
Resumen de lo publicado:
Es difícil mantenerse neutral
cuando el mismo Universo se aboca a su destino
y los dueños de todas las verdades
pronuncian una única palabra:
Guerra
37
NEPTUNO
« Sí, a mí también me gustaría a veces poder tener la memoria de un pez »
Es difícil mantenerse neutral
cuando el mismo Universo se aboca a su destino
y los dueños de todas las verdades
pronuncian una única palabra:
Guerra
37
NEPTUNO
« Sí, a mí también me gustaría a veces poder tener la memoria de un pez »
Sábado, 1 de Enero de 2400.
08:00 h UTC.
Miró hacia el frente, al azul y limpísimo horizonte del mar y el cielo entremezclados, y supo que estaba muerto.
08:00 h UTC.
Miró hacia el frente, al azul y limpísimo horizonte del mar y el cielo entremezclados, y supo que estaba muerto.
Que las hordas sanguinarias del Rey Nam no tardarían más que segundos en llegar hasta su diminuto islote abandonado, y entonces sólo habría risas y matanza. Jugarían con su cráneo hecho pedazos, con sus ojos que una vez contemplaron galaxias remotas, con las manos que supieron de las maravillas de Bach y Mozart al piano. Una vida digna, que nadie jamás recordaría sino a través de sus obras.
Y como el origen de la guerra absoluta.
A principios de 2400 Neptuno iba a quedarse sin su Faro, y casi doscientos años de una existencia pacífica estaban a punto de alcanzar su último día. El ocaso de un mundo extraño cimentado en gentes que no lo sentían como propio. Un pueblo que sólo tenía en común el ser víctimas. Y eso crea unidad, pero no patriotismo.
La colonia al principio había sido numerosa. Alrededor de mil personas orbitando Neptuno en sus gigantescas naves terraformadoras, con un único pensamiento como guía: las infinitas posibilidades de la vida subacuática. La idea en realidad era buena, investigar el desarrollo de seres inteligentes en unas condiciones de máxima presión y luminosidad cero. Forzar la evolución natural de ballenas y delfines, convertir a las lubinas en médicos y los salmones en banqueros. E inventarse una nueva raza de humanos capaces de vivir bajo el océano.
La primera ciudad en erigirse sobre el fondo de un planeta inundado se llamó Luna, por el consabido poder que siempre tuvo ésta sobre las mareas. La tumultuosa vida en Neptuno se movía entre el discurrir de las olas y los bancos de peces errantes, entre las discusiones políticas de los atunes y los últimos escarceos amorosos de una famosa pescadilla. El tiempo puede pasar muy despacio entre las fachadas de coral, los arrecifes–kiosco y las viejas chismosas sentadas a la puerta de sus casas.
Al tiempo que Luna se convertía en cabeza de una tupida red de ciudades submarinas, otro tanto ocurría a sus hermanos de la superficie. Construyeron inmensas plataformas de comercio, vastos espaciopuertos flotando en las olas, y un sinfín de urbes tecnológicas que tanto crecían en un sentido como en otro. Que igual rascaban los cielos con sus agudas puntas de nácar y acero, como se hundían en los fondos del océano a modo de densas raíces superpobladas.
Y con los años empezó a haber dos clases. Unos ciudadanos de primera, habitantes del aire, que miraban las nubes cada día y contemplaban los rayos de sol entre jirones. Y luego estaban los técnicos, los encargados del sector servicios y de las reparaciones, cuyas viviendas se clavaban en el duro suelo de roca y de los corales habitados. Sus días eran un continuo discurrir de presiones hidrostáticas y recicladores de oxígeno, sus jornadas de trabajo se alargaban sin fin bajo la luz de soles artificiales que imitaran la vida real. Era una existencia falsa medida por relojes–carcelero, por las obligaciones que se convierten en rutina. Una moderna esclavitud incluso más inhumana que aquélla de la piel y las cadenas, porque aun siendo servidumbre la disfrazan de libertad. “Eres libre”, le dijo el Estado al siervo. “Libre de acatar mis órdenes y ser mío por entero. Acepta y te daré una vida corta llena de sufrimiento. Rechaza y no tendrás dónde morir”.
Neptuno era como aquella vieja película de Fritz Lang, pero con enormes ventanales con vistas al océano. Malvivían en terribles fosas de máquinas bien engrasadas, y allí entregaban sin remedio sus escasos dos siglos de esperanza de vida. En este lugar impío, la Fórmula Eternidad era sólo una prórroga en su tormento infinito.
Y sin embargo no fueron estos esclavos del mar quienes se rebelaron contra la ONU, sino el Ejército de Hombres–Tritón del cruel Rey Nam de Luna. Aunque al final todos tuvieran su pequeño papel en la historia.

Miró hacia el frente resignado, y su cabeza no duró más que apenas unos segundos entera. Los bárbaros estaban demasiado furiosos para atender a razones, y demasiado sedientos de sangre como para prolongar su agonía. El Faro se había convertido en la enseña de los hombres que una vez respiraron oxígeno, y por eso fue la primera estructura en caer.
Los tiempos habían cambiado mucho, y lo que todavía les quedaba por cambiar.
Ya no era la época gloriosa de las primeras investigaciones en Neptuno, cuando no había un día en que no inventaran una especie, y la Tierra les daba carta blanca para jugar a ser Dios. Ocultos en su laboratorio fortificado en las nubes, los genetistas del Departamento de Manipulación Étnica de la ONU se habían convertido en padres de un mundo lleno de demonios. Tiburones con la fuerza de una orca, anguilas cuya potencia eléctrica se veía multiplicada por mil, delfines convertidos en estrategas militares del nivel de Patton. Aquello tenía como es lógico una clara orientación belicista, y de hecho nutrió por largo tiempo las más cruciales batallas de la Historia de la Humanidad. Había peces armados con cañones fáser en los frentes de guerra del Virus Caballo de Troya, en los puestos de mando de las sangrientas incursiones en Fobos, y en la primera línea de defensa del Cinturón. Y además también en los despachos de los más poderosos generales, igual que en los satélites encargados de la vigilancia y rastreo, o en los comandos enviados a obtener la paz.
Hubo un momento en que los neptunianos se habían hecho imprescindibles a la hora de declarar una guerra, y más aún para terminarla.
Pero sin duda los favoritos como soldados perfectos de la ONU habían sido durante muchos años los Hombres–Tritón de la Corte de Luna, las sangrientas e irreductibles tropas del Rey Nam. Llamados Homo mermanus por aquellos científicos que diseñaron sus cuerpos, eran humanos en su estructura básica y su fisiología, igual que en su enorme capacidad intelectual, pero su piel estaba llena de escamas y branquias, y podían respirar tanto fuera como dentro del océano. Habían sido creados como una especie de lagartos humanoides de piel caliente, anfibios que podían nadar entre galaxias con la misma facilidad que en los corales de su patria. Y pronto se hizo claro que pocas armas biológicas eran capaces de desestabilizar la guerra del modo en que lo hacían los Hombres–Tritón de Luna.
Si eras un enemigo del Gobierno de la Tierra, y veías surgir en tu pantalla un millón de negras siluetas de escamas, de espadas y lanzas sónicas empuñadas por férreas manos verdes, entonces mejor date por muerto, que sin duda no tardarás mucho en estarlo.
Y en 2400, estas perfectas máquinas de guerra del espacio se volvieron contra la ONU, y nadaron desde la serena paz de su mundo, como una letanía de muerte inquebrantable, para llevar su venganza hasta los hogares de aquellos inocentes respiradores de oxígeno.
Así acaba la historia.

Sus restos fueron colgados del propio Faro de Neptuno, el símbolo que defendió con ahínco hasta que sus hermanos terminaron con él. Las obras que había escrito se olvidaron como granos de arena transportados por el viento, la gente que amó había dejado de llamarle muchos años atrás, y en general el mundo que había construido sobre su fornida espalda terminó por venirse abajo en una infinita sucesión de vidrios rotos.
La decadencia, y al fin la muerte.
En 2312 habían mandado una flota de naves terraformadoras a hacer habitable el planeta Neptuno. Sólo mil colonos, un millón de sueños de grandeza, un abanico de tesones. Sus líderes eran dos hermanos gemelos enormemente reputados en la ONU, los famosos Lun y Baghram Kanegusi, enviados especiales de la Nación de Oriente, y los más sabios de cuantos había en el Ministerio de la Ciencia.
