sola persona no puede estar por encima de todos. Es mucho más fácil sacar provecho de ella y luego ordenar que la maten.

Del mismo modo que había dicho el Dios Manzi:


Me ofrece la espada su filo,
rencores del basto te quieren vengar.
Hoy juego mi trampa tranquilo
y entre oros y copas te habré de olvidar.



REFERENCIAS

1. Guerra de Liberación del Reino Unido: Sublevación armada por el que el Gobierno de la Provincia de Inglaterra pretendió ganar la independencia del gigantesco Imperio de Nilidia, sin lograrlo. En el año 2066, el Príncipe Guillermo de Gales (hijo mayor del Rey Jorge VII, monarca sátrapa del Reino Unido a las órdenes de Abdel Haqq) encabezó una revuelta militar con el apoyo de los miembros más extremistas del Ejército y del antiguo Gobierno de su patria, atacando de forma sistemática los puestos de poder de los enviados nilidios. Como era de esperar, las consecuencias resultaron inmediatas. Tras diez años de largo conflicto y casi un millón de víctimas en ambos bandos, se obtuvo un controvertido acuerdo de paz: el líder rebelde ascendía al trono de Inglaterra con el nombre de Guillermo V, consiguiendo una independencia fiscal, militar y económica absolutas, debiendo únicamente obediencia al Emperador de Nilidia de forma teórica (hecho éste que nunca tuvo que ponerse a prueba). Las esperanzas de la ciudadanía inglesa en un futuro nuevo y prometedor quedaron pronto sepultadas. Con el poder otorgado sin elecciones al brazo más conservador y reaccionario del Parlamento, la situación se volvió cada vez más difícil. La vida se militarizó, se estructuró de forma inamovible, sin que nadie pudiera alzar la voz en contra.

domingo 6 de septiembre de 2009

33. EL CHACAL DE GERMANIA



Resumen de lo publicado:

Todo terminó.
Los Piratas de Júpiter vencieron en la batalla.
Por desgracia, el precio a pagar ha sido alto.
Tal vez demasiado.


33

EL CHACAL DE GERMANIA

« En la guerra, como en el amor, para acabar es necesario verse de cerca »

Napoleón Bonaparte

Sábado, 9 de Febrero de 2509.
06:00 h UTC.

Cayo Lentino despertó como de un sueño, con la cabeza latiéndole como si tuviera vida propia. Por un segundo se preguntó si estaba muerto, y sólo unos minutos después deseó haberlo estado.

Antes incluso de abrir los ojos, ya notó que se encontraba en posición erguida, inmóvil, atado de pies y manos por fuertes cadenas y, según la brisa helada que acariciaba todo su cuerpo, completamente desnudo.

Lentamente su mirada se aclaró, y vio los restos de la batalla. Restos deformes y poco agradables de observar, fragmentos de sus propios hombres y de la nave sobre la que había luchado durante los últimos veinte años, y en la que hoy había perdido. Vio su propio fracaso, y el modo en que estaban disfrutando sus captores.

Recorrió la escena con sólo un breve vistazo descuidado, y en su misma presencia halló ante sí al norteño al que estuvo a punto de matar en combate justo, al contramaestre al que sus hombres pisotearon como una alfombra, y a un joven alto y fornido de larga melena negra y poblada barba, vestido con una túnica corta de color rojo sangre. Y al instante supo quién mandaba en aquella Galera.

– Tú debes ser Escila – habló muy despacio, con la boca reseca.

El Pirata sonrió, con el macabro deleite de quien puede pararse a hablar un rato con su prisionero, antes de empezar a torturarlo durante el resto del día.

– Dices bien. Yo soy Lucio Augusto Alzino, natural de Hispania, y apodado Escila (1) el Pirata. Yo soy líder de los llamados Patriarcas del Cosmos, y en general de todos los Piratas del Cinturón de Asteroides. Y tú eres la vergüenza de los hombres, Lentino. Has vendido a tus hermanos y a tu patria a cambio del oro terráqueo, has presentado batalla a los que fueron tus compañeros y, de no ser por mi astucia, nos hubieras matado a todos. Pero esta vez has mordido más de lo que puedes tragar, y ahora soy yo el que te tiene en sus manos. Y quien encuentra a Escila no tiene escapatoria. ¿Hay algo que quieras decir, rata, antes de que permita que mis hombres se diviertan contigo?

– Tú no eres un pirata como el que yo fui – respondió el mercenario, entre susurros –. Sólo atacas naves de la ONU, y se dice que tienes aspiraciones políticas. Tú no haces esto por dinero. ¿Quién eres, joven chacal, que tienes al Ejército temblando como una hoja?

– ¿Tanto te asombra? Soy hijo de un Terráqueo, el general Cornelio Alzino, y gracias a él conozco bien los métodos y las intenciones de tu maldito Imperio. Ellos invadieron mi patria, e impusieron su cultura, su moneda y hasta su lengua a una nación mucho más vieja que Nilidia, y que doblegaron sólo por la fuerza de las armas. Se han paseado por todo el Universo con la arrogancia de quien se cree su dueño, y ya es hora de que alguien les pare los pies. Yo he unido bajo mi mando a todos los piratas del Sistema Solar, y los he convertido en un ejército que plantará cara a las legiones nilidias. Tal vez algún día incluso caminaremos sobre las ruinas de un Imperio.

– ¡Ja! Eres un crío, y tienes sueños de crío. ¡Cómo se nota que nunca has mandado a un verdadero ejército! Tranquilo, las FAE pisotearán esos sueños, y entonces verás la realidad por ti mismo.

Escila apretó los dientes con furia desmedida, pero al fin sonrió. No era más que el último tiro de una pistola ya vacía, y no podía ofenderle en absoluto.

– Qué poco sabes… Sí he mandado un ejército, y más numeroso de lo que tú hayas visto nunca. A mí me siguieron todas las tribus bárbaras de las fronteras del Norte, y atacamos con tal furia los puestos nilidios que hicimos que desplazaran la linde hacia el sur.

» ¿Sabes quién es Bellian el Grande? Era un famoso bandolero de las colinas de Germania, que atacaba convoyes nilidios para alimentar a los míseros pueblos de montañeses, su gente. Pues bien, mi padre, Cornelio Alzino, general de las honrosas legiones del Imperio, fue mandado a terminar con su revuelta por el entonces cónsul Tiberio. Y embaucó al hermano pequeño de Bellian para que lo traicionara, a cambio de inmensas riquezas y una finca, prometiéndole que no harían daño a su hermano, que se contentarían con desterrarle a una isla desierta. ¡Pobre iluso! Como es lógico, tan pronto como supieron dónde estaba su campamento, lo arrasaron, mataron a Bellian y a su familia (incluido el infeliz delator) y a muchos de los aldeanos que le seguían. ¡El bueno de Cornelio, siempre tan cumplidor! ¡Y el maldito Ejército Imperial le retiró con todos los honores, y a él sí le regalaron una finca en Hispania! ¡Cornelio Alzino, que no era más que un asesino, un carnicero, una bestia de la guerra! Eso es lo que busca el Imperio, y eso es lo que valora en sus hombres.

» En aquella finca nací yo, en la alta sociedad hispana, la que vive en secreto urdiendo planes de venganza contra Haqq, entre el incienso de las ofrendas y el brillo del oro, mientras sonríe como una hipócrita a los mismos amos que la odian. Pero también la sórdida Hispania de los mercenarios del puerto, de los ladrones de poca monta y sus escasos botines, de las naves piratas. Aquel lugar me asqueaba, me producía la mayor repulsa que puede sentir un muchacho hacia el lugar donde nació.

» Y en cuanto pude, a la edad de quince años, visité Germania, intentando conocer la tierra donde se forjó el mito de gran soldado de mi padre. ¿Cómo crees que me sentí al ver a aquella pobre gente, aún llorando a sus familias después de una década, y aún escupiendo al oír el nombre de Cornelio, al que llaman “La rata que vino del sur”? ¿Y al ver a los fornidos soldados, todo brillo y majestuosidad con sus grandes corazas, haciendo uso de crueles derechos de conquista sobre las mujeres y los niños, riéndose del valor de un pueblo sometido, y gastando sus riquezas con las manos sucias del profanador? ¡Por Júpiter, aquélla era mi gente, vestidos con la misma ropa que yo, hablando mi misma lengua, y se estaban portando como bestias! No pude soportarlo más, acabé con sus vidas, y fui expulsado del Ejército. Y entonces asumí el mando de aquellas gentes, tomé su valor, y les regalé la libertad. Y ahora la llevaré a mi patria, que tanto la necesita.

– Entonces, tú también eres un traidor, chaval.

– No. Yo nací nilidio, porque eso no está en manos de los hombres, sino de dioses. Pero tan pronto como fui adulto para ver el mundo real, y conocí la terrible maldad y desprecio del Imperio, que aplasta nación tras nación y no permite al hombre desarrollarse como tal, elegí mi papel en la Historia.

» Por otra parte, Bellian tenía una amante, Allasia, hija del líder de uno de los más poderosos clanes de montañeses, y la belleza personificada. En una de las primeras batallas, mi padre la vio, y la quiso para él, y tras el ataque final y la muerte del forajido, Cornelio la hizo suya por la fuerza, y la convirtió en mi madre. De modo que la mitad de mi sangre es germana, y por ello sentía a aquella gente como parte de mí, como mis hermanos perdidos, y fue gracias a eso que logré control sobre las tribus, y ellos me siguieron.

» Y más aún te diré, Lentino: Durante mucho tiempo la cruel sociedad hispánica susurraba que yo no era hijo de Alzino, sino de Bellian, y fui apartado de su mesa, como una bestia que se desecha de la venta. Fui llamado “bastardo” y “malnacido”, y mi propio padre me repudió, creyéndolo también.

» Pues como prefieran, ahora este bastardo va a llevar la guerra a su casa, y el nombre de Alzino será temido y susurrado por los que antes lo vitoreaban.

» ¿Cómo no voy a querer terminar con el Imperio, si me ha empujado a la destrucción y a la muerte, y ha destruido a mi familia? Ahora éstos son mi única familia, los rubios vikingos que me acompañaron desde el Norte, y que no han querido más que estar bajo mis órdenes.

– Ahora veo por qué Nilidia te teme – dijo Lentino –. Tienes el poder y la voluntad para mover los cimientos del Cosmos, pero un hombre así es peligroso. Enviarán legiones a matarte, y pagarán fortunas por tu cadáver. Yo soy uno de esos enviados, así que mátame de una vez, y que tengas suerte.

– Sí, voy a matarte, por dos razones. Primero, porque traicionaste a los que fueron tus amigos, y has diezmado a mis hombres, y sus almas gritan desde el Hades porque les envíe la tuya. Y segundo, para que el Ejército entienda que no podrá detenerme, como señal de aviso para los que vengan después.