Un año después toda su superficie estaba ya cubierta por agua, y cientos de miles de nuevas especies habitaban los fondos y entramados que habían construido para ellos, siempre bajo la supervisión directa del equipo. Como una especie de Gran Hermano cósmico, entre lucios lascivos y pulpos juguetones.
Pronto el uso militar de estos seres se hizo claro como el agua, y el Gobierno de Nilidia instaló un campo de entrenamiento para peces en las proximidades del Lago Victoria. Tácticas de guerrilla, infiltración, manejo de armas de gran calibre… Nada se escapaba de estos nuevos reclutas súper–inteligentes, menos aún desde el hallazgo de las sondas telepáticas y el control mental. Enseguida fueron necesarios para todas las maniobras, y cualquier general deseaba alguno a su cargo.
Habían sido una buena creación.
Y aun así el Emperador Haqq no estaba satisfecho. Todavía podían ser mejores, les faltaba algo en la escala de la macabra evolución en la probeta: su humanidad. ¿Por qué no crear hombres–pez, y luego servirse de ellos? ¿Por qué no aprovechar todo lo que habían aprendido y convertirse realmente en dioses? Iba a ser la primera vez en la Historia, algo tan revolucionario, tan distinto… Dar vida a una nueva especie humana extraterrestre, a medio camino entre los viejos hombres de la Tierra y los turbulentos peces sabios que habían fabricado. Seres capaces de respirar bajo las aguas, y al mismo tiempo de sobrevivir a las presiones inclementes de un océano que imitaba en todo a los terrestres. Una ciudad. Una cultura única. Una compleja sociedad subacuática.
El doctor Yussuf ben Kirham, Jefe de Investigaciones Cromosómicas de Nilidia, presentó a su amo un enorme proyecto de desarrollo étnico y cultural que revolucionaría la Historia de los Hombres. Por aquel entonces ya estaban las Sirenas Espaciales en Venus, y los Gigantes y Hecatónquiros en las vastas llanuras de Júpiter, pero nada se comparaba a esto, a la mezcla de humanos casi inmortales y peces transformados genéticamente. Habló de ciudades, de países enteros bajo las aguas de Neptuno, de hidropistas llenas de vehículos anfibios y sistemas gravitores especializados en mareas. Se le encendieron los ojos, y explicó con auténtica pasión la forma de mutar sus genes en apenas minutos, las poquísimas necesidades técnicas para diseñar un equipo de manipulación, y sus grandiosos resultados potenciales. Y después de una hora larga de sueños y felices esperanzas, el doctor Kirham mostró un informe detallado de lo que él bautizó como Sistema de Homoformación (1), y de por qué se merecía estar al mando.
Abdel Haqq sonrió, pero en verdad no estaba contento. Sus labios se curvaron en una mueca cruel de niño jugando a destripar hormigas, y supo que el científico era un juguete en sus manos.
“Muchas gracias por su informe, doctor. Desde luego me interesan mucho sus ideas, y creo que podremos llevarlas a cabo. Como es lógico, esto también podrá tener aplicaciones militares, y espero que usted pueda verlo como yo. Hombres que naden a esa profundidad significa hombres que puedan volar en el espacio, o atravesar la lava de un volcán. De modo que puedo conseguir que la ONU acepte sus pretensiones en Neptuno, e incluso recomendarle a usted para un cargo de máxima responsabilidad… aunque siempre tendrá que estar bajo el mando de las Fuerzas Aeroespaciales. Eso no le supondrá limitaciones en su trabajo, lo prometo, es sólo una formalidad para tenerlos contentos a todos. Espero que no le suponga un problema…”
Kirham sonrió también, tratando de no parecer avergonzado, aunque le acababan de poner contra las cuerdas. Su sueño era ya una nube borrosa que le habían enturbiado en su cara: la única forma de obtener a sus Hombres–Tritón era dejar que un soldadito sin estudios los gobernase a todos. Que sus enormes logros científicos y sus tres carreras se sometieran a la voluntad cambiable de los altos mandos del Ejército, a los que no les importaba lo más mínimo su empeño en las culturas en medios extremos, o su intento de imitar los trabajos de Dios.
Cráneos reforzados, esqueletos densos y al mismo tiempo gráciles al nadar, ojos que nunca necesitaron luz… Todo eso eran sólo medios en la carrera de algún viejo general terráqueo al que no le interesaba ya despuntar. Y sin embargo no le quedaba otra opción si quería ver su sueño convertido en mundo.
Al fin y al cabo, la Tierra siempre fue un planeta militarizado. ¿Qué otra cosa se podía esperar de Haqq?
Respiró hondo, procurando parecer lo más contento posible, aunque sabía que estaba vendiendo su alma como Fausto.
“Le agradezco mucho su oferta, señor, y por supuesto que no me será un problema. Estaré feliz de servir a mi patria, y juro que voy a aprovechar esta ocasión en beneficio de todos”.
“Bien, bien… Se puede retirar, doctor. Envíe su informe al Ministerio de Ciencia, y ya le avisaremos cuando todo esté listo”.
Y se marchó.
Con todos sus hallazgos bajo el brazo, una falsa sonrisa en los labios y su ética alquilada. Y dejó atrás su alma, sucia y negra de maniqueísmo, temblando entre los dedos juguetones de Abdel Haqq.

Esa misma noche, Baghram Kanegusi recibió una llamada de prioridad alfa en Neptuno. Las luces de la nave terraformadora alumbraban tímidas las negras olas cargadas de vida, gracias a ellos. La evolución rugía furiosa a sus pies, luchando por romper las duras fronteras que le habían impuesto los hombres. Kanegusi abandonó en el suelo las ropas ceremoniales, y ayudó a su hermano a alcanzar el lecho sin matarse. Había sido un día muy largo, y por una vez les habían permitido consumir alcohol en público. Era el festejo de una década de terraformaciones bajo el agua, y al pobre Lun le sentaron fatal unas copas de vino que nunca había probado antes. Lo acostó con todo el cariño de un hermano mayor, casi de un padre, y luego se asomó al balcón de la suite que ambos compartían.
Contempló el mar, azotado por un viento férreo creado por los satélites, y se sintió orgulloso de sí mismo. Habían hecho un buen trabajo en diez años. Ninguno de los dos tenía familia, ni habían estado en la vida más que trabajando sin parar. Cualquier cosa por un oscuro Gobierno que estaba a millones de kilómetros de allí. Y ahora, echando la vista hacia los resultados de su plena dedicación, podía ver algo aún más importante que sus años, que el trabajo y sacrificios de un par de gemelos superdotados: aquel lugar era hermoso.
Neptuno se había transformado en arte.
En una sinfonía de guerra y conflicto a través de la infinita jungla de la evolución. Genes chocando y realineando sus secuencias de milenios de antigüedad, guiados tan solo por la batuta firme de un genio científico, y su hermano poeta. Por los deseos de retorcer un poco cada día las hélices llenas de esperanza en el futuro. Por un sueño hermoso, que dio vida a un planeta más hermoso de lo que nunca habrían podido imaginar. Apuró la copa de brandy, sabiendo que había mucho por lo que alegrarse, y una sola vez en la vida se permitió el lujo de sentirse feliz.
De pronto, notó el zumbido suave en la nuca que correspondía a las notificaciones de su sonda mental: le estaban llamando.
“¿Sí? ¿Buenas noches?”

Miró hacia el frente resignado, y su cabeza no duró más que apenas unos segundos entera. Los bárbaros estaban demasiado furiosos para atender a razones, y demasiado sedientos de sangre como para prolongar su agonía. El Faro se había convertido en la enseña de los hombres que una vez respiraron oxígeno, y por eso fue la primera estructura en caer.
Los tiempos habían cambiado mucho, y lo que todavía les quedaba por cambiar.
Ya no era la época gloriosa de las primeras investigaciones en Neptuno, cuando no había un día en que no inventaran una especie, y la Tierra les daba carta blanca para jugar a ser Dios. Ocultos en su laboratorio fortificado en las nubes, los genetistas del Departamento de Manipulación Étnica de la ONU se habían convertido en padres de un mundo lleno de demonios. Tiburones con la fuerza de una orca, anguilas cuya potencia eléctrica se veía multiplicada por mil, delfines convertidos en estrategas militares del nivel de Patton. Aquello tenía como es lógico una clara orientación belicista, y de hecho nutrió por largo tiempo las más cruciales batallas de la Historia de la Humanidad. Había peces armados con cañones fáser en los frentes de guerra del Virus Caballo de Troya, en los puestos de mando de las sangrientas incursiones en Fobos, y en la primera línea de defensa del Cinturón. Y además también en los despachos de los más poderosos generales, igual que en los satélites encargados de la vigilancia y rastreo, o en los comandos enviados a obtener la paz.
Hubo un momento en que los neptunianos se habían hecho imprescindibles a la hora de declarar una guerra, y más aún para terminarla.
Pero sin duda los favoritos como soldados perfectos de la ONU habían sido durante muchos años los Hombres–Tritón de la Corte de Luna, las sangrientas e irreductibles tropas del Rey Nam. Llamados Homo mermanus por aquellos científicos que diseñaron sus cuerpos, eran humanos en su estructura básica y su fisiología, igual que en su enorme capacidad intelectual, pero su piel estaba llena de escamas y branquias, y podían respirar tanto fuera como dentro del océano. Habían sido creados como una especie de lagartos humanoides de piel caliente, anfibios que podían nadar entre galaxias con la misma facilidad que en los corales de su patria. Y pronto se hizo claro que pocas armas biológicas eran capaces de desestabilizar la guerra del modo en que lo hacían los Hombres–Tritón de Luna.
Si eras un enemigo del Gobierno de la Tierra, y veías surgir en tu pantalla un millón de negras siluetas de escamas, de espadas y lanzas sónicas empuñadas por férreas manos verdes, entonces mejor date por muerto, que sin duda no tardarás mucho en estarlo.
Y en 2400, estas perfectas máquinas de guerra del espacio se volvieron contra la ONU, y nadaron desde la serena paz de su mundo, como una letanía de muerte inquebrantable, para llevar su venganza hasta los hogares de aquellos inocentes respiradores de oxígeno.
Así acaba la historia.

Sus restos fueron colgados del propio Faro de Neptuno, el símbolo que defendió con ahínco hasta que sus hermanos terminaron con él. Las obras que había escrito se olvidaron como granos de arena transportados por el viento, la gente que amó había dejado de llamarle muchos años atrás, y en general el mundo que había construido sobre su fornida espalda terminó por venirse abajo en una infinita sucesión de vidrios rotos.
La decadencia, y al fin la muerte.
En 2312 habían mandado una flota de naves terraformadoras a hacer habitable el planeta Neptuno. Sólo mil colonos, un millón de sueños de grandeza, un abanico de tesones. Sus líderes eran dos hermanos gemelos enormemente reputados en la ONU, los famosos Lun y Baghram Kanegusi, enviados especiales de la Nación de Oriente, y los más sabios de cuantos había en el Ministerio de la Ciencia.
Un año después toda su superficie estaba ya cubierta por agua, y cientos de miles de nuevas especies habitaban los fondos y entramados que habían construido para ellos, siempre bajo la supervisión directa del equipo. Como una especie de Gran Hermano cósmico, entre lucios lascivos y pulpos juguetones.
Pronto el uso militar de estos seres se hizo claro como el agua, y el Gobierno de Nilidia instaló un campo de entrenamiento para peces en las proximidades del Lago Victoria. Tácticas de guerrilla, infiltración, manejo de armas de gran calibre… Nada se escapaba de estos nuevos reclutas súper–inteligentes, menos aún desde el hallazgo de las sondas telepáticas y el control mental. Enseguida fueron necesarios para todas las maniobras, y cualquier general deseaba alguno a su cargo.
Habían sido una buena creación.
Y aun así el Emperador Haqq no estaba satisfecho. Todavía podían ser mejores, les faltaba algo en la escala de la macabra evolución en la probeta: su humanidad. ¿Por qué no crear hombres–pez, y luego servirse de ellos? ¿Por qué no aprovechar todo lo que habían aprendido y convertirse realmente en dioses? Iba a ser la primera vez en la Historia, algo tan revolucionario, tan distinto… Dar vida a una nueva especie humana extraterrestre, a medio camino entre los viejos hombres de la Tierra y los turbulentos peces sabios que habían fabricado. Seres capaces de respirar bajo las aguas, y al mismo tiempo de sobrevivir a las presiones inclementes de un océano que imitaba en todo a los terrestres. Una ciudad. Una cultura única. Una compleja sociedad subacuática.
El doctor Yussuf ben Kirham, Jefe de Investigaciones Cromosómicas de Nilidia, presentó a su amo un enorme proyecto de desarrollo étnico y cultural que revolucionaría la Historia de los Hombres. Por aquel entonces ya estaban las Sirenas Espaciales en Venus, y los Gigantes y Hecatónquiros en las vastas llanuras de Júpiter, pero nada se comparaba a esto, a la mezcla de humanos casi inmortales y peces transformados genéticamente. Habló de ciudades, de países enteros bajo las aguas de Neptuno, de hidropistas llenas de vehículos anfibios y sistemas gravitores especializados en mareas. Se le encendieron los ojos, y explicó con auténtica pasión la forma de mutar sus genes en apenas minutos, las poquísimas necesidades técnicas para diseñar un equipo de manipulación, y sus grandiosos resultados potenciales. Y después de una hora larga de sueños y felices esperanzas, el doctor Kirham mostró un informe detallado de lo que él bautizó como Sistema de Homoformación (1), y de por qué se merecía estar al mando.
Abdel Haqq sonrió, pero en verdad no estaba contento. Sus labios se curvaron en una mueca cruel de niño jugando a destripar hormigas, y supo que el científico era un juguete en sus manos.
“Muchas gracias por su informe, doctor. Desde luego me interesan mucho sus ideas, y creo que podremos llevarlas a cabo. Como es lógico, esto también podrá tener aplicaciones militares, y espero que usted pueda verlo como yo. Hombres que naden a esa profundidad significa hombres que puedan volar en el espacio, o atravesar la lava de un volcán. De modo que puedo conseguir que la ONU acepte sus pretensiones en Neptuno, e incluso recomendarle a usted para un cargo de máxima responsabilidad… aunque siempre tendrá que estar bajo el mando de las Fuerzas Aeroespaciales. Eso no le supondrá limitaciones en su trabajo, lo prometo, es sólo una formalidad para tenerlos contentos a todos. Espero que no le suponga un problema…”
Kirham sonrió también, tratando de no parecer avergonzado, aunque le acababan de poner contra las cuerdas. Su sueño era ya una nube borrosa que le habían enturbiado en su cara: la única forma de obtener a sus Hombres–Tritón era dejar que un soldadito sin estudios los gobernase a todos. Que sus enormes logros científicos y sus tres carreras se sometieran a la voluntad cambiable de los altos mandos del Ejército, a los que no les importaba lo más mínimo su empeño en las culturas en medios extremos, o su intento de imitar los trabajos de Dios.
Cráneos reforzados, esqueletos densos y al mismo tiempo gráciles al nadar, ojos que nunca necesitaron luz… Todo eso eran sólo medios en la carrera de algún viejo general terráqueo al que no le interesaba ya despuntar. Y sin embargo no le quedaba otra opción si quería ver su sueño convertido en mundo.
Al fin y al cabo, la Tierra siempre fue un planeta militarizado. ¿Qué otra cosa se podía esperar de Haqq?
Respiró hondo, procurando parecer lo más contento posible, aunque sabía que estaba vendiendo su alma como Fausto.
“Le agradezco mucho su oferta, señor, y por supuesto que no me será un problema. Estaré feliz de servir a mi patria, y juro que voy a aprovechar esta ocasión en beneficio de todos”.
“Bien, bien… Se puede retirar, doctor. Envíe su informe al Ministerio de Ciencia, y ya le avisaremos cuando todo esté listo”.
Y se marchó.
Con todos sus hallazgos bajo el brazo, una falsa sonrisa en los labios y su ética alquilada. Y dejó atrás su alma, sucia y negra de maniqueísmo, temblando entre los dedos juguetones de Abdel Haqq.

Esa misma noche, Baghram Kanegusi recibió una llamada de prioridad alfa en Neptuno. Las luces de la nave terraformadora alumbraban tímidas las negras olas cargadas de vida, gracias a ellos. La evolución rugía furiosa a sus pies, luchando por romper las duras fronteras que le habían impuesto los hombres. Kanegusi abandonó en el suelo las ropas ceremoniales, y ayudó a su hermano a alcanzar el lecho sin matarse. Había sido un día muy largo, y por una vez les habían permitido consumir alcohol en público. Era el festejo de una década de terraformaciones bajo el agua, y al pobre Lun le sentaron fatal unas copas de vino que nunca había probado antes. Lo acostó con todo el cariño de un hermano mayor, casi de un padre, y luego se asomó al balcón de la suite que ambos compartían.