» Hallarán el mascarón de proa de tu nave en una playa cercana al espaciopuerto de Roma, y tu cabeza colgando de él. El resto de tu cuerpo lo arrojaremos al espacio, para que los depredadores de Júpiter se alimenten. No hay mayor deshonra para un Pirata que ahogarse en el vacío y que los tiburones cósmicos lo devoren.

– Bien – respondió Lentino, bajando la cabeza, admitiendo su fin –. Haz como quieras…

Y Escila se marchó, dejando a sus hombres el trabajo sucio. Y ni por un segundo volvió la vista atrás para cerciorarse de lo que estaba ocurriendo.

Aquel hombre no se merecía ni que él lo matara en persona.



Éste fue el momento en que Cayo Lentino de Lesbos murió, asesinado por aquéllos mismos junto a los que había servido una vez en las Fuerzas Aeroespaciales, con los que compartió revuelta y deserción, y tesoros robados a las bodegas terráqueas. Y aquéllos mismos a los que traicionó por volver a catar la Fórmula Eternidad, por hollar de nuevo el redil de los justos y los honrados de las Naciones Unidas, y disfrutar otra vez del privilegio de ser un ciudadano. Nadie supo nunca si lo hizo sólo por dinero, por la inmortalidad, o el buen nombre de limpiar su carrera. Y en verdad a nadie le importó demasiado. Se había convertido en un símbolo, en un mensaje de horror que transmitiera al Ejército de la ONU qué clase de hombres eran los Piratas, y lo que podían esperar de ellos.

Éste fue el momento en que el traidor murió, o al menos su recuerdo, porque aún se prolongó por muchas horas el tiempo en que su cuerpo siguió respirando, su corazón latiendo, el miedo atroz fluyendo por sus últimas arterias.

Era medianoche del Nueve de Febrero cuando los restos agónicos del Pirata arrepentido fueron arrojados por la borda del Némesis, y se dice que todavía respiraba. Sin cabeza, pues ésta había sido arrancada para enviarla después a Roma como carta, pero sí de un modo reflejo seguían hinchándose sus pulmones e intentando captar un aire que no llegaría. Tal vez quedaban en su sangre unas migajas nunca utilizadas de Fórmula Eternidad. Lo bastante para que el horror fuera casi perpetuo.

Y allí quedó Lentino, orbitando Júpiter como Europa o Ganímedes, un cuerpo inerte atrapado por la inmensa gravedad del Señor de los Planetas. Hasta que lo devoraran los feroces tiburones cósmicos, las mascotas entrenadas de Amwar Khan, que tantos infelices habían tragado en sus vidas.

Eso fue Lentino a la postre. Un infeliz. Uno más.




– ¿Y qué vamos a hacer contigo? – preguntó Escila al vigía traidor Aluro, con una sonrisa.

El obeso y ridículo hombrecito lo miró de arriba abajo, y rogó el perdón a los Piratas. Su piel estaba abrasada, su pecho ardía como un millar de carbones, y tal vez nunca podría curar de nuevo sus manos. Pero eso a ellos no les importaba.

Los guerreros contemplaban dudosos al hombre que les había puesto en bandeja a su más peligroso enemigo, y que con su solo acto de traición había dado fin a la sangrienta batalla junto a las Columnas de Hércules.

¿Cómo debían actuar con respecto a él?

Mucho se hablaba de ello en aquel instante, después de arrasar por completo la cubierta del Némesis y que éste fuera su único superviviente. Aluro les había ayudado como nadie antes… pero también fue uno más de los Cazadores de Piratas… no un piloto, ni un soldado, pero sí miembro de pleno derecho de aquella horrenda tripulación.

¿Qué determinación tomarían sobre él?

Nadie estaba seguro, nadie tenía la razón, pero lo único en lo que sí estaban de acuerdo era en que tales decisiones sólo competían a un hombre en toda la Galaxia: Escila el Pirata.

– Tú sabes que yo siempre te he sido fiel, Capitán – le lloraba, pidiendo por su vida como un miserable –, pero desde que el mítico Calen Rompehuesos, el hombre al que serví quince años como a un padre, desapareció de la faz de la tierra como llevado por los dioses, nadie pudo sustituirle. Caímos en poder de Nilidia, y ellos me obligaron a traicionarte. Pero únicamente lo hice para ganarme la confianza de Lentino, y un día entregároslo en bandeja. Tú lo sabes, muchacho, tú me conociste. ¡Tienes que creerme!

– No tengo por qué creerte, viejo. Debería acabar contigo, y no quedarían pruebas de vuestra indignidad, pero yo no mato a quien me ayuda. Trabajarás para mí el resto de tu vida, sin más ganancia que el alimento y el lecho. Te llevaremos en mi nave, y servirás como criado al resto de la tripulación. Y si alguna vez me huelo otra jugada, no me contentaré con matarte.

Besó sus pies, y agradeció la voluntad del Pirata como si fuera la de los mismos dioses a los que adoraba. Rogó a Júpiter y Marte que protegiesen la vida del joven Capitán, y que hicieran más fácil el duro camino que había elegido afrontar en adelante.

Y no consiguió nada.

Debe ser que aquel día los dioses no estaban escuchando, pues desde el mismo momento en que Aluro puso un pie en la cubierta del Alejandría, nada trajo el Destino a los Piratas salvo desgracias y horror. Sufrieron padecimientos como nunca en sus largas carreras, perdieron amigos y compatriotas en absurdas batallas, hasta el día en que todos fueron derrotados, muertos, esparcidos por su territorio del Cinturón de Asteroides, y su recuerdo borrado por siempre.

Ése era el futuro que los ruegos de Aluro trajeron a Escila, no mucho tiempo después.

Pero ésa, por supuesto, es una historia para otro momento. No mucho después.



REFERENCIAS


1. Escila: Monstruo mitológico de la Antigüedad atribuido al peligroso Estrecho de Mesina, del que se decía que era navegar “entre Escila y Caribdis”, denominando así, respectivamente, a una temida roca que vetaba la navegación, y a un remolino que podía hundir un barco en apenas segundos. La historia de Escila lo describe como un ser deforme con doce pies, todos horrendos, y seis cuellos larguísimos, cada cual con una monstruosa cabeza en cuya boca había tres hileras de dientes. De sus piernas salían cabezas de perros, cuya voracidad era inmensa. Se dice que este engendro había sido en tiempos una hermosa doncella, transformada de modo cruel por los celos y enfrentamientos de los dioses, de los que se convirtió en juguete.

domingo 30 de agosto de 2009

32. VÍCTIMAS DE GUERRA


Resumen de lo publicado:

Los tiempos se oscurecen para Eleonora Guzmán y los suyos.
El Ejército de Marte ha estado asesinando agentes secretos
por todos los rincones de la Tierra.
Pero, ¿por qué?
¿Tiene en realidad una explicación coherente?
¿Y qué podrá hacer ella, una pobre espía argentina,
repudiada por todos y sin aliados en el frente,
para detener la destrucción cuando ésta explote?


32

VÍCTIMAS DE GUERRA

« El honor es algo demasiado elevado para que lo conozcan los Terráqueos »

Miércoles, 12 de Enero de 2400.
00:16 h UTC.

– Nuestro trabajo aquí ha terminado – dijo el increíble Goriloide –. Ven conmigo si quieres vivir, Guzmán.

La mayor virtud de un espía es ser capaz de esfumarse cuando llega la hora del papeleo.

La noche había caído sobre Estambul, y lo único que quedaba de la horrorosa misión en Santa Sofía era un cadáver con el cuello retorcido y muchos destrozos en la vieja Catedral. Bueno, al menos esto último no iba a costar tanto de explicar a los curiosos reporteros de la WRKO, en medio de esos clásicos andamios de reparación que llevaban siglos entre todos sus encantos (1).

La Policía Interior acordonó la mezquita apenas veinte segundos más tarde de que hubieran encontrado el cuerpo de Yasser Al Azhouf, y su actuación fue rutinaria. Miembros de la Brigada de Investigación Criminal registraron el entorno donde había aparecido el horrendo cadáver, mientras sus diminutos insectos–forense invadían todos y cada uno de los resquicios en busca de algo que pudiera tomarse por pistas. Estudiaban las lesiones cervicales del muerto, trazaban un perfil holográfico del culpable o analizaban los suelos y paredes a la caza de una huella y un rastro. Pero no hubo nada. Quien fuera el autor de aquel asesinato no había dejado tras de sí más que el aire purificado de una atmósfera de ordenador, y demasiadas preguntas sin respuesta.

El Coronel Augusto Madureira contempló en silencio la maraña de robots miniaturizados que flotaban por toda Santa Sofía sin ningún zumbido a su paso. Pequeños y mortales, cargados de aparatos láser de medición y la terca voluntad de un sabio, se preguntó con sorna si tal vez no habrían sido ellos los asesinos. Ningún otro ser en toda la Galaxia, humano o no, habría podido salir de aquel lugar sin dejar huella.

De forma que cuando llamó a la Central para enviar su informe, lo que en su caso eran malas noticias se había convertido en buenas para todos.

– Agente Lazlo en el lugar de los hechos, Código X–36.24.1. Está limpio. No hay señales del sujeto causante, ni en rastreo directo ni en la observación por satélite. Continúo en el área hasta nuevo aviso.

Y recordó cuando, apenas un minuto antes, su ansiada cena familiar había quedado interrumpida para siempre. Julia estaba riendo con una cucharada de sopa en la mano, y Ernesto decía algo cómico sobre la vieja costumbre de los políticos latinoamericanos de convertir sus cargos en vitalicios. Augusto Madureira cenaba en su casa de la playa en Tánger, y la verdad es que le estaba sentando condenadamente bien. Hasta que surgió en el aire el rostro ficticio de la antiquísima actriz Marlene Dietrich, y supo que iba a tardar mucho en volver a estar contento. Más aún cuando escuchó esa voz pretendidamente alemana contarle lo que había sucedido:

– Coronel Madureira, es necesaria su participación en un altercado en Estambul. Hemos sido informados de la muerte violenta del Comandante Yasser Al Azhouf, del Escuadrón de Actividades Infiltradas del Ejército Nilidio. Debe personarse inmediatamente para iniciar las tareas de investigación del caso. Protocolo Gamma.

Y en silencio maldijo su suerte.

“Actividades Infiltradas”… “Protocolo Gamma”… Sin duda un espía en misión secreta que nadie quería ver muerto y tirado en la calle. Datos extremadamente importantes que podían llegar a comprometer a las más altas esferas del Gobierno. Una represalia violenta que él debía hacer pasar por accidente rutinario.