Contempló el mar, azotado por un viento férreo creado por los satélites, y se sintió orgulloso de sí mismo. Habían hecho un buen trabajo en diez años. Ninguno de los dos tenía familia, ni habían estado en la vida más que trabajando sin parar. Cualquier cosa por un oscuro Gobierno que estaba a millones de kilómetros de allí. Y ahora, echando la vista hacia los resultados de su plena dedicación, podía ver algo aún más importante que sus años, que el trabajo y sacrificios de un par de gemelos superdotados: aquel lugar era hermoso.
Neptuno se había transformado en arte.
En una sinfonía de guerra y conflicto a través de la infinita jungla de la evolución. Genes chocando y realineando sus secuencias de milenios de antigüedad, guiados tan solo por la batuta firme de un genio científico, y su hermano poeta. Por los deseos de retorcer un poco cada día las hélices llenas de esperanza en el futuro. Por un sueño hermoso, que dio vida a un planeta más hermoso de lo que nunca habrían podido imaginar. Apuró la copa de brandy, sabiendo que había mucho por lo que alegrarse, y una sola vez en la vida se permitió el lujo de sentirse feliz.
De pronto, notó el zumbido suave en la nuca que correspondía a las notificaciones de su sonda mental: le estaban llamando.
“¿Sí? ¿Buenas noches?”
“Buenas noches, señor Kanegusi. Soy Abdel Haqq, Emperador de Nilidia. ¿Puede oírme bien?”
Un escalofrío atroz bajó por su columna, y el aliento se resecó en su boca. Haqq. La autoridad absoluta. Mayor incluso que la del propio Secretario General de la ONU (al que la prensa llamaba “El hombre más poderoso del Cosmos… con permiso de Abdel Haqq”). Señor del Imperio más enorme que había existido nunca en la Historia, y única cabeza visible del poder en la Tierra, y por extensión en todo el Sistema Solar. Un hombre que había vencido a los enemigos de su patria, y bajo cuyo mando férreo la Humanidad había conquistado un nuevo futuro en las estrellas. Un hombre al que admiraba y seguía desde hacía años.
Y ahora estaba ante él, ese rostro holográfico tierno como el de un padre de toda la raza humana.
“Eehh… Sí… Sí, señor, le oigo. E… Es un gran honor que me llame…”
“No, señor Kanegusi, el honor es mío. Las noticias que llegan de Neptuno son siempre grandiosas, igual que las materias primas que nos envían cada mes. Estamos muy contentos con su trabajo”.
“Oh… Eeeehh… Muchísimas gracias, señor. Ya sabe cuánto valoro que…”
“Por eso he pensado que deben ir más allá. El doctor Kirham me ha propuesto un nuevo experimento genético que podría desarrollarse en Neptuno. Se trata de una mezcla de hombres y peces con capacidad para sobrevivir bajo el agua. Él lo llama… Hombres–Tritón. ¿Se imagina las posibilidades? Yo estoy exultante”.
“Bu… Bueno… Con todo el respeto, señor… ¿Eso no iría en contra de las Leyes de Control de las Especies (2)? Me… Me refiero… A las Unidades de Terraformación se nos permite crear nuevas especies adaptadas al entorno, pero no alterar el genoma de los hombres. Eso está prohibido”.
“Oh, vamos, señor Kanegusi, no me sea inocente. ¿Qué habría pasado entonces en Júpiter, si todo el mundo siguiera esas leyes absurdas?”
"¿En… En Júpiter? ¿No… No se supone que fue un accidente… un efecto secundario de los vapores volcánicos?”
“Sí, por supuesto. Ésa es la razón de que haya gigantes de cien metros de altura y muchos brazos, porque respiraron ceniza. Por favor, seamos francos. Inteligencia Militar lleva años probando sus teorías de manipulación de las razas, no siempre con el mismo éxito. Los neandertales que viven en el Ártico, los grecorromanos, las cien mil especies de marcianos o las diosas de Venus. ¿Me va a decir que todo eso fueron accidentes?”
“Bueno… Yo… Se supone que hay una explicación lógica… Está la Teoría de Adaptación Genética al Medio (3)…”
“Sí, claro… Los políticos han hecho un buen trabajo convenciéndole. Hablemos con franqueza, señor Kanegusi. Usted posee una autorización de nivel 1–A, es uno de los máximos responsables de todo el Sistema Solar, así que ya está al tanto de las cosas que ocurren, y por qué. La ONU ha impuesto su ley con crudeza, y ustedes en las Colonias son quienes más lo sufren. ¿No cree que es hora de que hagamos algo para que entren de verdad en la Historia? Unos individuos grandiosos, los auténticos herederos de esa utopía que están construyendo. ¿No le suena brillante?”
“Bueno, señor… Si puedo serle sincero, yo creo que las cosas deberían quedarse como están. No necesitamos más experimentos con humanos. No me gusta nada lo que hicieron en Venus, esas mujeres que se reproducen por esporas, creadas sólo para negociar con las máquinas. Y sé también lo de esas dimensiones de bolsillo con las que juegan, esa Urm hecha a escala como ratones metidos en un laberinto. No, no quiero que en Neptuno ocurra lo mismo”.
“¿Y piensa que yo sí? Lo de Venus es algo lamentable, y todos estamos profundamente apenados. Son las locuras del Secretario General, ese condenado imbécil que piensa que toda la Galaxia es su maldito patio de juegos. Yo no le estoy diciendo eso, Baghram (¿puedo llamarle Baghram?). Yo le hablo de un auténtico campo de ensayo social y étnico, un lugar donde probar las nuevas teorías de evolución de las especies, y donde aprender de quienes somos. ¿Comprende? ¿No le parece una oportunidad histórica? De este día hablarán en el futuro, y sabrán que tomamos la decisión más adecuada”.
“¿Usted cree? Me refiero… ¿de verdad piensa que vamos a aportar algo que no sean nuevos soldados–pez a los que laven el cerebro?”.
“¿Y qué problema ve en eso?”
“…”
“¡Ja, ja, ja! No, es broma. No sea tan derrotista. Yo lo veo como una ocasión de elegir nuestro propio camino, sin que tengamos que dejarnos guiar por las estrechas miras de la ética o la religión. Seríamos libres por fin. Libres de saber quiénes somos, y quiénes queremos llegar a ser. La libertad es algo demasiado bello para negarse a tomarla, amigo Baghram. Lo que pasa es que temo que usted se ha vuelto un cínico con la edad”.
“¿Y le extraña? Señor, yo ya he visto muchas cosas en doscientos años, unas me gustan y otras no tanto. Es el problema de la longevidad, que acabas desencantado de todos tus sueños”.
“Le comprendo mejor que nadie. Recuerde que está usted hablando con el hombre más anciano que existe en todo el Universo. Si doscientos años le parecen muchos, piense que yo llegué a conocer personalmente a Adolf Hitler y a Winston Churchill, y no me arrepiento de haber estrechado la mano de ninguno. ¿Recuerda aquella frase que decía que «El pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla»? El pasado no debe ignorarse, pero tampoco tendría que ser un freno. El futuro es inmenso. ¿No lo ve usted así?”
"No soy un filósofo, señor. Sólo me dedico a hacer poemas, y a ayudar a mi hermano a edificar un planeta. No me meto en tareas demasiado ambiciosas”.
“¡Ja, ja! Ya veo. Pues tal vez sea hora de que se meta. Le prometo que este día quedará grabado para siempre en su historia personal, y nunca podrá olvidarse de ello. Hágame caso y obtendrá un lugar con honores en los libros… y en nuestro Gobierno”.
“Señor… ¿puedo ser sincero?”.
“Desde luego”.
“Bueno… Usted es el Emperador de Nilidia. Las concesiones en materia de terraformación les corresponden a ustedes, por mucho que mi hermano o yo queramos aportar algo. Nuestro contrato se firmó con Naciones Unidas, pero las decisiones las toma su Gobierno. Así que da igual lo que nosotros pensemos, que al final tendrá su raza de hombres–pez y sus experimentos genéticos”.
“Sí, por supuesto. Ésa es la razón de que haya gigantes de cien metros de altura y muchos brazos, porque respiraron ceniza. Por favor, seamos francos. Inteligencia Militar lleva años probando sus teorías de manipulación de las razas, no siempre con el mismo éxito. Los neandertales que viven en el Ártico, los grecorromanos, las cien mil especies de marcianos o las diosas de Venus. ¿Me va a decir que todo eso fueron accidentes?”
“Bueno… Yo… Se supone que hay una explicación lógica… Está la Teoría de Adaptación Genética al Medio (3)…”
“Sí, claro… Los políticos han hecho un buen trabajo convenciéndole. Hablemos con franqueza, señor Kanegusi. Usted posee una autorización de nivel 1–A, es uno de los máximos responsables de todo el Sistema Solar, así que ya está al tanto de las cosas que ocurren, y por qué. La ONU ha impuesto su ley con crudeza, y ustedes en las Colonias son quienes más lo sufren. ¿No cree que es hora de que hagamos algo para que entren de verdad en la Historia? Unos individuos grandiosos, los auténticos herederos de esa utopía que están construyendo. ¿No le suena brillante?”
“Bueno, señor… Si puedo serle sincero, yo creo que las cosas deberían quedarse como están. No necesitamos más experimentos con humanos. No me gusta nada lo que hicieron en Venus, esas mujeres que se reproducen por esporas, creadas sólo para negociar con las máquinas. Y sé también lo de esas dimensiones de bolsillo con las que juegan, esa Urm hecha a escala como ratones metidos en un laberinto. No, no quiero que en Neptuno ocurra lo mismo”.
“¿Y piensa que yo sí? Lo de Venus es algo lamentable, y todos estamos profundamente apenados. Son las locuras del Secretario General, ese condenado imbécil que piensa que toda la Galaxia es su maldito patio de juegos. Yo no le estoy diciendo eso, Baghram (¿puedo llamarle Baghram?). Yo le hablo de un auténtico campo de ensayo social y étnico, un lugar donde probar las nuevas teorías de evolución de las especies, y donde aprender de quienes somos. ¿Comprende? ¿No le parece una oportunidad histórica? De este día hablarán en el futuro, y sabrán que tomamos la decisión más adecuada”.
“¿Usted cree? Me refiero… ¿de verdad piensa que vamos a aportar algo que no sean nuevos soldados–pez a los que laven el cerebro?”.
“¿Y qué problema ve en eso?”
“…”
“¡Ja, ja, ja! No, es broma. No sea tan derrotista. Yo lo veo como una ocasión de elegir nuestro propio camino, sin que tengamos que dejarnos guiar por las estrechas miras de la ética o la religión. Seríamos libres por fin. Libres de saber quiénes somos, y quiénes queremos llegar a ser. La libertad es algo demasiado bello para negarse a tomarla, amigo Baghram. Lo que pasa es que temo que usted se ha vuelto un cínico con la edad”.
“¿Y le extraña? Señor, yo ya he visto muchas cosas en doscientos años, unas me gustan y otras no tanto. Es el problema de la longevidad, que acabas desencantado de todos tus sueños”.
“Le comprendo mejor que nadie. Recuerde que está usted hablando con el hombre más anciano que existe en todo el Universo. Si doscientos años le parecen muchos, piense que yo llegué a conocer personalmente a Adolf Hitler y a Winston Churchill, y no me arrepiento de haber estrechado la mano de ninguno. ¿Recuerda aquella frase que decía que «El pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla»? El pasado no debe ignorarse, pero tampoco tendría que ser un freno. El futuro es inmenso. ¿No lo ve usted así?”
"No soy un filósofo, señor. Sólo me dedico a hacer poemas, y a ayudar a mi hermano a edificar un planeta. No me meto en tareas demasiado ambiciosas”.
“¡Ja, ja! Ya veo. Pues tal vez sea hora de que se meta. Le prometo que este día quedará grabado para siempre en su historia personal, y nunca podrá olvidarse de ello. Hágame caso y obtendrá un lugar con honores en los libros… y en nuestro Gobierno”.
“Señor… ¿puedo ser sincero?”.
“Desde luego”.
“Bueno… Usted es el Emperador de Nilidia. Las concesiones en materia de terraformación les corresponden a ustedes, por mucho que mi hermano o yo queramos aportar algo. Nuestro contrato se firmó con Naciones Unidas, pero las decisiones las toma su Gobierno. Así que da igual lo que nosotros pensemos, que al final tendrá su raza de hombres–pez y sus experimentos genéticos”.
“Le veo un hombre inteligente, Baghram. Sin embargo, esperaba algo más de entusiasmo y colaboración por su parte”.
“Oh, la tendrá. Pienso estar al frente de todo lo que se me ordene, y me llevaré los beneficios que me correspondan. Pero no crea que esto es una conversación, ni que pienso que le interesan mis ideas. Por otra parte, ¿no debería estar hablando con mi hermano en vez de conmigo? Él es el científico brillante, y yo sólo le llevo las maletas”.
“Ah, llega usted al punto básico en todo esto. El doctor Kirham no sólo quiere una ciudad de homínidos con escamas, sino un verdadero desarrollo social como el nuestro. Quiere líderes, y guerras, y auténtico valor que no se disfrace. Y temo que eso no podemos conseguirlo sólo en una probeta. Su idea es tomar a individuos que ya existan e implantar sus pautas cerebrales en un tritón. Algo así como trasplantar una personalidad entera, pero no sus recuerdos. Y el primer sujeto al que se lo haremos es su hermano”.
“¿Qué? ¿De qué demonios está hablando?”
“De progreso, amigo mío. Adam Lun Kanegusi seguirá viviendo en Neptuno, pero esta vez bajo la apariencia del rey de los tritones. ¿No deseaba guiar la terraformación de ese mundo? Bueno, pues ahora podrá hacerlo de primera mano”.
“¡No sé si esto es alguna clase de broma, pero no pienso consentir que se ría de nosotros!”
“No es ninguna broma. El doctor Kirham ya ha partido hacia allí, y a primera hora de la mañana comenzará a tratar el cuerpo de su hermano. Por desgracia, la extracción de pautas cerebrales aún sigue un proceso excesivamente traumático, y pienso que el cuerpo no sobrevivirá. Me han prometido que esto ha de mejorarse con el tiempo, pero por ahora…”
“¿Me ha llamado para decir que va a sacrificar a Lun por su experimento? ¿Qué clase de locura es ésta?”
“¿Me ha llamado para decir que va a sacrificar a Lun por su experimento? ¿Qué clase de locura es ésta?”
“Es el futuro, como ya le dije, y usted va a ser pieza clave. Necesito que abra los códigos de la puerta de su suite, para que el equipo de obtención pueda llevar el cuerpo hasta los laboratorios”.
“¿Espera que entregue a mi hermano?”
“No, no espero nada, Baghram. Sé que lo va a hacer, y sólo le estoy informando. Como usted ha dicho antes, soy yo el que toma las decisiones en este asunto, igual que en muchos otros, y no crea que me interesan sus ideas. ¿No fueron ésas sus palabras exactas?”
“Pero… pero esto no tiene nada que ver. No puede hacer eso con mi hermano… ¡Es usted un monstruo!”
“Oh, por el contrario, puedo ser el hombre más generoso del mundo, o el más terrible, según desee. Va usted a abrir esa puerta cuando llamen al timbre, y no va a hacer el más mínimo comentario mientras ellos sedan a su hermano y lo transportan. No volverá a verlo jamás, y por la mañana anunciaremos el traspaso de poderes. El doctor Kirham asumirá las labores científicas en Neptuno, y usted las de organización. Será alguien poderoso, amigo Baghram, y nunca tendrá que recibir más llamadas como ésta. Se lo prometo”.
“¿Y… Y si me niego?”
Abdel Haqq guardó silencio durante un único segundo, como si valorara el grado de fuerza que tuviera que hacer su mano para aplastar un mosquito. Kanegusi lloraba, se estremecía en la baranda que unos minutos atrás había sido su orgullo. Todo era una farsa. Todo mentira. Les habían dejado jugar a sus anchas hasta el momento en que dejaran de necesitarlos. Eran sólo ratones corriendo por un laberinto.
Y la voz sonó de nuevo en su cabeza, espeluznantemente tranquila.
“Baghram… Baghram… ¿Realmente necesita que le conteste a eso?”