Madureira era el oficial de más alto rango de la Brigada de Investigación Criminal del Ejército, algo así como la policía secreta de Abdel Haqq. Su tarea día tras día era sacar a la luz las conspiraciones y grupos clandestinos que se confabulaban contra dirigentes de su país, y al mismo tiempo ocultarlos de la opinión pública. Nadie en su oficina debía responder ante otros por aquello que hubieran tenido que hacer, sólo por los resultados obtenidos. No se les pedía explicaciones, sólo eficacia.

Eficacia a la hora de prever los ataques, y de devolverlos el doble de intensos. De aislar a individuos potencialmente peligrosos y pagarles con su misma moneda, hasta que no quedara un rincón del Universo que no experimentase la furia de Abdel Haqq. Ellos eran su mano más oscura y menos confesable, su libro de secretos de actuaciones ilegales. Sus ejecutores.

Y por primera vez en años, Madureira había tenido una noche para estar con su familia. Él, directamente, no un clon dotado de recuerdos, ni un androide teledirigido desde la Central. No, esta noche era suya por fin para cenar con su esposa y su hijo antes de que éste se incorporara a la Academia Militar. Una única petición que había hecho al Alto Mando después de cinco décadas de servicio fiel… y ni de esta forma había ocurrido. Ni siquiera organizando las misiones para que no coincidieran todas en el mismo momento, ni coordinando mentalmente a sus hombres por medio de redes telepáticas subliminales. Nada. Todo inútil.

Y lo cierto es que se había esforzado mucho. Mantener una conversación sobre política mientras Dudley y Ororo trataban de infiltrarse en Shamballa (2), mientras la Sargento Vences exploraba una sonda perdida en el Anillo de Saturno (3), o el Teniente Salvo obtenía información sobre los Piratas Jupiterianos(2)… El cerebro de Augusto Madureira había degenerado con los años en un conjunto de departamentos estancos, donde cada grupo de neuronas trabajaba de forma independiente con alguna clase de datos comprometidos, incluida su familia. Si una bomba explotaba en Jerusalén, o se formaba una gotera en el baño. Si los Tritones del planeta Neptuno reivindicaban más envíos de agua dulce, o la hermosa Julia se torcía un tobillo. Todo merecía su parte de atención, y nada se mezclaba en el inmenso cerebro de un soldado.

Por eso, con los años, los militares de más alto rango tendían a desarrollar una inamovible cara de póker. Lograban controlarlo todo, pero dejaban de preocuparse por nada.

Sólo por lo que el Gobierno les decía que se preocupasen.

Sólo por la protección de la Seguridad Nacional de Nilidia, a cualquier precio.

Quién le iba a decir que esa breve cena truncada iba a ser la última vez en que viese a su mujer y su hijo con vida, antes de que un poderoso rayo de energía proveniente del cielo arrasara toda la ciudad y declarara una guerra.

Y entonces se acordaría de todo, de la cucharada de sopa en la mano de Julia, y de la ironía política de Ernesto. De la operación secreta para infiltrar androides en Shamballa, o del fiasco con los Piratas de Júpiter. Incluso de aquel día en que renunció a un trabajo honrado en Yucatán por servir al Gobierno de Nilidia como agente extranjero. Y le premiaron con un puesto de alta responsabilidad en uno de los Cuerpos de Inteligencia más reputados del Cosmos… pero a cambio tenía a mudarse a alguna ciudad del territorio nilidio. Y de ese modo condenó a toda su familia.

Cuentan que Augusto Madureira no derramó una sola lágrima por ellos. Que se encerró en su nueva vida, y no tuvo otra lealtad que por la amarga bandera a la que había elegido servir. Unos le llamaron traidor a América, donde había nacido, otros dijeron que fue un hombre conciliador, gracias a cuyo trabajo se logró la unión de países que hizo frente a la guerra. Lo único seguro es que no tuvo suerte, que fue lo que los periodistas llaman “una víctima de la guerra”... igual que Jenna Brakken, Héctor Guzmán o el Padre Jaime Boccherini.

Igual que la propia Sky Girl.

¿Y quién no lo fue en esta época ingrata?


Mientras, en otra parte del extenso y complicado Sistema Solar, una espía porteña y un Goriloide nilidio surgieron de la nada en mitad de la lujosa habitación de un hotel, y al fin pudieron relajarse.
El sol ya despuntaba sobre los seis alminares de la Mezquita Azul, pero ellos tenían demasiado que correr y mucho que informar a sus jefes, como para fijarse en las antiguas maravillas de la arquitectura islámica.

– ¿Dónde estamos?

El militar arrojó sobre el lecho los escasos restos del traje de infiltración que había llevado, y mostró ante su invitada toda su monstruosa y célebre anatomía.

– En una habitación secreta del Ejército. Si te dijera exactamente dónde, tendría que matarte.

– Bueno… Por la decoración de la sala y la fuerte atmósfera artificial… yo diría que es el Hotel Oceánide, en el Cráter Tycho. Estuve aquí hace unos meses, grabando una conversación de vuestro Jefe de Comunicaciones Lunares. Aunque claro, nunca había pisado esta maravillosa “habitación secreta del Ejército”.

Y Lucas Marten dibujó en su cara una mueca de desagrado. Como si le fastidiara sonreír, pero esa maldita humana no le estuviera dejando otra opción.

– ¿Y por qué dijiste esa frase tan usada de “Ven conmigo si quieres vivir”? En el fondo eres un freak de las películas antiguas, ¿verdad?

– Lo dije porque, a pesar de que hayamos colaborado en esta misión en concreto, sigues siendo una espía enemiga perdida en territorio nilidio. ¿Y sabes lo que hacemos con los enemigos en Nilidia? Te he considerado una aliada temporal porque ambos perseguíamos un mismo fin, y porque en realidad nuestros Gobiernos están cada día más cerca en lo que respecta a Política Exterior… pero eso no significa que te aprecie, Guzmán.

Y Eleonora procedió a desnudarse también, arrancando de su piel oscura las últimas cenizas de lo que una vez fue un traje elegante de noche, y ahora se había convertido sólo en ruinas. Igual que sus últimas misiones.

– En tal caso, si soy una aliada temporal, no te importará que ocupe antes la vibro–ducha, ¿no? Todo sea por la Política Exterior de nuestros Gobiernos…



Una hora después, relajada y al fin limpia, envuelta en un ajustado vestidito de tul negro, Eleonora Guzmán volvió a encontrarse con su extraño compañero.

– De acuerdo. Marte está iniciando una campaña de eliminación sistemática de agentes secretos. Supongo que en eso se incluye la muerte de André Coubert, Maurice El Kuhn, Arkady Vrishnev, Kamâl Haruf y sus escoltas, y el pobre Comandante Yasser Al Azhouf, ante nuestros propios ojos. Y tú y yo somos los únicos agentes sobre el terreno. Yo ya he informado a los míos, y supongo que tú habrás hecho igual. Entonces, ¿cuál será nuestro próximo paso?

– Mis jefes opinan que debemos seguir las indicaciones del tuyo. Así que haremos exactamente lo que te han ordenado que hagas: iremos a ver a Control.

La porteña observó sólo un segundo al monstruo al que debía llamar aliado, y comprendió. No es fácil jugar a un doble o un triple juego entre espías experimentados, y Lucas Marten era un zorro demasiado viejo para ella.

Y por un instante sintió que ninguno de los dos llevaba en realidad el mando en aquel loco torbellino de muerte y aventuras. Era como si les estuvieran conduciendo a un final prefijado. Al desastre, o a algo todavía mucho peor: a una victoria pírrica.

Control.

El misterioso Jefe de Operaciones de la Inteligencia Panamericana, al que no había visto nadie en persona desde que iniciara su trabajo allá en el siglo pasado. Únicamente la Directora del Servicio Secreto, la holoandroide General Mercedes Sosa, podía jactarse de conocer realmente a Control. Ella… y ahora también Lucas Marten.

La terrible sorpresa no llegó nunca a dibujarse en el rostro de Eleonora.

– Muy bien. ¿Y cómo vamos a llegar hasta él?

– Ah, sí, es cierto. Olvidé que a vosotros no os ha dado las coordenadas del Limbo. En tal caso tendré que ser yo quien te lleve.

Movió una de sus gigantescas manazas, y al instante apareció en la nada un compacto muro de teleportación.

– Entra… yo te cubriré de cerca.

– ¿Y por qué debería fiarme? ¿No se supone que no me aprecias lo más mínimo? ¿Abres un portal y yo entro, así de fácil? Debes creer que soy bastante más confiada de lo que trae consigo este empleo.

– Muy bien. Te daré algo para que confíes en mí. Desde hace una semana, tu apreciado Control es también mi Control. Resulta que el Jefe de Operaciones americano es ahora el Jefe de Operaciones de la Inteligencia Nilidia… y alguien muy cercano a ti.

– Mientes. Sólo para confundirme.

– Es posible. O es posible que no. ¿Te arriesgarás a no comprobarlo?

Sonrió, con la maldad de quien sabe mucho más de lo que podría contenerse en ningún libro, y Eleonora no reía absolutamente nada. Contempló el borroso portal cuyo destino era invisible a sus ojos, y entendió que no había más salida. Estaba en una habitación perdida en medio de un territorio hostil a los suyos, y la única opción era meterse de cabeza en una aventura prácticamente suicida.

Sonrió también. Y entró.


Y al otro lado no había nada.

Cuando emergió de la luz y el sonido estruendoso del viaje, no halló absolutamente nada.

Estaba en medio de la nada, de una nada enorme, apabullantemente gigantesca. Blanca y pura como la leche, abarcaba todo cuando la vista le permitía alcanzar, invadiendo las paredes y el techo hasta no poder distinguir uno de otros. No había donde apoyarse, ni un cielo que cubriera el infinito, sin embargo Eleonora sabía que no debía tener ningún miedo. Que no iba a caerse, y que nada caería sobre su cabeza.


– ¿Dónde demonios…?

– Tal vez estés en lo cierto con eso – gruñó una voz oculta frente a ella –. Somos más demonios que ángeles… así que supongo que esto es el Infierno.

Y cuando la porteña miró hacia la nada blanca, vio cómo ésta se abría en dos, y de su seno venía caminando un pequeño hombrecito de edad avanzada. No muy alto, y algo rechoncho, su cabello era corto y tan blanco como el fondo que le rodeaba. Sus ojos eran de un azul profundo e hipnótico, su sonrisa era franca y magnética, y sus maneras eran las de un verdadero gentleman inglés.

Vestía un elegante traje gris de confección francesa, con corbata de seda y gemelos, aunque demostraba en cada movimiento que estaba acostumbrado a una ropa bastante más informal. Sus pasos eran firmes y seguros, como si entendiera este manto blanco mejor que el mismo Dios que lo hubiera creado.