Y la imagen le observó desde la Tierra, un holograma de inmensa paz que había aniquilado en minutos toda su existencia. Un depredador, que ni siquiera le consideraba presa. Para Haqq, Baghram Kanegusi era sólo el chico de los recados. Un mozo, encargado de abrir puertas cuando se lo ordenan.
La comunicación se cortó, y al instante llamaron al timbre.


“Pueden no ser ellos”, se dijo. “Quizá se hayan equivocado, o sea algún técnico que venga a comunicar noticias de otra base. Es posible que sea todo una broma, o un juego para desquiciarme”.
Caminó hasta la puerta, y supo al instante lo que iba a hacer. Gemelos. Unidos desde siempre, aunque con distintas inquietudes. Sueños ambiciosos, poder para crear vida y transformarla. Responsabilidad y trabajo honrado. Esperanza.
Ratones en un laberinto.
Abrió la puerta, y un comando militar entró raudo, transportando una especie de ataúd criogénico. Marcharon hasta la habitación de su hermano, y no pudo ver lo que hacían dentro. Desaparecieron en segundos, y no se asomó a la ventanilla del ataúd cuando éste pasó flotando junto a su mano.
Se quedó allí, parado junto al quicio de la puerta, mirando a la nada. Escuchando el mar, el que ellos habían creado hacía sólo una década. Y aquel rumor continuo le parecía de pronto como un macabro canto de sirenas. Atrayendo a pobres incautos a la perdición.
A la mañana siguiente informaron a todo el planeta de un accidente mortal: su líder, el eminente profesor Kanegusi, había caído al mar la noche anterior bajo los efectos indeseables del alcohol. Ningún ciudadano de la Galaxia estaba ya habituado a los mareos o las náuseas que eran comunes en otro siglo, de modo que la primera vez que le habían dejado consumirlo fue también la última.
Y por desgracia, su cuerpo lo habían devorado las pirañas.
Una terrible paradoja, este asunto. Las pirañas justamente habían resultado de los pocos peces a los que no habían podido dotar de inteligencia. Su extrema voracidad y su comportamiento instintivo los hacían inmunes al tratamiento global de manipulación genética, de modo que sólo existían en Neptuno como un vestigio de aquellas especies sub–evolucionadas de las que partieron sus hermanos. El único grupo registrado de pirañas se las había regalado curiosamente el propio Emperador Haqq, seis años atrás, durante una visita oficial al mundo subacuático.
Y en este día trágico fueron además sus verdugos.
El Gobierno de Neptuno celebró diez días de luto, veinte funerales en diversas ciudades del planeta, y un millar de monumentos representativos. Adam Lun Kanegusi había levantado aquello sobre el valor de su propia grandeza, y nunca habría nadie como él. Cientos de jefes de Estado presentaron su dolor ante el heredero de la gesta terraformadora, y en sus ojos se vislumbraba la pena que suponía tamaña pérdida. Incluso en los del célebre Emperador Haqq, que voló hasta Neptuno para acompañar a la familia. Todo un gesto, que la prensa se ocupó de comentar.
En el mismo Centro de Investigaciones Submarinas, el laboratorio en las nubes que fue su hogar, erigieron una estatua para que nadie pudiera olvidarle. Una imagen que le mostraba afable, como siempre fue, rodeado de un millón de criaturas diseñadas por su genio. Y en el pedestal grabaron su frase más recordada, la que tantas veces repetía a modo de enseñanza:
A la mañana siguiente informaron a todo el planeta de un accidente mortal: su líder, el eminente profesor Kanegusi, había caído al mar la noche anterior bajo los efectos indeseables del alcohol. Ningún ciudadano de la Galaxia estaba ya habituado a los mareos o las náuseas que eran comunes en otro siglo, de modo que la primera vez que le habían dejado consumirlo fue también la última.
Y por desgracia, su cuerpo lo habían devorado las pirañas.
Una terrible paradoja, este asunto. Las pirañas justamente habían resultado de los pocos peces a los que no habían podido dotar de inteligencia. Su extrema voracidad y su comportamiento instintivo los hacían inmunes al tratamiento global de manipulación genética, de modo que sólo existían en Neptuno como un vestigio de aquellas especies sub–evolucionadas de las que partieron sus hermanos. El único grupo registrado de pirañas se las había regalado curiosamente el propio Emperador Haqq, seis años atrás, durante una visita oficial al mundo subacuático.
Y en este día trágico fueron además sus verdugos.
El Gobierno de Neptuno celebró diez días de luto, veinte funerales en diversas ciudades del planeta, y un millar de monumentos representativos. Adam Lun Kanegusi había levantado aquello sobre el valor de su propia grandeza, y nunca habría nadie como él. Cientos de jefes de Estado presentaron su dolor ante el heredero de la gesta terraformadora, y en sus ojos se vislumbraba la pena que suponía tamaña pérdida. Incluso en los del célebre Emperador Haqq, que voló hasta Neptuno para acompañar a la familia. Todo un gesto, que la prensa se ocupó de comentar.
En el mismo Centro de Investigaciones Submarinas, el laboratorio en las nubes que fue su hogar, erigieron una estatua para que nadie pudiera olvidarle. Una imagen que le mostraba afable, como siempre fue, rodeado de un millón de criaturas diseñadas por su genio. Y en el pedestal grabaron su frase más recordada, la que tantas veces repetía a modo de enseñanza:
El pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla
Por desgracia, el dolor con frecuencia tiene que olvidarse, y la ciencia exige nuevos protagonistas que asuman el reto. El doctor Yussuf ben Kirham fue nombrado Jefe Científico del Gobierno de Neptuno, y Baghram Kanegusi responsable civil de la colonia. La vida siguió adelante, de un modo u otro. El nilidio tuvo su ocasión de experimentar, y el hermano traidor se contentó con los lujos sin freno que llegaban de la Tierra, con las serenatas de Bach y Mozart al piano, y con tratar de olvidarse de que su vida tampoco le importaba mucho a la ONU. Que llegado el momento en que olvidara su lugar, ninguna acción represiva era demasiado cara para ellos.
Dos meses después se mostró en público el más reciente hallazgo de Neptuno: el primer Hombre–Tritón. Un ser antropomorfo capaz de respirar tanto en el agua como al aire, un híbrido de enorme inteligencia y absoluta lealtad a sus creadores. Kirham le puso de nombre Nam, que en un antiguo dialecto nilidio significa Vida.
La vida se abría paso. La libertad de elegir.
Baghram Kanegusi eligió encerrarse en el bellísimo Faro del Tiempo, una construcción de nácar y oro cuya luz guiaba a los viajeros hiperespaciales hasta las Puertas de Neptuno. Allí condenó lo mucho o poco que le quedase por delante, rodeado sólo de compositores antiguos y un miedo atroz a morir. Cada mañana daba gracias porque aún no hubiesen prescindido de él, cada noche se dormía pensando que era la última. Cada plato de comida se le aparecía envenenado, igual que la copa con que suponía que drogaron a su hermano aquella noche. Cada ruido extraño podía ser su fin, y cada átomo de oxígeno un regalo.
Lo único que no comprendió jamás era lo poco que realmente les importaba su vida. El modo en que al Gobierno de Nilidia le daba igual qué fuera de él, hasta el punto de que no compensaba siquiera el gasto de un disparo. Y por este motivo siguió en Neptuno, y tocó el piano cada noche durante tantas décadas, y la ciudad de Luna se llenó de Hombres–Tritón creados con las pautas cerebrales de un millar de técnicos de mantenimiento reivindicativos. Y Abdel Haqq obtuvo lo que quería, igual que construyó una prisión política en Saturno, o se deshizo de aquéllos que le daban problemas desterrándolos a Urano.
Y todo siguió como hasta entonces.
Durante mucho, mucho tiempo, mientras el sol nacía y moría en las alturas inhabitadas de Neptuno, y Luna se convertía en la cabeza de un imperio subacuático de muchos cientos de ciudades. A la vez que las antaño ambiciosas urbes de los respiradores de oxígeno se iban quedando obsoletas. Primero se vaciaron las más pequeñas y alejadas, núcleos de casas–colmena donde los técnicos reposaban tras sus agotadores días de esfuerzo. Pero claro, conforme había más tritones bajo el agua, los técnicos empezaron a escasear, y las máquinas se automatizaron de tal forma que ni siquiera hizo falta reemplazarlos. Cuando el poeta que habitaba el Faro del Tiempo quiso darse cuenta de lo que ocurría, ya no había nadie más con quien compartir el planeta. Sólo había urbes vacías, y un millón de asesinos subacuáticos planeando su venganza.