Caminó hasta ella y se sentó, en el mismo instante en que surgía un bellísimo asiento de cuero que abrazara su pequeño cuerpecito.

La espía se había quedado muda.

– ¿Y bien, Eleonora? ¿No tenés nada que decirme?

– Oh, oh, bueno… En realidad no tengo la más remota idea de qué debo contarle, señor… Porque temo que no le conozco.

– Ah, claro… Ha pasado ya mucho tiempo desde que nos vimos por última vez. Aunque en esa época utilizaba otro nombre, y un cargo completamente distinto. Entonces no era Control, sino el General Héctor Mateo Guzmán, de Buenos Aires… y vos me llamabas papá.


REFERENCIAS

1. Ni siquiera en el año 2400 han logrado completarse las obras de dos de los más importantes lugares del mundo: la Catedral de Santa Sofía en Estambul y la Sagrada Familia de Barcelona. Pasando los proyectos de unas manos a otras durante siglos, sus millones de visitantes se han acostumbrado ya al paisaje de los andamios y el obrero.

2. Tal y como vimos en el capítulo 19, con escasos resultados.

3. Como veremos en un futuro no muy lejano.

domingo 23 de agosto de 2009

31. LOS TRUENOS DE LA VICTORIA



Resumen de lo publicado:

Los Piratas de Júpiter se enfrentan a su más terrible enemigo:
Una tripulación de antiguos bucaneros
que vendieron su alma al diablo.
La persecución es feroz,
el tiempo se escurre…
¿Quién será a la postre el mejor asesino?


31

LOS TRUENOS DE LA VICTORIA

« En esta vida es fácil morir. Construir la vida es mucho más difícil »

Vladimir Maiakovski


Sábado, 9 de Febrero de 2509.
04:15 h UTC.

Las Columnas de Hércules.

La auténtica frontera. La única frontera que aún se mantenía en pie en un Sistema Solar unificado. Unificado a la fuerza, como es lógico.

La barrera que aislaba Júpiter del maligno territorio de las Naciones Unidas. Los límites de las posesiones de Amwar Khan.

Los piratas contemplaron risueños las enormes construcciones que circundaban Júpiter, como colosales meridianos a muchos miles de kilómetros de su superficie, creando un tupido campo de fuerza al que no podía acceder ninguna nave proveniente de la Tierra. Los satélites orbitaban un mundo lleno de vida que no aceptaba las órdenes del Gobierno de la ONU, y que había decidido avanzar por sí mismo. Gigantescos cañones fáser apuntaban a aquéllos que se atrevieran a cruzar sus defensas, prometiendo la destrucción absoluta y el olvido perpetuo. Prometiendo un fin rápido, y un dolor escaso.

Cuentan que en la década de 2380, en los primeros años del Gobierno de Mürlhan Khan en Júpiter, eran muchos los Terráqueos desesperados que pilotaban sus naves hasta las fronteras del Planeta Prohibido, y luego simplemente se arrojaban al abrazo cálido y voraz de los fasers. Como una sentencia de muerte voluntariamente acogida. Igual que en el Siglo XX saltaban desde los balcones, o en la novela de Ian Fleming acudían al jardín venenoso a encontrarse con sus antepasados.

La muerte no es siempre algo terrible. A veces incluso se persigue con afán.

Y los Piratas Jupiterianos se habían convertido en auténticos expertos en ella. En sus fieles compañeros de armas y sus más cumplidos amantes.

El Alejandría se colocó en órbita estacionaria alrededor del Coloso de Planetas, y esperó a que su enemigo se acercara. Inmóvil, silencioso, dejando que los tenues brillos de un sol lejano alumbrasen sus cubiertas de aprovechamiento estelar. Preparó sus armas para la batalla, aguardando, sereno.

Y el Némesis lo observó desde muy cerca.

El viento cósmico azotó el firme recubrimiento de las naves, más allá de las fronteras del Cinturón de Asteroides, y supieron que habían escapado del fuego para caer en las brasas. Ya no recibirían el impacto de un gigantesco asteroide al que nunca dejaron convertirse en planeta… pero estaban dispuestos a morir bajo el fuego de las armas de Amwar Khan.

Los asesinos no iban a perder su presa fácilmente.

– Estad alerta – dijo Lentino, mirando encolerizado hacia sus fieles pilotos –, presiento una encerrona.

– No han lanzado señales al planeta, capitán – le respondió el vigía Aluro de Córcega, tratando más de convencerse a sí mismo que al hombre que guiaba sus destinos en la nave –, ni las han recibido.

– Aún así. Estos piratas son auténticos demonios.

– Señor, estamos próximos a las fronteras –dijo el monitor con voz monocorde –Los piratas han colocado su nave en torno a los límites del territorio prohibido. Si continuamos acercándonos, podemos vulnerar los permisos de actuación.

Lentino empezó a ponerse rojo de furia.

– ¿Y crees que eso me importa? ¿Qué es lo que te parece que somos, las Fuerzas Aeroespaciales? Si nos capturan… o matan… la ONU negará todo conocimiento de nuestra misión. Somos mercenarios, soldado, y como tales estamos solos en esta guerra. Podemos ir donde nos plazca… porque en todas partes somos proscritos. Así que continúa acercándonos, y lanza un disparo de aviso.

La sala de mando quedó cubierta por el silencio atroz que anunciaba la muerte. Lo único que faltaba por decidir era… la muerte de quién.

El Alejandría seguía inmóvil en su terrible órbita de espera. La espera amarga de quien sabe algo que los Cazadores ignoran. Lentino trataba de entender qué le aguardaba en Júpiter, pero la imagen era tan horriblemente solitaria como podía esperarse. Él sabía, igual que el Alto Mando, que Amwar Khan no mantenía relaciones auténticas con los Piratas, que todo era sólo un invento para desprestigiarle. El Ministerio de Defensa había adjudicado a la Hermandad Tzin la responsabilidad última de aquellos bucaneros apátridas (que siempre habían preferido denominarse a sí mismos como “Piratas del Cinturón de Asteroides”), aun a sabiendas de que era falso. A pesar de las continuas apariciones de Amwar Khan frente al Consejo General de las Naciones Unidas, reclamando la negación absoluta de los cargos de piratería y crimen organizado que le achacaba el Gobierno. Khan era una voz solitaria en un entramado de alianzas y favores demasiado complejo para aceptarle. Khan era un místico, un gurú, en un tiempo que no criaba más que soldados y traidores. Ya no estaban de moda las enseñanzas transcendentales de un viejo orientalismo trasnochado. Ahora sólo quedaba matarse en un perpetuo sinsentido de guerra y muerte. Ahora había que morir.

Lentino había sido un soldado, y luego fue un traidor, así que en cierta forma había hecho honor a todos los más altos estamentos de su época.

Había sido un hombre pleno.

El Némesis continuó acercándose con la parsimonia del cazador avispado. Era su momento. La presa se había detenido. Pero, ¿por qué tan letalmente cerca del enemigo? De un enemigo que en el fondo era común, pues la Hermandad Tzin había negado cobijo a cualquier clase de pirata y criminal perseguido por las FAE. Pero claro, Lentino y sus hombres no eran precisamente las FAE…

Los motores rugían más allá de la cubierta de mantenimiento, y los Cazadores probaron muy despacio a qué tipo de trampa iban llegando. Como el león que tantea con sus zarpas un segundo antes de lanzarse al ataque. Dispuesto a matar, pero también a huir si es necesario.

Dispararon, y el misil trazó una curva de aviso frente al morro pronunciado de la Galera. La rodeó, con una estela de fuego atómico que venía a dejarse ver de pronto, y explotó sobre las grandes mamparas de avistamiento como un sol que nace frente a los mismos ojos de los Piratas.
Pero no hubo respuesta.

La enorme Alejandría seguía impertérrita, petrificada, apenas un lejano punto silencioso en torno a la magnificencia del Planeta Gigante. Orbitando sobre él como uno más de sus hollados satélites, oculto entre la sombra de Europa y las cercanas naves que brotaban de Ío. Los Cazadores tenían que actuar deprisa, antes de que las patrullas de frontera de la ONU se preguntasen quiénes eran esos bajeles negros sin identificar, y por qué estaban disparando misiles en un área densamente poblada. Nadie les habría molestado en el Cinturón de Asteroides, tierra de nadie reclamada sólo por piratas y prófugos, pero ahora estaban en espacio abierto, en las últimas posesiones de la ONU antes de aventurarse en los dominios Tzin. Y allí no era tan fácil entablar una guerra.

Menos aún después de la aniquilación de la Ciudad Científica Valhalla, uno los puestos más avanzados de terraformación del Universo, sumido ahora en el caos tras el ataque de un robot gigantesco tan solo un mes atrás.

Lentino maldijo en silencio a los hados, y ordenó seguir adelante.

– Señor… ¿cree de verdad que es correcto? – dijo Aluro, apenas un susurro temeroso bajo las barbas de su amo.

– No… Desde luego que no es correcto, vigía. Esos malditos nos han traído al lugar perfecto para condenarnos, entre el fuego traidor de Júpiter y la mirada sospechosa de la ONU. Hagamos lo que hagamos nos convertiremos en enemigos de todos, en diana de sus armas mil veces más poderosas que las nuestras. Y sin embargo no nos queda otra opción. Escila y los suyos juegan a mezclarse entre las grandes espaciopistas que cruzan estas lunas, tan abarrotadas como las mismas calles de Nilur, y saben que quien abra fuego llamará la atención del escáner de unos y otros, hasta conseguir que nos destruyan. Y nuestra opción es abatirlos primero. Son apenas una nave sin apoyo, sin aliados en ningún lugar de la Galaxia, y nosotros somos Cazadores. Vivimos de esto, vivimos para esto, y hemos recorrido el Sistema Solar entero detrás de los rastros esquivos del corsario Escila. Pues bien, amigos míos, ahora lo tenemos ahí enfrente, metido en su despreciable nave como un cobarde, como la rata que siempre ha sido. Esperando que nos descubramos ante las FAE y nos derriben. ¿Pues sabes lo que te digo, vigía? Que no, no es correcto en absoluto, pero vamos a ir ahí y vamos a matar a Escila en persona. A coger su nave y abrirla en dos como una madriguera, y a cobrarnos la piel de todos los que pretendan burlarse del Capitán Lentino y su tripulación de valientes. ¿Estáis de acuerdo, mis hombres?

Y la sala de mandos en pleno vitoreó convencida a su viejo capitán. Aunque ni ellos mismos supieran el horror que aguardaba enfrente.

Y se lanzaron al ataque.

Brutales y rápidos, los Cazadores programaron sus armas para un barrido de muerte y fuego sobre la paralizada Galera, desatando el horrible armamento que habían acumulado durante años de leal servicio al dinero de la Tierra. Liberaron rayos de energía cuántica, y misiles JP–9, y el salvaje atomizador de materia, que había sido prohibido por las FAE y ningún piloto se atrevía a usar en combate. Tenían sondas autodestructivas de rastreo de calor, y cañones de aniquilación masiva, e incluso un sistema de manipulación de energía a distancia que pretendía arrebatar los depósitos de combustible de la nave. Todo lo emplearon con terrible salvajismo, como el depredador encerrado en jaulas que no teme morir si consigue llevar también a su adversario.

Era una táctica desesperada, como aquellos pilotos kamikaze durante la Segunda Guerra Mundial, que se lanzaban sobre los portaaviones americanos de Pearl Harbor al grito de “Tora, tora, tora”. Aun a sabiendas de que morirían, pero morían con honor, pues entregaban sus vidas al servicio de la patria.

Los Cazadores no tenían patria, ni honor, ni debían más lealtad que a la propia muerte en sí misma, pues no le aguardaba en la otra vida más que el tormento absoluto por sus numerosos pecados.

Pero incluso así se lanzaron, los motores al máximo y las armas hablando, en busca de un premio que no traería más que el final de todos. Y aguzaron la puntería, impactando fácilmente en el lomo oscuro y lejano de la Galera pirata. El Alejandría tembló, como una roca firme sacudida por la fuerza de una catarata, y que sabe que no podrá resistir mucho tiempo. El ataque fue bestial, desmedido, y el campo de fuerza gimió bajo la sacudida de un millón de armas de alta potencia castigándolo a la vez.

La nave era sólida como no había otra igual en el Cosmos, pero ni siquiera tal solidez iba a poder resistir demasiado. La tortura era infinita, inesperada, más allá del aguante con que se dotaba incluso a un bajel de guerra.

Lentino sonrió, dominado por la furia ilimitada que bullía en sus venas, y sintió feliz el vértigo de la eterna caída en pos de la victoria. Éste era su momento. Ésta su luz. El Némesis hizo un larguísimo picado sobre la trayectoria sincrónica de los piratas, y se preparó al fin para obtener sus presas. El Capitán respiraba nervioso.

Había llegado la hora.



Y entonces se desató el infierno.



Si hubiera oxígeno en el espacio, éste se habría llenado de truenos de una potencia ensordecedora, pues de posiciones secretas en la órbita de Júpiter llegaron no menos de cien o doscientos proyectiles de energía lanzados en contra de los Cazadores de Piratas. Los cometas de luz surcaron el tiempo y el espacio entre los astros, portando en su seno la más hambrienta muerte que habían contemplado las lunas. Eran bombas en sí mismos, eran rastreadores natos, eran soldados robot buscando el sacrificio a cambio de un final sin más remedio de los asesinos por encargo.

Lentino corrió a proteger a sus hombres, pero bien que sabía entonces que ya estaban perdidos. El primer impacto se produjo en las barricadas de proa, despedazándolas como si no fueran más que granos de arena de un reloj. Dos viejos marinos trataron de formar campos de fuerza que protegiesen la delicada atmósfera de la cabina, pero fue demasiado tarde, y una miríada de nuevos proyectiles surcó el espacio que ocupaban, consumiéndolo. Y conforme más acudían a auxiliarlos y reparar la salida de aire, más terminaban aplastados, y luego envueltos en llamas. Un segundo cohete incendió la cubierta, y un tercero, y un cuarto, prendiéndola con un fuego que se extendió hacia la popa y se alimentaba a sí mismo, agotando las reservas de oxígeno de la nave y los depósitos de energía del motor.

Una decena de tupidos enjambres de luz recorrió el costado de babor e hizo añicos las defensas, atravesando los escudos como si nunca hubieran estado, y llevándose al espacio el contenido de la armería, los alimentos, los dormitorios, y la extensa sala de planos donde coordinaban los ataques.

Una gran bomba despedazó el ala izquierda, y dañó gravemente dos de los cinco motores antigravitatorios. La red informática chilló, y fue casi imposible averiguar los daños. Había demasiados muertos, demasiadas zonas inutilizadas, en un solo segundo de guerra y pérdidas.

Y todo quedó en silencio en las Columnas de Hércules.


Víctimas, heridos, fuego y ruinas consumían el antaño orgulloso navío.



Los que una vez fueron temidos piratas corrían hoy como niños asustados, como diminutos cachorros en apuros. Se había evaporado su venganza, su valor, su indomable espíritu de guerreros del espacio.

El mismo Lentino salió a cubierta con una expresión de horror absoluto. Nunca en toda su vida había contemplado un ataque semejante, tan cruel, tan demoledor, sobre una sola nave enemiga, por muchos Cazadores de Piratas que viajasen dentro. Y no habían necesitado enviar señales a sus amigos en tierra.


“Ese ataque ha venido de las propios estaciones que orbitan el planeta. De modo que al final los Piratas del Cinturón de Asteroides sí son protegidos por el mismo Gobierno de Júpiter…”


El vigía Aluro, por su parte, tuvo que bajar a toda prisa desde su exclusivo puesto de observación, antes de que las terribles llamas consumieran la única vía de escape. Y contempló con tristeza el modo en que la enorme y orgullosa silueta negra del Némesis era reducida sólo a cenizas.

Y allí quedó estupefacto, incapaz de moverse o hablar, hasta que los gritos de los hombres de cubierta le obligaron a volver al mundo. Había muy pocos supervivientes, y la mayoría con graves heridas. Huesos rotos, quemaduras, sangre esparcida por el suelo de metal. Todos con horrible aspecto, moviéndose a duras penas, saliendo de debajo de los bloques impactados y de las montañas de paredes rotas.

Rápidamente trató de organizar a los pocos que seguían en buenas condiciones, para que ayudaran a rescatar a sus compañeros y, sobre todo, para traer extintores con los que apagar el fuego. Si no se daban prisa, la batalla iba a acabarse en apenas minutos.

Luego marchó hacia Lentino, que seguía inmóvil y aterrorizado junto a popa, y le sacudió por los hombros hasta que recuperase la cordura. Tenía el rostro descompuesto, temblaban sus manos, y le caían goterones de sudor por las mejillas.

– ¡Capitán, por los dioses! ¡Le necesitamos al mando!

Pero ya no era capaz de responder a nada. Estaba pálido, sudoroso, con la cabeza convertida en un sinfín de pensamientos fúnebres.

A su lado, cien robots de mantenimiento revoloteaban como pájaros carpinteros, llenando las salas destruidas de espuma anti–incendios, sellando los numerosos focos de llama con sólidos campos de fuerza sin oxígeno, y minimizando al fin el caos que habían desatado los Piratas. Y de él emergió un batallón de heridos y sangrantes Cazadores, un puñado escaso de hombres que a duras penas habían sobrevivido a la matanza. Aluro los miró, y supo que no eran más que una veintena de mancos, ciegos o simplemente tullidos. Guerreros que habían sufrido en ese primer ataque mortal, pero que más que otra cosa habían perdido la fe.

Y recordó los tiempos en que todos eran brillantes soldados de la ONU, cuando la maravillosa Fórmula Eternidad aún corría por sus venas, y cualquier daño de este tipo podría curarse en apenas segundos. Los tiempos antes de que decidieran convertirse en piratas, embaucados por las bellas mentiras de libertad y autodominio de los así llamados Patriarcas del Cosmos, bucaneros y revolucionarios que existieron décadas antes del alzamiento de Escila. Rebeldes a los que se unieron entonces Lentino y Aluro, y el maestro de Escila, al que llamaban Cerón de Tebas, y un millar de otros guerreros descontentos con el ansia ilimitada de poder de Nilidia. Hasta que la furia de las legiones romanas les pasó por el acero y la muerte, condenando su sueño a un final prematuro. Prematuro y trágico.

Escila era el único que aún creía en ese sueño, el único que todavía plantaba cara a Naciones Unidas y su pretendida equidad. Cuando todos hacían ver que se tragaban aquello de la igualdad de razas y credos (y que Nilidia no se había convertido en silencio en el más poderoso de los Gobiernos del Cosmos), aún había un pirata dispuesto a llevar la contraria. A rebelarse contra todos.

Bueno, pues ellos habían tomado otra decisión. Los Cazadores no persistirían en el error de la violencia. Los Cazadores habían elegido vender su alma a la Tierra, y a cambio obtener de nuevo la inmortalidad, y el progreso. Si entregaban las cabezas de los últimos Piratas del Sistema Solar, la ONU volvería a suministrarles la Fórmula, y podrían purgar sus faltas de un modo honorable.

Y aquellos tiempos brillantes ocurrirían de nuevo.

Aluro ya se imaginaba en un buen puesto de vigía en una nave imperial de Grado Uno, empleando sus últimos años en labrarse una hoja de honor que contar a sus nietos. Conocería a una buena mujer con la que comprar una casita en la playa de Córcega, y tendrían un puñado de chavales a los alimentara el Gobierno. Y todo esto… Escila, los Piratas, el Cinturón de Asteroides… serían sólo vagos recuerdos en una existencia de muchos, muchos siglos.


Sonrió.

Pero no iba a ser tan fácil.

Y fue Lentino el primero en descubrirlo, gélido e inmóvil, con la mirada fija más allá de su propia nave. Él fue el primero en contemplar su amargo destino, y el que más alto pudo gritarlo:

Porque lejos de las altas llamas que cubrían el Némesis, por encima del horror y las matanzas, llegaba cruzando el espacio la terrible Galera pirata.



El gigantesco dragón negro que era su mascarón de proa impactó contra el titubeante campo de fuerza como el tifón golpea con saña las barreras, y del mismo modo salió hecho jirones y no fue obstáculo a los Piratas más que apenas unos escasos segundos.

La nave de los Cazadores encajó el terrible envite con la fortaleza y serenidad de quien ya no tiene nada que perder, y aun así se resquebrajó. La sacudida fue tan monstruosa, tan definitiva, que una horrenda grieta se extendió de parte a parte del navío, hasta el punto que enseguida el Némesis quedó convertido en dos fragmentos rotos y abandonados a su suerte, de los que brotaban cientos de hombres desprotegidos y sus efectos personales. Como el resultado mezquino de un peligro mortal.

La batalla había dejado de ser un juego de niños, una persecución inocente, y ahora estaba mostrando su auténtico ser.

Y detrás del mascarón llegaron los Piratas.

Ninguno de los tripulantes del Alejandría podía ver qué se ocultaba dentro de la espesa nube de fuego y humo del Némesis, pero aun así se prepararon para abordarlo. De nuevo armados y protegidos, acorazados en la proa, taparon sus rostros con pañuelos, y rezaron cada uno a sus deidades.