La decadencia, y al fin la muerte.
La decadencia, y al fin la muerte.
Sólo fue cuestión de tiempo que se produjera la revuelta.
Despertó muy despacio, como si viniera de un sueño de siglos de antigüedad. Abrió los ojos perezosamente, y una niebla azul y verdosa fluía ante ellos, ocupada por un sinfín de diminutas formas oscuras, gráciles, resbaladizas. No tardó más que un segundo en darse cuenta de que estaba en el fondo del mar. Y por alguna extraña razón eso no le causó la más mínima reacción de miedo, sino una paz infinita. La inmensidad del océano latía en sus venas, corría por sus brazos y piernas, y llenaba un pecho más fuerte de lo que nunca había sido.
Lo primero que vislumbró fue la misma imagen que había sido la última: el rostro barbudo y surcado de cicatrices del pavoroso Rey Nam de Luna. Aquella bestia atroz de enormes branquias flotaba ante él con sus armas en mano. Una gigantesca espada de borde serrado, y una lanza que había atravesado demasiados cuerpos. Sin embargo sus ojos ya no estaban hechos de ira, ni abría las fauces queriendo tragarse el mundo entero. Por primera vez mostraba un rictus de paz, la misma que él sentía en sus huesos.
–¿Qué… Qué ha pasado?
–No te alarmes –dijo el Rey, enseñando una garra monstruosa a modo de signo–. Estás entre amigos.
–¿Dónde… Quiénes sois vosotros?
–Esto es Luna, la ciudad subacuática. Deberías saberlo bien, Baghram Kanegusi, pues tú contribuiste a edificarla.
Paseó la vista por el entorno, y le horrorizó la imagen de un millón de soldados–tritón dispuestos para la batalla. Golpeando, torturando a las más recientes víctimas de su ataque. Cuerpos desmembrados y heridos de muerte se repartían sin orden por una plaza que antaño fue hermosa, antes de que el fantasma de una revuelta armada la convirtiese en fortín. Tritones y otras bestias del mar devoraban en cualquier rincón fragmentos irreconocibles de sus amigos, mientras apilaban otros en enormes despensas de carne. Para ellos, los hombres de la superficie, los respiradores de oxígeno que antaño habían sido ellos mismos, ahora no significaban más que carnaza.
La urbe que había sido su proyecto retozaba ya impregnada en sangre.
–¿Qué… Qué es todo esto? ¿Qué habéis hecho?
–Lo que se esperaba de nosotros. Fuimos creados para la guerra, y guerra hemos traído. Durante años se utilizó a los Hombres–Tritón de Luna como soldados prescindibles en todas las batallas, sin importar cuántos sufrieran o perdieran la vida, porque no hacía falta más que sus máquinas clonadoras para generar otros cuantos sustitutos. Pues a ver con qué pelean ahora.
–Estáis locos. No podéis declarar la guerra a Neptuno.
–¿Eso piensas? No nos hemos levantado contra Neptuno, sino contra Naciones Unidas, que es quien nos esclaviza.
–Es lo mismo.
–No. No tiene nada que ver, y tú lo sabes mejor que nadie. La ONU es Abdel Haqq, y Abdel Haqq es quien nos mató y nos convirtió en peces. ¿O acaso ya no recuerdas a tu propio hermano, querido Baghram?
Sus ojos se abrieron como si le hubieran golpeado, sabiendo que el impacto provenía de un momento imborrable de ocho décadas atrás. Y de algún modo se alegró de no quedar sin castigo.
–¿Qué has dicho? Es… Es imposible que te acuerdes. Haqq aseguró que no conservaríais la memoria.
–¿Qué sabe Haqq del poder de la vida? ¿De la evolución que es más grande que cualquier imperio? Hemos evolucionado, hermano, y nuestros cerebros recuerdan. No de forma nítida, son apenas nubes borrosas, porque ya no respiramos aire ni vemos con los mismos ojos, pero el conocimiento sigue ahí. Y con él el dolor.
Bajó la mirada, y rompió a llorar como un niño pequeño. Y las lágrimas se mezclaron con las corrientes que fluían a su alrededor, como un destino aciago e imparable. Nam tomó su rostro con manos gigantescas pero cuidadosas, y sonrió.
–No llores. Ya apenas recuerdo lo que es vivir en la superficie, ni tener que sufrir la gravedad. Estos cuerpos son el futuro, la máxima evolución a la que pueda aspirar el hombre. Nadamos como peces y luchamos como demonios. Podemos respirar en cualquier ambiente imaginable, incluso en el fango, en la lava, o en el vacío del espacio. Vivimos muchos más años que antes, y con una fortaleza nunca vista. Kirham tenía razón. Somos el mañana.
–¿No… No me guardas rencor por lo que hice?
–¿Por qué debería? Me hiciste libre, hermano. Libre de los tejemanejes de la Tierra, libre de la muerte y del envejecimiento. Y ahora que hemos conquistado las máquinas de transformación de Nilidia, libre de doblegarles por siempre. Igual de libre que te hecho a ti. Observa tu nuevo cuerpo, y sé feliz.
Movió las manos, y supo que todo había terminado al fin. Ya no eran rosadas, sino de un verde grisáceo que latía a cada momento. Su piel estaba hecha de gruesas escamas, y sus dedos eran garras más fuertes que el acero. Sus brazos eran gigantescos de pronto, y su pecho tan firme y poderoso como el de un titán. Respiró hondo, y notó la furia del océano entrando en él. Rugió, y dientes tan largos como puñales le recordaron que tenía mucha hambre.
–¿Qué significa esto?
–Que volvemos a ser hermanos, y que esta vez nada podrá separarnos.
Se abrazaron, y compartieron cena y fervor. Un millón de fieles soldados aclamaron su reencuentro, mostrando sus terribles armas manchadas de sangre humana. Era el poder de la vida. Era venganza por todo el dolor que habían sufrido, desde el primer día en que pusieron un pie en ese planeta, nueve décadas atrás.
Ahora ellos se habían convertido en los señores absolutos de Neptuno, igual por derecho genético que por conquista. Ahora no había fuerza en todo el Universo capaz de detener su avance, pues aunaban el poder de la guerra con la completa entrega de las cuentas pendientes.
Volaron sobre el mar, abandonaron la atmósfera que tanto bien y mal les había hecho, y se dirigieron en silencio a consumar su venganza.
Las temidas hordas del Rey Nam de Luna, ahora secundadas por su propio hermano Ashar. Ya no existían ni Lun ni Baghram Kanegusi, ni dolor ni traiciones añejas, y ningún hombre solitario tocaba música en un faro.
Ya sólo había una cosa en todas sus conciencias: la sangrienta Guerra de las Colonias.
Porque en un viejo dialecto nilidio, Ashar significa Historia.
Y el pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla.

Despertó muy despacio, como si viniera de un sueño de siglos de antigüedad. Abrió los ojos perezosamente, y una niebla azul y verdosa fluía ante ellos, ocupada por un sinfín de diminutas formas oscuras, gráciles, resbaladizas. No tardó más que un segundo en darse cuenta de que estaba en el fondo del mar. Y por alguna extraña razón eso no le causó la más mínima reacción de miedo, sino una paz infinita. La inmensidad del océano latía en sus venas, corría por sus brazos y piernas, y llenaba un pecho más fuerte de lo que nunca había sido.
Lo primero que vislumbró fue la misma imagen que había sido la última: el rostro barbudo y surcado de cicatrices del pavoroso Rey Nam de Luna. Aquella bestia atroz de enormes branquias flotaba ante él con sus armas en mano. Una gigantesca espada de borde serrado, y una lanza que había atravesado demasiados cuerpos. Sin embargo sus ojos ya no estaban hechos de ira, ni abría las fauces queriendo tragarse el mundo entero. Por primera vez mostraba un rictus de paz, la misma que él sentía en sus huesos.
–¿Qué… Qué ha pasado?
–No te alarmes –dijo el Rey, enseñando una garra monstruosa a modo de signo–. Estás entre amigos.
–¿Dónde… Quiénes sois vosotros?
–Esto es Luna, la ciudad subacuática. Deberías saberlo bien, Baghram Kanegusi, pues tú contribuiste a edificarla.