Clavaron nuevamente el Corvus, y los arpeos de abordaje, por segunda vez en el mismo día, pero esta vez no había botín ni saqueo en sus cabezas: sólo muerte y venganza.

Apretaron con fuerza los mangos de sus armas, y se lanzaron al ataque.

Un millar de enormes vikingos sedientos de sangre flotaron como aves de rapiña en busca de satisfacción. Esgrimían sus anchas espadas sónicas de doble filo, sus mazas de piedra y sus hachas vibracionales, y saltaban entregados a los restos caóticos de lo que una vez fue la cubierta de un caza. Gritaban en el vacío, como si alguien pudiera escucharles más allá de sus propias auras de supervivencia, y buscaron los rivales que tanto les habían perseguido. A los que tanto habían deseado matar.

– ¡Vamos, Piratas del Cinturón de Asteroides! – chillaba el contramaestre Cornelius –. ¡Demostradles cómo se paga la traición en esta zona! ¡Al abordaje!

Y todos le siguieron como una tromba, como un enjambre de abejas al ataque.

Al instante el recelo se esfumó en favor del odio, de la sed de sangre y los gritos de batalla. No era una lucha civilizada, ni una guerra por ideales: era el simple enfrentamiento de animales sin honor.

Ya no había diferencias entre Cazadores y Piratas. Ya nadie se preguntaba quién pudiera tener razón al principio: ya sólo quedaba la muerte.

Los vikingos saltaron al bajel enemigo sin nuevos ataques que les recibieran. El espectáculo que se abría ante su mirada era infernal: ni un alma sobre la maltrecha cubierta, y todo el lugar invadido por el fuego hasta el más mínimo de sus restos. Tupidas cortinas de humo negro hacían llorar los ojos y escocían las gargantas, el suelo temblaba, crujía, inestable y carcomido por la batalla.

Aun así no se arredraron, y encomendándose a los crueles dioses que les habían abocado a semejantes torturas, llamaron a sus enemigos con gritos de desprecio, ansiando la lucha definitiva.

Y éstos surgieron, de entre las espesas columnas de humo, o saltaban por encima de las altas hogueras, tiznados de negro como demonios tras las puertas abiertas del infierno. Empuñando sus armas con la desesperación de un condenado. Era lo único que podía otorgarles una pequeña ventaja, y se aferraban a ello como un náufrago a un madero.

Era una lucha sucia, sin orden ni concierto. Era una turba salvaje, y su mismo desenfreno compensaba su reducido número y su estado deplorable. Finas hojas de acero lumínico cortaban las gargantas y los vientres, puñales curvos de energía desgarraban la carne de los Piratas, grandes hachas de piedra quebraban los huesos. Y al frente de todos iba Lentino, con su viejo sable de otro tiempo, que ya estaba rojo de sangre enemiga.

Los vikingos se vieron empujados por la mortal carrera de los Cazadores, que buscaban llegar tan lejos como fuera posible antes de que los mataran. Y ese empuje hizo que ellos mismos no pudieran avanzar, tropezándose unos con otros, hechos una masa informe incapaz de defenderse. Se herían con sus propias armas, chocaba el metal contra el metal, y a la cabeza de las tropas, el contramaestre Cornelius fue pisoteado por la lengua de asesinos que defendía tan salvajemente su nave, quedando herido en un rincón.

Viendo esto, fue Ardo, el osado eunuco de los Mares del Norte, quien dio una voz para asumir el mando, desde detrás del avance:

– ¡Adelante, Piratas! ¡Superad la sorpresa! ¡Son apenas un atajo de ratas traicioneras!

Y oyendo estos gritos, los vikingos hallaron el aplomo necesario. Empuñaron con fuerza los gruesos mangos de sus hachas y mazas, apretaron los dientes con saña, y se lanzaron osados al encuentro de la muerte. O de la victoria.

Recrudecieron su ataque, destrozando con presteza las desorganizadas filas de los Cazadores. Mancharon sus hojas, mellaron sus filos, e hicieron sonar tan alto como podían sus burlescos cantos de batalla. Ni los cráneos ni los pechos de sus fornidos rivales estaban preparados para algo semejante, y pronto los cuerpos mutilados anegaron el suelo.

Y los Piratas empezaron a ver por fin saciada su añeja venganza.

Y al frente de la vorágine de horror, Ardo, desde ese momento convertido en nuevo líder de los sangrientos invasores, buscó con los ojos al que era su oponente natural: el capitán Lentino.

Cortada la cabeza, la serpiente deja de luchar…

Y allí lo encontró, a lo lejos, mirándole cara a cara con la espada en mano. Aguardándole. El viejo asesino estaba petrificado, observando el ataque con ojos de hielo, y en su porte había la antigua solemnidad de un caballero y soldado, por mucho que los tiempos y traiciones ya no le dejaran serlo. Ardo voló hasta él, osado, pero no fue el primero en moverse. Lentino giró la muñeca tan veloz como un rayo, y de un espadazo arrancó el yelmo de la cabeza del eunuco, y a éste le hizo caer por los suelos.

– Tú no puedes ser Escila – dijo, riéndose a carcajadas –, y él debe creerme estúpido si envía a una niña a liderar su ofensiva. ¿Dónde está tu capitán? ¿Dónde se oculta de mí?

El odio inflamó el rostro del vikingo, que se puso en pie de un salto y lanzó una estocada mortal, pero el veterano espadachín la detuvo sin dificultades. Repartieron fintas, mandobles e insultos, y Lentino aún sonreía. Obviamente, el joven guerrero nacido en las montañas de Germania no era digno contrincante para el sádico capitán. El muchacho era duro, y cruel, y luchaba con el valor de incontables generaciones de bárbaros norteños aplastados y exiliados por la bota nilidia, pero no sabía mucho del arte de la esgrima. Y en cambio Lentino nació con una espada en la mano, y sus pies encima de la cubierta de un caza. Era un hombre único y salvaje, que había hecho suyo el espacio y las rutas, que visitó todos los planetas y puso en jaque a las mismas Naciones Unidas. Un hombre que sólo buscaba morir con honor, pero que no iba a ponérselo fácil.

El final del combate estaba predicho, y sólo era cuestión de tiempo.



De pronto, sin previo aviso, un terrible impacto sacudió el navío como si de un terremoto se tratase. Los hombres rodaron por los suelos, las paredes que difícilmente se sostenían cayeron en tromba sobre los guerreros de ambos bandos, y sólo Aluro, el agudo vigía, que no había participado en la batalla y seguía en la popa, resguardado del acero y la crueldad, pudo darse cuenta de lo que estaba sucediendo.

Y su grito superó el ruido de la lucha y las llamas:

– ¡Capitán, hemos sido embestidos! ¡Es la nave que empleamos de señuelo, y nos están abordando! ¡Oh, por Júpiter, no son soldados romanos, sino los malditos Piratas vestidos con corazas de legionarios!

Y entonces Lentino lo comprendió todo.

Comprendió por qué la Galera huyó hacia Júpiter abandonando a su víctima, y por qué sus enemigos resistían lo indecible cuando (o al menos eso había pensado él) estaban solos en la batalla. Comprendió quién movía los hilos en la sombra, y que el Capitán Estearius llevaba mucho tiempo muerto. Pero por encima de todo, comprendió que estaba acabado.

Y esta vez era Ardo quien reía.

– ¿Querías a mi capitán, bastardo? ¡Bien, pues ahí lo tienes!



Lentino se puso nervioso.

No quería morir atacado por la espalda, y menos atravesado por lanzas romanas empuñadas por vikingos. Los mismos vikingos junto a los que había luchado hombro con hombro en otro tiempo, y a los que ahora estaba traicionando. ¿Cómo había llegado a una situación tan desesperada? ¿Y por qué razón?

Dicen que cuando un hombre está a punto de morir, revisa en un instante toda su vida, y saca conclusiones. Si eso fuera cierto, y hubiera ocurrido en el caso de Lentino, nadie sabrá nunca qué conclusiones obtuvo. Si se arrepintió de haber sido pirata, o bien se arrepintió de haberles vendido. Lo único que se vio con certeza es que apretó los dientes, agarró con fuerza la empuñadura de su espada y atacó de nuevo a Ardo, prefiriendo morir en un duelo justo que ser linchado por la multitud.

De un sablazo desarmó al norteño, y elevó la hoja para descargar el golpe definitivo.

Y fue en ese preciso momento cuando Aluro el vigía entendió por fin cuál habría de ser su papel en la tragedia. Para qué le habían puesto los dioses sobre la cubierta del Némesis, y a quién debía entregar por siempre su lealtad.

Fue en ese justo momento cuando tomó una maza caída en el suelo, y sin pensarlo dos veces golpeó con ella en el yelmo de su capitán, derribándolo.

martes 11 de agosto de 2009

30. LA ÚLTIMA MISIÓN



Resumen de lo publicado:

Una terrible conspiración se cierne sobre las Naciones Unidas:
La Inteligencia de Marte se dedica a asesinar espías
al tiempo que el Emperador Haqq vive su último aliento.
¿Quién triunfará en la balanza del poder?
Tal vez sólo la guerra.


30

LA ÚLTIMA MISIÓN

« No sólo hay que atizar las ascuas en un bando, Yelena »


Sábado, 13 de Noviembre de 2399.
21:58 h UTC.

La pequeña nave unipersonal se alejó silenciosa de la vida y el fulgor de Ciudad Burroughs, como un insecto curioso que aventura su existencia más allá de la dulce protección de una bombilla, y se internó en las oscuras planicies de Marte. Flotó libre y rauda por entre livianas ráfagas de viento, y dejó a su espalda los compactos edificios de hormigón y acero, las calles silenciosas, los puentes y los ríos deshabitados. Ya había pasado una hora de la definitiva señal de toque de queda, y ahora la noche pertenecía sólo a los robots cuidadores y las células de vigilancia del Ministerio de Defensa. Sin excepciones.

Una suerte entonces que esta minúscula nave no pudiera ser detectada por ningún medio físico existente.

La Teniente Jenna Brakken contempló el inmenso vacío frente a su pantalla, y supo que no podían haberla llamado por nada bueno. Marte era un planeta eminentemente rutinario, que gustaba de moverse al compás de las señales acústicas del Gran Reloj del Destino, cuyas severas campanadas decidían los actos de ocho millones de cumplidos sirvientes. La llamada al despertar, cada día a las cinco en punto hora marciana; el descanso de la comida central, exactamente a las dos; el toque de queda, a las nueve de la noche, momento en que todo lugar público debía quedar desierto y al amparo de las patrullas de vigilancia nocturna.

Marte era el más gigantesco cuartel que haya podido verse en la Historia. Su destino y su Gobierno estaba en manos de militares (a diferencia de la Tierra, mucho más segura bajo el yugo de dictadores civiles que se autoproclaman dioses), igual que sus actos y su conciencia, su día a día, su lánguido pasar del tiempo. Sus calles limpísimas bajo pena de muerte, sus hogares protegidos con gruesas puertas de seguridad, su Policía Interior con derecho a practicar correctivos en plena calle (lo que había llevado a que los preclaros intelectuales europeos les llamasen Los Corregidores, como burla a su típica costumbre de la tortura física, y en comparación a aquellos antiguos funcionarios de la Corona de Castilla que representaban la Ley en territorios lejanos. Por supuesto, nadie se atrevía a llamárselo a la cara).

El General Arturo Pagliani, Regente de Marte en esta época convulsa, había dicho una vez ante el Consejo General de las Naciones Unidas que observaran bien su tierra, la misma que criticaban con tanta vehemencia, y admitieran con fe que Marte era el único territorio de la ONU que no estaba sojuzgado por las Bandas. Allí no existían Mafias, ni el Gobierno legítimo había tenido que pactar con criminales para salvaguardar la vida de sus gentes (1). Según él, allí la gente vivía en paz, y la única forma de conseguirlo era mediante la disciplina y la educación estricta del pueblo.

Como es lógico, no se habló nada de las cargas policiales con fásers de alta potencia, ni de los largos interrogatorios con vejaciones de toda clase, ni de la violenta represión de las protestas de Ciudad Gullivar en 2306, que costaron la vida a casi medio millón de víctimas inocentes.

No, eso no importaba a nadie, ni a Pagliani, ni a Jenna Brakken (que fue durante años su mano derecha y verdugo), ni al inclemente y perpetuo sonar del Gran Reloj del Destino, que como una maldición escrita en su nombre hacía saber a todos que no había más futuro que el diseñado por el Gobierno. Que Arturo Pagliani era su único dios, y que los habitantes y seres conscientes de Marte no eran sino juguetes en manos caprichosas.

La política del miedo. Del horror. De la disciplina que vale más que todo.

Jenna Brakken perdió su vista entre el océano de picos relucientes que se iban quedando atrás, y ni por un segundo se planteó ninguna de estas cuestiones. Ella era la salvaje líder de la terriblemente famosa Brigada Aérea 77, el más letal cuerpo de ataque del Ejército Marciano, cuyas campañas vestidas de rojo eran rememoradas año tras año por los simples niños de ojos abiertos como platos, los mismos que acudían en tropel a las salas y trofeos del Museo del Aire, y que soñaban algún día con emular a sus héroes. Con matar impunemente a miles de seres sin culpa en algún apartado rincón del Universo.

La Brigada 77 era la que atesoraba más Misiones de Rango Uno cumplidas con éxito en toda la sangrienta Historia de la Humanidad. Habían luchado contra la sublevación de los Hombres–Tritón de Neptuno en 2358 (2), contra la amenaza del Agujero Negro Devorador de Galaxias en 2361 (3), y contra el Virus Caballo de Troya que enloqueció a sus propios líderes en 2380 (4). Todas un rotundo éxito, al menos desde la perspectiva del militar, que sólo busca la victoria. Todas ingentes matanzas y horrores sin cuento.

¿Y ahora? ¿Por qué la habían convocado de forma tan desesperada en esta noche inclemente? ¿Qué se esperaba de ella más?

Abandonó el sagrado cobijo de la ciudad, y los motores automatizados la condujeron al horror sin límites de los Canales de Marte. Ante ella sólo había un universo entero de negrura y misterio, de extensos desiertos nunca habitados, de salvajismo. Más al sur, moraban los antiguos pueblos nómadas que el Gobierno del General Pagliani había exterminado en 2388, sustituyéndolos por autómatas que realizaban desde entonces sus labores de búsqueda de yacimientos subterráneos. Al oeste, la Región de Tharsis, donde los mayores volcanes de todo el Sistema Solar convertían la zona en absolutamente inhabitable, excepto, claro está, para las ingentes colonias de Gillevinia straata (5), microorganismo natural del hábitat marciano (o al menos eso quiso hacerles creer el Emperador de Nilidia hasta 2087).

Al frente, sólo la nada, la absurda nada, el vacío más completo e inhóspito que se haya visto jamás. Los Canales de Marte. Los incomprensibles Canales.

La pequeña nave unipersonal atravesó la cortina de niebla que separaba Ciudad Burroughs de los últimos territorios inexplorados del Cosmos. Observó la negrura absoluta del espacio, los misterios de una tierra salvaje que ni siquiera la Ciencia había logrado aplacar, y supo que lo único que le aguardaba allí era el desastre. Voló sobre los gigantescos Canales (6) envueltos en bruma y secretos, y descendió a través del colosal Valles Marineris, cuya extrema longitud y profundidad dejaban pequeño al mismo Cañón del Colorado. Se decía que allí se habían perdido muchos disidentes en los tiempos de Omar Bekkrin, y muchas mujeres preñadas en los de Arturo Pagliani. Jenna Brakken miró sólo al horizonte que se abría ante ella. Oficialmente no sabía nada de esos chismes, y nunca jamás lo sabría. Y a ella le bastaba.

Pero por si acaso no miró al fondo del Canal, por si encontraba algún rostro dispuesto a devolverle la mirada (7).

Siguió adelante, como llevaba haciendo tantos años, y a su paso la niebla pareció cobrar vida y permitirle la entrada. Sintió frío, maldad, el agudo escrutinio de un ojo omnisciente que la estaba probando, y supo quién se hallaba detrás de todo, como si notara un aliento fétido respirando en su nuca. La nave profundizó en aquel mar de oscuras sensaciones ominosas, guiada tan solo por la misteriosa programación que ella nunca había descubierto, y un silencio terrible de infinitas muertes olvidadas parecía acunarla en sus brazos. Un hedor, un quejido, un chirrido agudo en la distancia. No había nada más allá de la protección de la nave, pero la asesina y cosmonauta pudo sentir un mensaje claro en sus huesos: Se estaba acercando a un poder inconmensurable. A la maldad pura.

Dos horas antes, una cápsula unipersonal había aparecido en la ventana de su edificio (de un domicilio absolutamente privado, que no figuraba en ninguna clase de documentos del Gobierno, y que sólo dos personas en todo el Sistema Solar podían conocer). Y tan pronto como lo vio, un mensaje telepático le fue transmitido desde ninguna parte:


“Es la hora, Ursa”


Y recordó los tiempos en que respondía a ese nombre. Cuando la convocaban en plena noche para interrogar a un prisionero, o para ordenar el ataque en masa contra un núcleo poblado por civiles, o para exterminar a los nómadas del sur y sustituirlos por androides.

Por eso subió entonces a la nave, y por eso ahora estaba penetrando en el lugar más aterrador de toda la existencia. Una suerte entonces que Jenna Brakken, al igual que el resto de sus congéneres marcianos, no pudiera sentir en absoluto el miedo, ni ninguna otra emoción propia de hombres.

Descendió, como una pluma que se asienta en mitad de un tornado, y la tupida niebla empezó a arremolinarse en torno a ella, a cercarla, a vigilar cada uno de sus movimientos. Había ojos y oídos en cada partícula de niebla, en cada átomo de hidrógeno del aire, en el suelo de roca y basalto. La compuerta se abrió, y Jenna Brakken salió de la nave, protegida por su campo de fuerza unipersonal y su coraje inamovible.

Y la amenaza dejó de ser implícita.

Vio a nubes oscuras como su destino cernirse sobre el Canal, y en ellas se adivinaban ojos de un maligno fulgor dorado, dientes afilados ansiosos por hundirse en su carne, y garras salvajes que nunca fueron vistas en un animal. Las nubes cobraban vida preñadas de una furia y un poder más allá de la imaginación humana, y ella estaba prisionera en mitad de un Canal de cuatro mil kilómetros de largo. La niebla formaba a su alrededor paredes más tupidas que las de una fortaleza, al tiempo que grandes monstruos deformes bajaban de las nubes a por ella. Era una trampa. Una trampa mortal.

El ruido de colmillos y garras hambrientas atronó sus oídos incluso en una atmósfera sin aire, y las enormes bestias hechas de vapor de agua apoyaron sus pezuñas en la arena rojiza del desierto. Estaba rodeada. Rodeada de fauces y colmillos, de sed de sangre y hambruna, en unos monstruos creados sin razón ni intelecto. Monstruos creados sólo con rabia.

Jenna Brakken no se movió un ápice. Flotaba un metro por encima de la pequeña nave, mirando fijamente un punto diez kilómetros al este de su posición. Una gran esfera de diez metros de radio, que era la verdadera causante del ataque. No prestó la más mínima atención a la niebla, ni a las bestias hechas de nubes, ni a una supuesta trampa que nunca logró retenerla. Avanzó, teniendo aquella esfera como única referencia, y a su paso las garras y las fauces se estrecharon para detenerla. Pero la cosmonauta marciana era ajena al miedo, y a la sensación de peligro inminente.

Por eso aquella trampa nunca pudo funcionar. Porque el miedo es un arma inútil contra una mujer sin corazón.


Levantó una mano, y la espalda del monstruo más próximo estalló en pedazos. Los otros quisieron cubrirle, pero los ojos helados de la espía abrieron fístulas de nube de algodón en aquellas pieles negruzcas. Saltaron sobre ella, intentando clavar sus pezuñas y desgarrar la piel blanquísima y tersa de la dama, pero no tuvieron la más mínima opción. Le bastó con abrir los brazos, y desató un furioso huracán de rayos y viento, un asesino frío y despiadado como ella misma. Los monstruos temblaron, pues no estaban hechos sino de frágiles nubes, y a pesar de su terrible aspecto no eran mucho más sólidos que aquéllas. Gruñían, aullaban en la mente de la antigua verdugo, y se revolvieron impotentes en el pequeño espacio definido por las paredes de niebla. El espacio que finalmente resultó ser su prisión, y no la de ella.

En ningún caso habían logrado encerrar a Jenna Brakken con una manada de bestias furiosas, sino a las bestias con la más terrible asesina del Cosmos. Y habrían de pagarlo caro.

Porque la trampa enseguida resultó ser un fiasco, y cuando la marciana se cansó de escuchar el babeo y los rugidos furiosos, simplemente salió de allí. Miró fijamente a sus víctimas, y notó cómo la presión atmosférica aumentaba de forma exponencial. Usando como barrera las mismas paredes que la aprisionaban, hizo que el aire rebotara en ellas una y otra vez, golpeando a los engendros de nube desde todas direcciones. Y enseguida su negra masa palpitó, sometida a los efectos de una presión varios cientos de veces superior a la del planeta. Gimieron, convertidos de pronto en simples gatos asustados, presintiendo el amargo final que aguardaban, y trataron de escapar arañando las paredes, o mirando a su asesina con ojos suplicantes. Implorando una venia que no podía llegar.