Paseó la vista por el entorno, y le horrorizó la imagen de un millón de soldados–tritón dispuestos para la batalla. Golpeando, torturando a las más recientes víctimas de su ataque. Cuerpos desmembrados y heridos de muerte se repartían sin orden por una plaza que antaño fue hermosa, antes de que el fantasma de una revuelta armada la convirtiese en fortín. Tritones y otras bestias del mar devoraban en cualquier rincón fragmentos irreconocibles de sus amigos, mientras apilaban otros en enormes despensas de carne. Para ellos, los hombres de la superficie, los respiradores de oxígeno que antaño habían sido ellos mismos, ahora no significaban más que carnaza.
La urbe que había sido su proyecto retozaba ya impregnada en sangre.
–¿Qué… Qué es todo esto? ¿Qué habéis hecho?
–Lo que se esperaba de nosotros. Fuimos creados para la guerra, y guerra hemos traído. Durante años se utilizó a los Hombres–Tritón de Luna como soldados prescindibles en todas las batallas, sin importar cuántos sufrieran o perdieran la vida, porque no hacía falta más que sus máquinas clonadoras para generar otros cuantos sustitutos. Pues a ver con qué pelean ahora.
–Estáis locos. No podéis declarar la guerra a Neptuno.
–¿Eso piensas? No nos hemos levantado contra Neptuno, sino contra Naciones Unidas, que es quien nos esclaviza.
–Es lo mismo.
–No. No tiene nada que ver, y tú lo sabes mejor que nadie. La ONU es Abdel Haqq, y Abdel Haqq es quien nos mató y nos convirtió en peces. ¿O acaso ya no recuerdas a tu propio hermano, querido Baghram?
Sus ojos se abrieron como si le hubieran golpeado, sabiendo que el impacto provenía de un momento imborrable de ocho décadas atrás. Y de algún modo se alegró de no quedar sin castigo.
–¿Qué has dicho? Es… Es imposible que te acuerdes. Haqq aseguró que no conservaríais la memoria.
–¿Qué sabe Haqq del poder de la vida? ¿De la evolución que es más grande que cualquier imperio? Hemos evolucionado, hermano, y nuestros cerebros recuerdan. No de forma nítida, son apenas nubes borrosas, porque ya no respiramos aire ni vemos con los mismos ojos, pero el conocimiento sigue ahí. Y con él el dolor.
Bajó la mirada, y rompió a llorar como un niño pequeño. Y las lágrimas se mezclaron con las corrientes que fluían a su alrededor, como un destino aciago e imparable. Nam tomó su rostro con manos gigantescas pero cuidadosas, y sonrió.
–No llores. Ya apenas recuerdo lo que es vivir en la superficie, ni tener que sufrir la gravedad. Estos cuerpos son el futuro, la máxima evolución a la que pueda aspirar el hombre. Nadamos como peces y luchamos como demonios. Podemos respirar en cualquier ambiente imaginable, incluso en el fango, en la lava, o en el vacío del espacio. Vivimos muchos más años que antes, y con una fortaleza nunca vista. Kirham tenía razón. Somos el mañana.
–¿No… No me guardas rencor por lo que hice?
–¿Por qué debería? Me hiciste libre, hermano. Libre de los tejemanejes de la Tierra, libre de la muerte y del envejecimiento. Y ahora que hemos conquistado las máquinas de transformación de Nilidia, libre de doblegarles por siempre. Igual de libre que te hecho a ti. Observa tu nuevo cuerpo, y sé feliz.
Movió las manos, y supo que todo había terminado al fin. Ya no eran rosadas, sino de un verde grisáceo que latía a cada momento. Su piel estaba hecha de gruesas escamas, y sus dedos eran garras más fuertes que el acero. Sus brazos eran gigantescos de pronto, y su pecho tan firme y poderoso como el de un titán. Respiró hondo, y notó la furia del océano entrando en él. Rugió, y dientes tan largos como puñales le recordaron que tenía mucha hambre.
–¿Qué significa esto?
–Que volvemos a ser hermanos, y que esta vez nada podrá separarnos.
Se abrazaron, y compartieron cena y fervor. Un millón de fieles soldados aclamaron su reencuentro, mostrando sus terribles armas manchadas de sangre humana. Era el poder de la vida. Era venganza por todo el dolor que habían sufrido, desde el primer día en que pusieron un pie en ese planeta, nueve décadas atrás.
Ahora ellos se habían convertido en los señores absolutos de Neptuno, igual por derecho genético que por conquista. Ahora no había fuerza en todo el Universo capaz de detener su avance, pues aunaban el poder de la guerra con la completa entrega de las cuentas pendientes.
Volaron sobre el mar, abandonaron la atmósfera que tanto bien y mal les había hecho, y se dirigieron en silencio a consumar su venganza.
Las temidas hordas del Rey Nam de Luna, ahora secundadas por su propio hermano Ashar. Ya no existían ni Lun ni Baghram Kanegusi, ni dolor ni traiciones añejas, y ningún hombre solitario tocaba música en un faro.
Ya sólo había una cosa en todas sus conciencias: la sangrienta Guerra de las Colonias.
Porque en un viejo dialecto nilidio, Ashar significa Historia.
Y el pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla.

REFERENCIAS
1. Homoformación: Actividad sistemática de transformación de la especie humana, no tanto para adaptarla a medios hostiles como usándola para romper los límites de la propia Naturaleza. Formulada por el doctor Yussuf ben Kirham en los primeros años del Siglo 24, se considera homóloga del proceso de terraformación llevado a cabo en todos los cuerpos celestes del Sistema Solar, con la diferencia básica de que la terraformación plantea someter el Medio Ambiente a las necesidades fisiológicas de la especie humana, y la homoformación sólo se dedicó a crear monstruos por deporte. En todos los casos se hablaba de evolución y progreso, aunque en la práctica no hubiera más que geneticismo atroz. Ya por entonces habían aparecido los ejemplos de Extinta, la Ciudad de las Razas Olvidadas (donde existían viejos dinosaurios y una cultura de hombres de Neanderthal evolucionados) o un Marte plagiado de las novelas de E. R. Burroughs, pero nada semejante a lo que aún habrían de ver: Nano–Ciudad (donde soldados nilidios eran miniaturizados para tácticas de infiltración), la Brigada Insecto (moscas y mosquitos cargados con bombas) o Isla Dragón (reino dominado por lagartos en distintos estadíos de desarrollo). Semejantes horrores, más propios del doctor Moreau, sólo hallarían su fin tras los años de la Guerra, y una vez que se viniera abajo el poder imperial de las Naciones Unidas.
2. Ley de Control de las Especies: Edicto promulgado por la ONU en el año 2113, como consecuencia de la extensa proliferación de los llamados No–Hombres, seres creados por manipulación genética a partir de especímenes animales inocentes. En esta ley se establecieron claramente los límites que no podía cruzar ninguna de las sociedades científicas mundiales, el primero de los cuales era la manipulación del genoma humano para fines no terapéuticos. Estaba permitido transformar a animales, pero en ningún caso a los hombres. Como es lógico, este precepto no tardó en romperse, por parte de los mismos gobernantes que lo habían escrito. Y cuando ya se hizo demasiado claro lo que estaba pasando (los casos de Extinta, Venus o las razas de marcianos), el Consejo General de la ONU inventó el concepto de la Homoformación, con el que pretendió tapar su culpa. Y la mayoría de Gobiernos del mundo lo secundaron.
3. Adaptación Genética al Medio: Teoría que pretendía explicar las clarísimas manipulaciones genéticas que estaba llevando a cabo el Gobierno de la Tierra con sus propios ciudadanos, vistiéndolas de una falsa evolución etnológica que pocos científicos serios llegaron a creerse. El concepto básico radicaba en una pretendida transformación espontánea del genoma humano en respuesta a unas condiciones ambientales adversas, algo similar a las antiguas teorías de evolución expuestas por Lamarck, según las cuales “La función crea el órgano”. De este modo, se buscaba dar razón a las alteraciones corporales y fisiopatológicas de individuos inocentes por medio del contacto con atmósferas extrañas. El único punto que esta teoría no pudo (ni quiso) abordar era cómo es posible que hubiera condiciones ambientales tan hostiles en las Colonias cuando ya habían sido plenamente terraformadas.