Jenna Brakken no tuvo clemencia, igual que no había sentido miedo, ni duda acerca de la corrección de sus actos. Jenna Brakken era una fría autómata de carne humana, y su fabricación había sido tan exitosa como pudo haberlo sido la de una ginoide.

Finalmente, creó un centenar de gigantescas columnas de aire frío, y aplastó cruelmente a los que iban a ser sus verdugos. Que volvieron a ser nubes, y como tales se disiparon en el interior del recinto amurallado.

Después reutilizó esas mismas armas, y el terrible huracán de rayos y viento, y lo arrojó todo contra las inamovibles defensas de su prisión. Las paredes vibraron, como seres vivos que encajaran un golpe fortísimo, pero resistieron, y una risa aguda y chillona se extendió por la conciencia de la espía. Su enemigo se estaba burlando de ella. Un enemigo formidable, dotado de una maldad como no se ha visto nunca en toda la Historia de los Hombres. La fuente de todo mal, el origen del pecado.

De modo que haría falta una estrategia diferente.

Un golpe audaz.

Cerró los ojos, y se concentró en la esfera de donde provenía el ataque, diez kilómetros al este, mientras las gigantescas paredes de niebla se acercaban a ella, y giraban, provocando un tornado de infinitas dimensiones. El mismo Canal se estremeció ante el ingente poder de la naturaleza, desgajando sus rocas y lanzándolas cruelmente al espacio. El Valles Marineris se hacía añicos, destrozado de parte a parte por un tifón mil veces más potente que los conocidos en la Tierra. Y un solo pensamiento atravesó a Jenna Brakken antes de que lanzara su ofensiva:


“La velocidad de escape en Marte es lo bastante elevada como para que sacar esas piedras de la atmósfera no sea tarea sencilla: mi rival se está empleando a conciencia”.


Un segundo después, el Canal enteró fue destruido al completo, descuartizado y esparcido por los alrededores de Marte. Hubo fragmentos que llegaron al Cinturón de Asteroides, otros flotarían por siempre en torno al Planeta Rojo, y se dice que incluso algunos restos cayeron en el área de influencia del vecino Júpiter, siendo aniquilados por su estratosfera. El impresionante Valles Marineris fue de pronto sólo un gigantesco hoyo en la superficie del mundo, una cicatriz de la violencia.

Y en el mismo instante en que eso ocurría, Jenna Brakken se teleportó justo a los pies de la esfera.

Era una formación sólida y al mismo tiempo porosa. Era de unas proporciones gigantescas, y a la vez el ojo humano podía abarcarla en toda su complejidad.

Era negra, totalmente negra, de un absurdo negro que no dejaba escapar ni un solo rayo de luz. Estaba hecha de carne y huesos humanos, de cristal, de sombra, de los miedos y aversiones de toda la Historia de los Hombres. Despedía un frío gélido con sólo estar en su presencia, pues igual que la luz consumía el calor, y la bondad, y la osadía de aquéllos que se atrevían a mirarlo. Y allí flotaba supremo, reinando inmóvil en la cruel serenidad de las arenas rojizas.

Jenna Brakken lo observó con el fervor religioso de una creyente, mientras la fría superficie de aquella entidad crepitaba furiosa al verla.

Y en el mismo nanosegundo en que la rozó con sus dedos, Marte recuperó al fin la paz.

La voz de la cosmonauta brotó distinta al observar tan de cerca la esfera. No cálida, pues era imposible en ella, pero lo más cercana que hubiera hecho nunca.

– No creí volver a estar en vuestra presencia… amo Kur.

Y al decir estas últimas palabras, se arrodilló, y bajó la cabeza en muestra de respeto.

Y una voz inundó su cerebro. Un sonido aterrador, un chillido horrendo, algo sucio y mezquino que no podía provenir de una garganta humana. La voz que esparce el miedo, la que puebla los sueños más espantosos de los Hombres, la que proviene de antiguos temores sin nombre y sin sustancia. Un recuerdo vago de cuando la Humanidad era una simple tribu de simios evolucionados, y cada extraño rincón de la Naturaleza le parecía provocado por demonios.

El Terror.

La Voz.

– Levántate, Jenna Brakken, pues la mirada furiosa de Kur ha visto en ti a la hija que nunca tuvo.

– Mi señor… En tal caso… ¿he pasado vuestra prueba?

– Con creces, hija mía. El Espíritu del Miedo está contento. Has hecho tuyo todo lo que te enseñé hace décadas. Eres perfecta.

– No, amo, sólo soy el producto de vuestras enseñanzas. Mi honor es serviros, y mi única fe es vuestra palabra. Habladme, y seréis obedecido.

– Así debe ser. Te he convocado en esta noche porque debes llevar mi palabra fuera de los límites de Marte. Uno de mis hijos ha muerto, Jenna Brakken. El que tú conoces como Alexei Zaratov.

Y la cosmonauta le observó impertérrita. No sentía nada al oír esas palabras, ni pena, ni emoción por el que una vez fue su amante ocasional. Sólo le inundaba el deber hacia aquella cosa impía.

– ¿Lo conociste?

– Sí, mi señor. Compartí con él las necesidades de la carne, cuando ambos estábamos en la Academia. No he vuelto a saber nada de su destino.

– Pues ahora deberás saberlo, Jenna Brakken, pues tu misión es castigar a aquéllos que trajeron su muerte. Ve a la Tierra, contacta con mis hijos que viven allí infiltrados, y paga muerte con muerte, y dolor con dolor.

– Así lo haré, mi amo. Partiré en este instante.



La esfera se disolvió en segundos, como si nunca hubiera estado realmente allí, y la cosmonauta quedó rodeada del inmenso vacío del desierto.

Su misión había empezado.

Volvió a Ciudad Burroughs, y preparó un viaje del que tal vez nunca pudiera regresar. Le inundaba el deber, la emoción de poder cumplir su responsabilidad hacia Marte, hacia el Ejército del General Pagliani, y más aún, hacia el mismísimo Espíritu del Miedo que era su religión. Había estado en presencia de un ideal, y él la premiaba con sus grandes favores.

Acarició sus dedos. Los mismos con los que había rozado la superficie de Dios. Los mismos con que asesinaría a los infieles.


REFERENCIAS

1. En clara referencia al Pacto de Organizaciones Armadas que firmó Abdel Haqq con las Mafias Nocturnas que aterrorizaban las calles hasta 2302, y que en realidad no fue sino una rendición clara de las Bandas tras la matanza provocada en París por el Comisario de Policía de la Provincia de Francia Ulysse Fontan, y tras el asesinato del líder rebelde Thierry Margieu.

2. Sublevación de los Hombres–Tritón: En 2358, Los Hombres–Tritón del Planeta Neptuno iniciaron una rebelión contra el Gobierno autoritario de las Naciones Unidas (en cuya sombra se encontraba el influjo terrible del Imperio de Nilidia). Por desgracia para ellos, los Tritones no eran en absoluto eficaces soldados, y fueron vencidos en su propio territorio por la Brigada Aérea 77 del Ejército Marciano, con la Teniente Jenna Brakken a la cabeza.

3. El Agujero Negro Devorador de Galaxias: En 2361, y como parte de su extraño y misterioso Culto Tzin, los habitantes de Júpiter liberaron sobre la Tierra al temido Agujero Negro Devorador de Galaxias, un ente primigenio del Universo cuyo único fin era consumir toda la Creación en su inacabable seno homicida. El Ejército de la ONU se le enfrentó con nulas consecuencias, y fue sólo el valor sin límites de la Brigada Aérea 77 de Marte (y un ingenio transportador similar al que trajo al demonio) lo que finalmente logró vencerlo. Mürlhan Khan, Señor de la Hermandad Tzin y de todo el territorio de Júpiter, compareció ante las Naciones Unidas para dar explicaciones, achacando la tragedia a “un desagradable error humano durante el acto sagrado del rezo”. La Inteligencia Nilidia empezó a desconfiar de él, y puso en marcha un programa para infiltrar espías en Júpiter (que nunca llegaría a tener éxito).

4. La invasión del Virus Caballo de Troya: En el año 2380, la Inteligencia Suprema Mercurio liberó por todo el Sistema Solar el terrible Virus Informático Caballo de Troya, que poseía la capacidad de introducirse en el subconsciente de las personas y les obligaba a realizar actos en contra de sus más hondas creencias. El blanco justamente era Marte, donde el Alto Mando Militar resultó depuesto y sustituido por un Gobierno ficticio creado por Mercurio. Todos los batallones quedaron inhabilitados, salvo la Brigada Aérea 77, cuya superior capacidad mental les confería ventaja, y que a la postre sería crucial en la batalla. El Virus resultó vencido, y su amenaza convertida en celebración. Fue en este momento cuando la Inteligencia Marciana descubrió que el Caballo de Troya había sido un invento del Ministerio de la Ciencia, pagado por Abdel Haqq, y toda la invasión una prueba para juzgar la solidez de las defensas de Marte. El General Pagliani presentó una queja formal ante la ONU, pero el Consejo la rechazó sin explicaciones.

5. Gillevinia straata: Primer microorganismo aislado en el hostil hábitat de Marte, identificado en 2053 tras la llegada del Hombre al Planeta Rojo. Fue denominado en honor de los científicos Gilbert Levin y Patricia Straat, quienes habían dirigido los experimentos originales en busca de vida en Marte en 1975. Con el fin de encuadrar al nuevo ser, el neurobiólogo Mario Crocco había creado ya en 2007 unas nuevas categorías taxonómicas que lo englobasen: Sistema de vida Solaria, Biosfera Marciana, Reino Jakobia, Género y Especie Gillevinia straata. Sin embargo, en 2087 se hizo público que la existencia del ser era un fiasco, inventado por el Gobierno de Nilidia para satisfacer a las masas. La horrible verdad es que nunca hubo seres vivos en Marte, excepto los ambiciosos humanos.

6. Canales de Marte: En el año 1877, el astrónomo italiano Giovanni Schiaparelli observó que sobre la imagen superficial del Planeta Marte se veían formaciones rectilíneas de color oscuro, a las que dio el nombre de “canales”. En 1908, el norteamericano Percival Lowell teorizó que dichas formaciones podrían deberse a la mano inteligente de una antigua cultura marciana, que los usó como medio para conducir agua desde los casquetes polares hasta los desiertos de Marte. Con el desarrollo de la colonización espacial, se hizo evidente que estos Canales no provenían de ningún pasado de novela, sino de acciones volcánicas remotas como la que originó la Región de Tharsis, y que no existió ninguna cultura marciana extinta, para desgracia de los escritores de ciencia–ficción.

7. Referencia de Jenna Brakken a la clásica frase de Nietzsche: “Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti”.